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La vacuna contra el coronavirus, la guerra de patentes y el “hombre del milagro”

Redacción TN by Redacción TN
19 mayo, 2020
in Sociedad
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Alguien está contando los pollos antes de que nazcan. En el campo, eso es símbolo de imprudencia y de mala suerte. En el campo de la ciencia médica y sus negocios,

es símbolo de fortunas en juego.

No hay todavía una vacuna que venza al coronavirus: lo que hay es una pelea por la patente de la vacuna por descubrir, si se descubre una. Estados Unidos y Gran Bretaña, con Donald Trump y Boris Johnson a la cabeza, se oponen a que exista una patente libre de esa eventual vacuna. La mayoría de los países europeos pretenden que las drogas para tratar el virus, vencerlo con una vacuna o atenuar sus males con medicamentos, estén disponibles para todos. En esa moción se unen Italia, Noruega, Francia, Alemania, entre otros.

¿Qué significa patente libre o no? Que todo lo que esté relacionado con el tratamiento del coronavirus esté al alcance de todo el mundo. O no. Patente libre implica que la industria farmacéutica y las productoras de vacunas dejen de lado el monopolio que tienen sobre sus creaciones (sus derechos de autor, digamos) que les permiten fijar los precios de sus productos, para permitir que los países con menos recursos puedan acceder a ellos, o producir sus propias versiones de las vacunas sin pagar derechos de autor. Esa es la guerra, sorda, sin ejércitos armados, sin despliegues militares, que libra hoy el mundo de la ciencia.

No está de más recordar una historia de hace 65 años: cuando Jonas Salk descubrió la vacuna contra la poliomielitis, se negó a patentarla. Aquel era otro mundo, otra ciencia y aquellos eran, tal vez, otros científicos. Seguían el ejemplo de Pierre y Marie Curie, que no quisieron registrar a su nombre los hallazgos sobre la actividad eléctrica del radio, y regalaron sus conocimientos a la ciencia. Salk hizo lo mismo con un virus que mataba o dejaba tullidos a miles de chicos en el mundo.

¿Quién era este excéntrico médico neoyorquino al que la humanidad le debe tanto?

Había nacido en 1914, cuando estallaba la Primera Guerra Mundial y un año después de que Marie Curie y Albert Einstein intercambiaran figuritas sobre radioactividad y división del átomo. Era hijo de un matrimonio de emigrados rusos, de la misma forma que Einstein era un emigrado alemán y Marie Curie una emigrada de Polonia: una realidad que hoy sacaría de quicio a Trump y sus muchachos de la Casa Blanca.

Salk estudió en la escuela pública de Nueva York, en el City College, donde ni siquiera había laboratorios para pruebas experimentales de física o de química, lo que al chico le importaba nada porque su sueño era ser abogado. Pero mamá Salk lo impulsó a estudiar medicina en la New York University, que hoy reina en el Village y en parte del Soho neoyorquino. Incapaz de negarse a los deseos maternos, Salk se recibió de médico en 1939, el mismo año en que estalló la Segunda Guerra Mundial y en el que Einstein escribe una decisiva carta al presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, sobre la necesidad de contar con un arma atómica antes que los alemanes.

El doctor Salk fue aclamado como un salvador al descubrir la vacuna contra la polio. LIBRO CLARIN LA FOTOGRAFIA EN LA HISTORIA ARGENTINA

El doctor Salk fue aclamado como un salvador al descubrir la vacuna contra la polio. LIBRO CLARIN LA FOTOGRAFIA EN LA HISTORIA ARGENTINA

Roosevelt había sufrido un ataque de poliomielitis a los 39 años y cuando ya era una figura destacada en la política americana. Víctima del mal, impulsó la creación de la Fundación Nacional para la Parálisis Infantil, que fue el organismo que, en 1948, (Roosevelt había muerto en 1945, el año del fin de la Segunda Guerra Mundial) pidió a Salk que investigara una vacuna contra la polio. Abogado frustrado, Salk se había dedicado a la investigación médica más que al ejercicio de la medicina. En aquellos años sus esfuerzos estaban centrados en el virus de la gripe.

Pero la polio era el drama de salud más peligroso para los Estados Unidos de posguerra; el país había surgido como potencia mundial, con una generación de chicos y jóvenes que asomaba ya como una masa de enorme capacidad de consumo y en una sociedad en la que empezaba a gestarse una revolución, social y cultural, que iba a estallar con el nacimiento del rock. La polio atacaba a chicos y jóvenes. Las epidemias anuales, todas veraniegas, eran devastadoras. La de 1952 atacó a 58.000 personas, casi todos chicos: murieron 3.145 y 21.269 quedaron con huellas imborrables del mal.

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Con el encargo de investigar el virus de la polio en una sociedad aterrada, cualquier parecido a la realidad del coronavirus no es una coincidencia, Salk encaró su tarea desde la Escuela de Medicina de la Universidad de Pittsburgh. Empezó por determinar la cantidad y los tipos diferentes de virus de la polio, que había atacado en África antes de llegar a Estados Unidos. En plena tarea se impuso extender el proyecto original hacia el desarrollo de una vacuna, investigación en la que estaba metida hasta el cuello la investigación científica americana.

La historia del cómo se llegó a la vacuna, la polémica entre inoculación del virus vivo y en cuáles dosis, y la tesis de Salk de inocular el virus muerto o atenuado, en la que invirtió los siguientes siete años de su vida, es fantástica. También fue fantástico el esfuerzo que Estados Unidos dedicó a vencer al virus. El de Salk fue el proyecto más elaborado de su tipo: participaron sesenta y cuatro mil académicos, veinte mil médicos y agentes sanitarios públicos, veinte mil voluntarios y un millón ochocientos mil chicos en edad escolar que formaron parte del “comité de prueba”.

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El 12 de abril de 1955, se anunció en público que existía una vacuna efectiva contra la polio. Su aplicación dejaba al cuerpo inmunizado contra cualquier aparición de otra cepa del virus. Salk fue aclamado como un salvador, el hombre del milagro; el 12 de abril fue consagrado casi como una fiesta nacional y la vacuna se extendió con rapidez a todo el mundo.

También llegó a la Argentina que la recibió aliviada. En aquellos años, los virus viajaban más lentos, pero viajaban igual. El país había soportado los ataques de la polio, también en verano, desde los años 50 y el terror de una sociedad indefensa ante lo desconocido era enorme, agravado por algunos delirios maliciosos: monseñor Antonio Plaza dijo que la polio era un castigo de Dios porque la Argentina había sido peronista.

Perón había sido derrocado en setiembre de 1955.

Cualquier controversia sobre una patente de la vacuna contra la polio que hubiese retrasado su expansión y llegada a todo el mundo, fue sellada por Salk con una frase de leyenda cuyos ecos deberían resonar hoy con la misma intensidad de hace sesenta y cinco años. Cuando le preguntaron de quién era la patente de su vacuna, aquel neoyorquino hijo de inmigrantes rusos contestó muy suelto:

-No va a haber patente. ¿Se podría patentar el sol?

Jonas Salk murió el 23 de junio de 1995, cuando investigaba una vacuna contra el sida.

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TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA

  • Coronavirus

  • Estados Unidos

  • Gran Bretaña

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