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Intrigas en el Vaticano: una mujer y dos guardias suizos muertos, y el pedido de una madre para que se reabra un caso 20 años después

Redacción TN by Redacción TN
16 diciembre, 2019
in Internacionales
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En la noche del 4 de mayo de 1998, hace más de veinte años, una masacre con tres muertos se produjo en los apartamentos del flamante comandante de la Guardia Suiza.

Alois Estermann, que esa misma mañana había tomado posesión de su cargo, fue asesinado a balazos junto con su esposa, la funcionaria de la embajada venezolana Gladys Meza Romero, por el cabo Cedric Tornay, quien de inmediato según la versión oficial se suicido con la misma arma reglamentaria.

Un año después, el juez único vaticano Gian Luigi Marrone archivó el caso con la conclusión de que el joven Tornay, de 23 años, en un raptus homicida causado por la negativa del nuevo comandante de rechazar una promoción, disparó contra él y su mujer y después contra sí mismo, suicidándose.

En realidad, el comandante Estermann le había negado a Tornay una medalla llamada “La Benemerita”, muy importante para los jóvenes guardias que regresaban a Suiza y que podían seguro conseguir trabajo porque la medalla era un reconocimiento de que habían hecho bien su trabajo como protectores del Papa. No conseguir “La Benemérita” era una especie de condena. Esto nunca fue publicado por el Vaticano: si es cierto, la hipótesis de una venganza se hace plausible.

“Mi hijo fue asesinado”, reiteró veinte años después la señora Muguette Baudat, madre de Patrick Tornay que sostuvo esta tesis durante las investigaciones. Con los otros familiares pide ahora la apertura del caso. Su abogada Laura Sgró es la misma que defiende a la familia de la famosa desaparecida ciudadana vaticanaEmanuela Orlandi.

Fotografía de archivo fechada el 27 de abril de 2002 de Muguette Baudat mostrando una fotografía de su hijo, el exguardia suizo Cedric Tornay./ EFE

Fotografía de archivo fechada el 27 de abril de 2002 de Muguette Baudat mostrando una fotografía de su hijo, el exguardia suizo Cedric Tornay./ EFE

La desaparición de Orlandi en 1983 volvió al centro de la atención mundial a mediados de año, cuando por pedido de la abogada Sgró y la familia de Emanuela fueron abiertas dos tumbas del Cementerio Teutónico, único camposanto en funciones en las 44 hectáreas de la Ciudad del Vaticana, a la búsqueda de sus restos. No encontraron nada, como todas las otras veces que la buscaron. Pero su caso sigue vivo en la opinión pública romana e internacional como una página negra que desata vivas sospechas respecto del comportamiento del Vaticano.

Aquella noche terrible en el departamento del nuevo comandante de la Guardia Suiza, situado junto a los cuarteles donde aloja el más pequeño ejército del mundo, cerca de la puerta de Santa Ana, apenas sonaron los tiros se movilizaron las altas esferas. El portavoz del Papa Juan Pablo II, quien fue despertado de inmediato para recibir la noticia, el psiquiatra y periodista español Joaquín Navarro Valls, llegó enseguida acompañado por el comandante de la Gendarmería Vaticana y otros altos funcionarios y ordenó tender un rígido sistema de seguridad que impidiera la llegada a la escena del crimen, en primer lugar, de policías y servicios secretos italianos.

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Mientras sonaban las sirenas más allá de la puerta de Santa Ana y los periodistas somnolientos pedíamos inútilmente entrar y recibir información de lo que ocurría, el mundo se enteró esa madrugada de uno de los hechos más sangrientos dentro de los muros leoninos producidos al menos en un siglo.

Bajo el control férreo de Navarro Valls, ya fallecido, toda la información fue reunida con el mayor secreto y los italianos mantenidos a distancia, obligados a respetar la soberanía vaticana. “No necesitamos vuestra ayuda, gracias”, dijo Joaquín a los funcionarios “del otro lado del río Tíber”, como se acostumbra decir para señalar las soberanía de cada uno.

