Se llevan a matar, no tienen nada que ver entre sí, pero forman una pareja perfecta. Entre el aspirante veterano –Pier Luigi Bersani, de 61 años, secretario general del Partido Democrático (PD)— y la joven promesa –Matteo Renzi, de 37 años, alcalde de Florencia— han logrado despertar al centro izquierda italiano, que durante 15 días y dos citas en las urnas ha reflexionado en público si es más de centro o más de izquierda, si confía en los viejos principios o prefiere otros nuevos, si quiere que su candidato sea un antiguo comunista con amplia experiencia de Gobierno o un joven católico hijo de la mercadotecnia y el pragmatismo.
Los simpatizantes aceptaron el reto. La conclusión –por encima de los nombres—es que el centro izquierda existe, tiene ganas de pelea y opciones de victoria. El 25 de noviembre, más de tres millones de votantes se acercaron a las 9.232 urnas de las primarias y otorgaron el 44,9% de los votos a Bersani y el 35,5% a Renzi. Los otros tres aspirantes –Nichi Vendola, Laura Puppato y Bruno Tabacci— quedaron descartados y ellos, al no superar ninguno el 50%, se han vuelto a enfrentar hoy en una segunda vuelta. En medio, una semana intensa donde ni Bersani ni Renzi tuvieron empacho en decirse las cosas a la cara, en directo y en horario de máxima audiencia. Todo un ejemplo para los partidos que, como el Pueblo de la Libertad (PDL) de Silvio Berlusconi, agoniza a la espera de que su líder tome una decisión sobre si echar el cierre definitivamente o intentarlo de nuevo.
El centro del debate –también del televisado en directo el pasado miércoles— es si no va siendo hora ya de que los viejos políticos italianos dejen paso a las nuevas generaciones. Y, al hilo, si no es momento de replantearse los viejos credos de la izquierda y abrir el abanico a nuevos votantes, por qué no también a los moderados del centro derecha. De ahí que el alcalde de Florencia sea visto por buena parte de la nomenclatura de la izquierda como un impostor, pero sobre todo como un peligro. Y sin duda lo es. Entre otras cosas porque repite una y otra vez que la situación de ruina económica y moral en que se encontró Mario Monti a Italia no es solo culpa de Silvio Berlusconi, sino también de los últimos gobiernos de centro izquierda que no hicieron lo suficiente. Un fuego amigo que tenía un claro destinatario: Pier Luigi Bersani, ministro en los gobiernos de Romano Prodi y Massimo D’Alema.
Aunque el mal tiempo que padeció toda Italia se puso en contra de la jornada decisiva de las primarias, a las cinco de la tarde ya habían votado más de 2,3 millones de simpatizantes. Renzi aseguró que respetaría fuera cual fuera el resultado, si bien durante los últimos días batalló con Bersani por cambiar las reglas para que no solo pudieran votar los que lo hicieron en el primer turno, sino todos los que quisieran. El secretario general del PD –visiblemente incómodo con la petición del alcalde de Florencia— se negó a cambiar las reglas. Independientemente del resultado, la irrupción de Renzi dejará huella en el centro izquierda. Las dudas planteadas sobre viejos privilegios y anticuadas doctrinas han escocido mucho –de hecho, todo el aparato y hasta los tres candidatos perdedores están abiertamente con Bersani–, pero también han supuesto un revulsivo que, bien utilizado, puede allanar el camino de la victoria.