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Trump, Macri, Malcorra y lo políticamente correcto

Redacción TN by Redacción TN
13 noviembre, 2016
in Jorge Raventos
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Trump, Macri, Malcorra y lo políticamente correcto
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En una era en la que los fenómenos sociales parecen transparentes, en la que lo privado se convierte en espectáculo  y los instrumentos informáticos  permiten conocer  hábitos y deseos de las personas…Por Jorge Raventos  

…las empresas  especializadas en demoscopia se empeñan en dar pronósticos fallidos. ¿Errores técnicos o miopía ideológica?

Un mes atrás, en vísperas del  plebiscito colombiano, se señalaba en esta columna: “La gran prensa y las encuestas aseguran que Trump no puede ganar. También  aseveraban meses atrás que jamás llegaría a imponerse como candidato del Partido Republicano. Los gurúes muchas veces se equivocan”. Volvieron a patinar, efectivamente, tanto en Colombia  como en la elección presidencial de Estados Unidos.

Una victoria previsible

La victoria de Donald Trump no era en absoluto imprevisible. Quizás hubiera alcanzado con aguzar el oído para que registrara con objetividad las voces que  no reverencian el pensamiento políticamente correcto (esa papilla que consigue homogeneizar el pensamiento de lectorados urbanos de Occidente y sus satélites  exóticos) o leer  los datos  que reflejan  las abolladuras del sueño americano o tomar en cuenta  el creciente descontento con el establishment  político, resumido en  el tono despectivo con el que se habla de W ashington, la capital del poder.

En este espacio reprodujimos algunos datos que viene reiterando el analista estadounidense GeorgeFriedman y que están a la mano de quienes quieran entender. Señala F riedman  “la persistente caída en el standard de vida de la clase media, un problema que está transformando el orden social que se mantuvo en vigor desde la Segunda Guerra Mundial y que, si continúa, representa una amenaza para el poder estadounidense”.  El analista ha puntualizado que, en términos de ingresos, “la mediana del ingreso familiar de los estadounidenses a principios de esta década es, mensualmente de alrededor de 3.300 dólares por hogar (…) la mitad de los hogares estadounidenses ganan menos que esto”.

Trump  consiguió la candidatura republicana expresando este problema y otras  reacciones no atendidas. Lo hizo enfrentando al aparato de su partido. Al revés, Hillary Clinton, con esfuerzo y apoyándose en el aparato del suyo, el Demócrata,  pudo sofocar la oposición interna que representó  en las primarias Bernie Sanders,  un candidato que,  desde la izquierda, también canalizaba oposición al establishment. 

Así, el enfrentamiento  decisivo se dio entre  una candidata que, más allá de la sedicente retórica  progresista que seducía a sus clientelas, encarnaba a Washington y al poder  político, y un hombre de negocios de modales zafios y  jopo decididamente rústico  que parecía ilustrar al ricachón estadounidense  estereotipado por  el mundo biempensante  que, pese a ello (o por ello) se transformó en  el instrumento de los que están  o se sienten empujados fuera del sistema, un outsider, una herramienta de cambio.

El mundo intelectual  decidió, primero, ningunear a Trump. Y después, demonizarlo. Resulta irónico que  quienes diez días antes se indignaban porque el candidato republicano había dejado “en suspenso” una aceptación  anticipada de los resultados electorales, se lanzaron a la calle al día siguiente del comicio para  rechazar al  candidato electo al grito de “No es mi Presidente”.  Una manifestación  negacionista: rechaza el resultado electoral  sin siquiera alegar  excusas de fraude.

Algo de esa resistencia  al cambio  (una reacción evidentemente conservadora) integró  la retórica de buena parte de la prensa más influyente  (no solo  la estadounidense) y nubló la vista e insensibilizó a los investigadores de opinión pública que  pronosticaron tan insistente como pifiadamente la derrota del  “magnate” (término  demodé  de tono progre que  emplean  los medios  conservadores para referirse a Trump).