Fotografía de archivo muestra al comandante de la guardia suiza Alois Estermann tras su nombramiento. / EFE archivo

Fotografía de archivo muestra al comandante de la guardia suiza Alois Estermann tras su nombramiento. / EFE archivo

La agencia noticiosa ANSA removió la polvareda acumulada en estos veinte años revelando ahora que la instancia firmada por la abogada Laura Sgró para tener acceso al fascículo integral, fue depositada en el Tribunal vaticano. La madre del joven Tornay aseguró que nunca le permitieron a la familia ver ese documento fundamental del caso. La abogada Sgró en su instancia, reveló que en la reconstrucción de los hechos realizado por la magistratura vaticana hay numerosas “criticidades”, termino oscuro que quiere decir afirmaciones poco o nada claras, contradictorias.

Las investigaciones fueron confiadas al jefe de la Gendarmería Pontificia, Camillo Cibin, por el juez único Gian Luigi Marrone, mientras que las pericias médicas quedaron a cargo de Piero Fucci y Giovanni Arcudi, ambos especialistas ilustres de la Universidad de Roma Tor Vergata.

La conclusión de ambos fue que Tornay, en pleno raptus por una reacción psíquica aguda que funcionaba como un cortocircuito, perdió “la capacidad de inhibirse”.

Navarro Valls anunció los resultados de las autopsias y un mensaje que había dejado Tornay en el cual explicaba los motivos que lo habían llevado a la masacre de su superior y su esposa.

Todo tipo de rumores

El caso desató especulaciones y rumores de todo tipo. Una hipótesis señalaba que el comandante Estermann había sido un espía de la Stasi, el servicio secreto de la comunista Alemania del Este. Otras versiones señalaban una conjura de palacio de nobles suizos que habían sido “puenteados” por el nombramiento de Estermann. No faltó el sexo: una presunta pista de delito pasional debido a las relaciones homosexuales entre el joven Patrick Tornay y el comandante Estermann.

La señora Nugette Baudat rechazó siempre las conclusiones de la magistratura vaticana. En una entrevista al diario “Il Messaggero” de Roma publicada el día después del archivo del caso, afirmó que el comandante Estermann y su esposa Gladys Meza, habrían sido víctimas de una “puesta en escena” para eliminar a Estermann y tener un asesino “loco y muerto”. “La investigación oficial esta llena de disimulaciones, contradicciones y mentiras para ocultar una verdad probablemente inconfesable”.

Los funerales de Estermann and su mujer en la Basílica de San Pedro./ AP

Los funerales de Estermann and su mujer en la Basílica de San Pedro./ AP

La abogada Sgró dijo que el problema principal es que la madre de Cortnay, madame Baudat, no pudo nunca pese a sus reiterados pedidos, leer las actas completas de la investigación y a los abogados jamás se les entregó una copia. La única información oficial que posee la familia del “asesino” derivan de algunos decretos que fueron notificados y de los comunicados de la Santa Sede, que difundió partes de la instrucción.

La Sala de Prensa del Vaticano difundió el 8 de febrero de 2002 un boletín de quince páginas en el que se afirma que los exámenes toxicológicos demostraron que el joven Tornay era un fumador de marihuana y vivía “una situación de stress”.

Algunos testigos habían referido litigios y hasta violentas discusiones con el comandante Estermann, que había definido a Torny como “un individuo poco equilibrado, arrogante y sin juicio”. Según la autopsia la inestabilidad psíquica era también causada por un quiste grande como un huevo de pichón en su cráneo y que podía ser la causa de un comportamiento “desinhibido, irreverente e irresponsable”.

Su madre niega estas conclusiones y asegura que el cadáver le fue entregado “en pésimas condiciones”.

En la Universidad de Lausana, Suiza, fue practicada una nueva autopsia que según la madre de Tornay llegó a conclusiones muy distintas de la autopsia oficial vaticana. Por ejemplo, sostiene madame Baudat que el orificio de salida del proyectil con el que se habría suicidado su hijo es más pequeño (calibre 7) que el proyectil calibre 9 que le fue entregado a la familia.

Vaticano, corresponsal

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