Macri aspira a que su antiguo conocimiento personal de Trump ayude a construir una relación bilateral de buena estabilidad. Presidente Mauricio Macri y Donald Trump. Por Eduardo van der Kooy
Cuanto más impactante acostumbra a ser algún episodio de la política mundial más aldeana parece tornarse la realidad de nuestro país. La desagradable irrupción de Donald Trump como presidente electo de los Estados Unidos lo puso de nuevo en evidencia. El Gobierno de Mauricio Macri se vio impelido a cambiar de plataforma donde, de modo inexplicable, había quedado abrazado a la demócrata Hillary Clinton.
Cristina Fernández intercedió en aquella elección sólo pensando en el macrismo. Mirada pequeña para una líder presuntuosa. Subrayó las supuestas anomalías en el voto electrónico. La modificación de fondo que el macrismo aspira a imponer en el Congreso con la reforma política. Difícil que lo consiga, como pretende, para las legislativas del año que viene. Aquellas irregularidades fueron denunciadas por Trump mientras avanzaba la votación. Luego de la victoria no habló más sobre ellas.
La ex presidenta, incluso, se atrevió a parangonarse con el republicano. Afirmó que aplicará las políticas que ella ejecutó durante su Gobierno. Proteccionismo y mercado interno. En el afán por hacer diferencia con el Presidente hasta exculpó a Trump –y a los votantes– de sus arranques xenófobos. Su libreto está detenido en el neoliberalismo del Consenso de Washington. Nunca incursiona sobre las mutaciones que provoca la globalización.
Daniel Scioli también suele ser de vuelo bajo. Para diferenciarse de la opinión mayoritaria bancó a Trump. Sostuvo que había sido “demonizado” porque “supo comprender las necesidades de los más pobres”. El ex gobernador sueña, tal vez, con reeditar en Buenos Aires el fenómeno trumpista en las legislativas del 2017. ¿Del brazo de la ex presidenta? Sería un exceso exigirle ahora mismo una respuesta para semejante interrogante.
Buena parte del resto de la dirigencia consumió su tiempo en otras menudencias. El Frente Renovador se apuró en facturar los desajustes políticos y diplomáticos del macrismo. Sergio Massa debió cerciorarse antes de tener las espaldas cubiertas. Había estado en julio en la convención demócrata que proclamó candidata a Hillary. Pero en 2013 y en 2014, en Tigre y en Nueva York, mantuvo encuentros con Rudolph Giuliani, el célebre alcalde de la “tolerancia cero”. El neoyorquino suena para algún puesto clave en la futura administración de Trump.
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Otra distracción la representaron las críticas a la nutrida delegación de legisladores argentinos que viajaron a EE.UU. y que produjo una semana de vacación parlamentaria. Nadie, que se sepa, atina a anticiparse a las variaciones de la agenda global que causará el sismo Trump. Una de ellas, entre tantas, tendría inevitable y sensible onda expansiva regional. Aunque el jefe electo de la Casa Blanca concrete apenas un puñado de sus amenazas de campaña. Se trata de la cuestión inmigratoria. El senador del FpV, Miguel Pichetto, hizo la semana anterior una aproximación ingrata al conflicto. Que en lugar de abrir una hendija al debate, disparó reacciones casi histéricas. Incluso de parte del oficialismo. Amagó una denuncia contra el pejotista en el INADI por discriminación. Macri se notificó que la cuestión fluye subterráneamente, sobre todo en el principal partido opositor. El gobernador del Chaco, Domingo Peppo, que supo ser delfín del ultrakirchnerista Jorge Capitanich, iba a acompañar al Presidente en una visita al final aplazada a Paraguay con una demanda de compensación al gobierno de ese país por la cantidad de ciudadanos paraguayos que se atienden en hospitales de la provincia. Esa es una decisión tomada.
El Gobierno no contó con previsiones adecuadas. No porque no haya intuido la victoria de Trump. En verdad, porque desde que Macri asumió se apareó sólo a Barack Obama y los demócratas. Quizás para comenzar a marcar con su apertura al exterior la primera diferencia neta con el kirchnerismo.
En aquel excesivo compromiso tuvieron incidencia más asuntos. No se podría pasar por alto la batalla de Susana Malcorra para alcanzar la Secretaría General de la ONU. Lo hizo con la venia explícita de Macri. También el ingeniero soñaba con esa coronación. Pero el salto resultaba exigente. ¿Por qué razón se concedería a la Argentina un sitial tan preponderante? ¿Por qué a un país que, al margen del cambio de gobierno, muestra por décadas inclinación al aislacionismo y la imprevisibilidad? El esfuerzo implicó un pedido de respaldo a Washington que se obtuvo. Y un apego también a la nominación de Hillary. La maniobra salió mal en el plano general. Malcorra fue relegada en la ONU por el ex premier de Portugal, Fernando Guterres.