Un mundo con Trump

Así como  esos vaticinadores  anunciaron resultados que se invirtieron, probablemente haya que,  al menos,  poner  en el congelador  las calamidades globales que algunos anticipan  como  fruto de la victoria del candidato republicano.  Estados Unidos  es un sistema de pesos y contrapesos, poderes y contrapoderes que, aún  en tiempos de cambios profundos, busca el equilibrio.

Trump seguramente se abocará en los primeros meses de su gestión a poner su marca, antes que nada, en aquellos compromisos que  le resulta más sencillo impulsar para dar satisfacción a su electorado. Crear trabajo a través  de un plan de obras de infraestructura  y conexión federalizado (rutas. caminos y quizás también algún muro), propiciar la inversión (y el retorno de capitales) con rebajas impositivas, desregular , desmontar burocracia central, “empoderar” a los ciudadanos  y abrirle opciones para su decisión autónoma (en materia educativa y de salud, por ejemplo). Necesita  mantener el vínculo con  los sectores sociales que  lo apoyaron contra viento y marea  para poder poner en caja a su propio partido, el Republicano, que controla  las dos cámaras del Congreso  y muchos de cuyos representantes  han mostrado  frente al  ahora Presidente electo reticencias  a veces más  obstinadas que el liderazgo Demócrata. El Washington que resiste  buena parte de Estados Unidos tiene máscara bipartidaria.

En cuanto a las decisiones de mayor complejidad y calado –en materia militar o de comercio internacional-, que necesitan mayorías especiales en el Congreso, es probable que  Trump las postergue hasta  haberse asegurado el control  más amplio de sus propios  bloques e inclusive la ampliación  de sus apoyos a través de  alguna forma de transversalidad o creación de nuevas mayorías.  

Por el momento  lo que se observa es que  los mercados no están mirando con pesimismo la perspectiva que se abre con  Trump. El pesimismo no  anida en los mercados, sino más bien en los sistemas burocráticos, que  prevén tiempos turbulentos. Tiempos en los que las rutinas de los pronosticadores suelen fracasar, porque  se hace necesario pensar de nuevo.

La diplomacia de Malcorra

Sabiendo que los encuestadores  pueden  meter la pata (y que  tienden a hacerlo asiduamente) es menester preguntarse por qué motivo la canciller  Susana Malcorra, el embajador en Washington Martín Lousteau y hasta el presidente Mauricio Macri decidieron  desafiar la tradición diplomática argentina que aconseja no  meterse  en problemas  internos de otras naciones. El gobierno de Cambiemos, a través de  esas distinguidas voces, decidió  pronunciarse a favor de la señora de Clinton antes de la elección.  ¿Estuvo ese  paso de guiado por un interés doméstico (un guiño a la opinión pública local, que según las encuestas simpatizaba con la señora de Clinton; un intento de revestirse  de progresismo políticamente correcto; la búsqueda de una polarización equivalente a la que `pretende estructurar con el kirchnerismo fundamentalista )? 

El paso fue un  error (si no hay  algo importante o decisivo que decirr, es preferible optar por el  silencio). Y también fue un resbalón,   dado que Clinton perdió.  Lo de Malcorra , si se quiere, fue más extravagante: apoyó  a  la candidata Demócrata  cuando esta  ya había sido derrotada.

Sería una pena que la motivación de esa  parcialidad (y hasta de esa lealtad  extemporánea)  fuera  la política doméstica. El kirchnerismo sacrificó  la política exterior argentina en el altar de las cuestiones internas.  Se trataría de un revival  que  choca contra la idea de  cambio que auspicia la formación oficialista.

Al fin de cuentas Macri y el Pro (una fuerza  que creció alrededor de un empresario outsider después del “que se vayan todos”,  como propuesta alternativa  a la política tradicional) tienen señas de identidad en sus orígenes que  le permitirían entender mejor el fenómeno Trump.

En cualquier caso, así como  es exagerado y aventurado  dictaminar cataclismos planetarios o locales  por la elección  del  empresario estadounidense, también sería  desubicado suponer que las recientes torpezas diplomáticas  del gobierno tendrán, per se,  consecuencias negativas en  la futura relación con Estados Unidos. La impericia en sí misma debería preocupar a la Casa Rosada, pero afortunadamente la relación con Washington no depende de fruslerías. 

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