Estaba confundido. Siempre imaginé a los payasos que recorren los hospitales como personajes anónimos que le echan leves grageas de color a lo oscuro. Puede que haya algo de eso pero
lo central -me doy cuenta- pasa por prestar el oído. Estar dispuesto a charlar con alguien, escucharlo, hacerlo imaginar una fantasía que le dé cierta autonomía de lo real, que participe de un mínimo sueño. Acompañarlo.
La gente está sola, más de lo que uno a menudo cree. Recuerdo que durante mucho tiempo me incomodaba cuando me hablaban en la sala de espera de un consultorio o de un hospital. Me parecían conversaciones banales que me hacían perder el tiempo. Con los años, lo fui viendo diferente: la gente no habla porque sí sino porque necesita compartir. ¿Compartir con un extraño?, dirán algunos. Muchos no tienen otra opción. No sólo los que viven solos sino aquellos que aun acompañados no tienen alguien cerca que los quiera escuchar. Y no por maldad, aunque alguna vez pueda haber relaciones difíciles, enfermas. Muchos no lo hacen solo porque tienen una lista infinita de pequeñeces urgentes que postergan lo que se supone impostergable.

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A veces sucede algo similar con las historias que se publican en esta sección. Algunos dicen que les sería difícil exponer públicamente un costado de su vida. Creen que romperían cierto código de silencio que se vive dentro de las familias. Los autores que sí publican suelen comentar algo muy diferente: su experiencia provoca una cercanía inesperada con mucha gente: hombres y mujeres que recibieron el eco de ese texto y lo significaron en sus propias vivencias. Quien escribe siente que compartir su mochila o sus alegrías le permite sentirse más libre. Quien lee, se percibe menos solo. La palabra une.
Un amigo colombiano que vive en Argentina dice que en su tierra la gente es más ¿prudente? ¿recatada? para contar su intimidad. Que aquí, quizás por la influencia del psicoanálisis, hay menos barreras. Que una charla de café puede ser una confesión. Debe tener razón. El problema es que muchos -invisibilizados quizás, pero vivos- no logran sentarse jamás frente a esa maravillosa taza de café.