Esa derrota ni siquiera sirvió para un reseteo de apuro. Macri, Malcorra, el embajador Martín Lousteau y hasta Alfonso Prat-Gay, ministro de Hacienda, continuaron con la bendición a Hillary. Lo más incomprensible resultó la reacción de la canciller cuando la elección en EE.UU. estaba cerrada. Dijo sentir “pena” por la caída de la candidata demócrata. Hizo un saludo híbrido al triunfo de Trump.
Macri hizo simplemente la gran Macri. Un lujo que aún puede darse porque no derrochó todo su capital político. Se manifestó sorprendido por el triunfo de Trump, lo felicitó y auguró una fructífera colaboración en la relación bilateral. Ese sería el tramo sencillo de la obra. Ahora deberá imaginar un lazo más estable y permanente con el extravagante mandatario de la primera potencia mundial.
En ese punto figura abierta una discusión en el Gobierno. Malcorra aspira a convertirse en la hacedora de la reconstrucción. Teniendo como trampolín a su maquinaria diplomática. El Presidente y algunos de sus asesores principales urden un camino paralelo. Explotar el conocimiento personal que posee con Trump. Que procede de la época de los negocios inmobiliarios que encabezó su padre, Franco. ¿No resultaría más útil ese recurso que los canales tradicionales? La pregunta con la que se interpela el macrismo apunta al perfil antisistema con el cual se empinó el magnate republicano. Allí confían que ciertos excesos verbales sean conmutados: el Presidente hace un año definió a Trump como “un chiflado” en un reportaje por televisión.
Macri cedería a la diplomacia, tal vez, la tarea de rehacer un camino en política exterior que insinuó en sus primeros once meses. El acercamiento a la Alianza del Pacífico. Un mercado de 215 millones de habitantes. El Presidente asistió como observador a la última cumbre que se realizó en Chile. El macrismo habría imaginado el plan con un doble propósito. Incrementar la venta de productos a ese bloque. Utilizarlo como puente para arrimarse al Acuerdo de Asociación TransPacífico (TPP) que Obama firmó en febrero con otros doce países. ¿Servirá ese diagrama si Trump modifica como dijo la política comercial de Washington?
Los misterios se extenderán también sobre el enfoque que dispuso Macri para administrar la herencia kirchnerista sin que la bomba estalle. Optó por un gradualismo que lo indujo a no bajar el gasto público ni reducir la brecha fiscal. Decidió hacer uso de la única ventaja comparativa que le dejó Cristina: el bajo endeudamiento. El Gobierno lleva tomados alrededor de US$ 50 mil millones. Hay otra tanda prevista en el Presupuesto 2017. El proteccionismo de Trump podría afectar el valor de las materias primas argentinas. Y aumentar las tasas de interés. El financimiento se volvería caro.
Todas constituyen puras conjeturas. No hay dudas de que el triunfo de Trump ha sido una mala noticia. Pero falta descubrir cuánto de su retórica encendida de campaña podría transformarse en realidad. La encrucijada de la Argentina es también la de casi todo el planeta.
Cuando Obama arribó a la Casa Blanca un sector importante del concierto mundial predijo una reforma social sin antecedentes. Está visto después de ocho años que no fue así. Se topó con la formidable crisis de la burbuja financiera del 2008, apeló al salvataje bancario y colocó a EE.UU. en la senda de un crecimiento módico que no tuvo correspondencia en la distribución. Ahora otra inmensa mayoría pronostica con Trump la aparición del infierno. Hay motivos para temer. Pero habrá que observarlo cuando aterrice en la Casa Blanca.
Trump ganó como el representante del antistema. La cara opuesta de la burocracia política tradicional. Pero también más de la mitad de los votantes lo rechazaron. Y dibujaron en unas veinte ciudades el inédito paisaje de las protestas callejeras contra su consagración. Hay una comunidad dividida.
Trump tendrá a disposición la Cámara de Representantes y el Senado. Debe nombrar un miembro de la Corte Suprema que le fue negado a Obama. Pero su andamiaje difícilmente prescinda del Partido Republicano. Aunque aún se dispensen mutuamente sólo recelos.
El futuro es ahora un objeto oculto. También para los estadounidenses. En su ansiedad, han convertido en pocas horas en best seller el libro “Armagedon, cómo Trump derrota a Hillary”. Su autor fue Richard Morris, asesor del ganador. Viejo militante del Tea Party. Foro de los halcones republicanos.
fuente clarin

