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Origami: mucho más que doblar papelitos

Redacción TN by Redacción TN
27 julio, 2018
in Sociedad
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Cuadrado de papel doblado al medio. Pliegue en montaña, en zig-zag. Sigue el movimiento hundido, se le da forma a las patas y a la pancita. El pedazo de hoja se

transformó ahora, sin cortar ni pegar, es una rana. Y si en el proceso uno fue prolijo, la figura hasta salta.

De cualquier modo, la satisfacción de ver una forma materializada en papel incita a seguir por más. Por una forma con un grado de mayor dificultad como la grulla, famoso símbolo de paz, o el colibrí.

La técnica de creación de figuras en 2D o 3D mediante el plegado de papel, que se llama origami, es milenaria. Llegó a Japón desde China en el siglo VI y se sostiene en el tiempo por su efectividad, ya que desarrolla la creatividad, la memoria, la imaginación, mejora la motricidad fina y otorga un gran poder de concentración. Muchos estímulos pueden estar dando vueltas en el ambiente, pero mientras se dobla, no se piensa en otra cosa. Basta con agarrar un pedazo de papel y hacer la prueba.

La origamista más popular del mundo, la japonesa Tomoko Fuse, descubrió su pasión en la habitación de un hospital. Cuenta que tenía seis años cuando contrajo difteria, una enfermedad infecciosa provocada por una bacteria que afecta la nariz, la garganta y la laringe, y produce fiebre y dificultades respiratorias. Pasó seis meses internada, con un estricto tratamiento. Y justamente en el remedio encontró la sanación.

En aquella época, los medicamentos venían en polvo y estaban envueltos en papelitos cuadrados que Fuse guardaba y luego utilizaba para el origami. Esa actividad la ayudaba a sociabilizar porque aprendía y practicaba junto a otros pacientes que estaban en su misma situación.

La grullas son los más conocidos y los favoritos de la gente.

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Su padre descubrió su gran habilidad e interés por el plegado y le regaló un libro para profundizar. A los 19 años, Tomoko comenzó a dedicarse tiempo completo a esta clase de arte plástica y lo convirtió en su oficio.

En la actualidad, es reconocida por el “origami modular”, que consiste en el uso de varios papeles encastrados unos en otros que forman piezas geométricas de mayor volumen. La artista de 67 años lleva publicados más de 80 libros instructivos y se le agradece haber ayudado a difundir con fuerza la técnica milenaria, aunque ella reconoce que hoy un tutorial en Internet alcanza para aprenderlo.

En ese sentido, el origami es democrático: lo puede practicar cualquiera -no tiene límite de edad, aunque se recomienda en niños y adultos mayores-, con diferentes tipo de papel. Tiendas en Japón dedican secciones enteras a las diferentes hojas, cada una con su textura, motivo y tamaño (no sólo hay cuadrados, también rectangulares) para aprovechar al máximo las formas de animales, flores, inclusive estructuras.

Sin embargo, quienes lo practican dicen que este aspecto es simplemente decorativo, ya que los fundamentos de la técnica son otros. Y los repiten como un mantra, que refuerza todo eso que sucede en el camino de la creación. El origami también educa ya que es relevante en las matemáticas, las ciencias sociales, el lenguaje y las artes, y mejora la destreza motora. Cultiva la autoestima en los niños, enseña paciencia y juego creativo.

El origami fomenta la paz, ayuda a concentrarnos en el presente y a dejar el estrés. Es económico y ecológico, se puede hacer con papeles de revistas o de envoltorios. Es artístico, poesía con papel y juego con colores, texturas y formas. Es la alegría del proceso y la satisfacción del resultado.

El último fundamento: el origami tiende puentes entre personas de todas las generaciones, clases y nacionalidades. Es una bella manera de expresar cariño y aprecio a otros.

Entonces, para realizar esta técnica no hace falta tomar un curso, aunque hacerlo guiado por un maestro lo hace más interesante. En el Jardín Japonés, por ejemplo, se dictan talleres exprés donde el objetivo es realizar una única pieza con papel, mientras se disfruta del camino entre árboles de cerezos. La profesora de arte Cristina Lualdi es una de las encargadas de dar las clases, sin costo, con hojas recicladas de revistas. Llama la atención ver su rostro occidental; no tiene ojos rasgados y nada indica descendencia japonesa. “Siempre hice manualidades, un día probé el origami y jamás paré”, explica.

Origami. El arte milenario que llegó a la Argentina.

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Si leyó esta nota y le gustó, corte al medio esta página y pruebe una forma. El pez, el gato o el corazón son los más simples. Quizá le dé resultado y se convierta en un aficionado.

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