Aldo Rico enfrentó a la Democracia para lograr que los tres poderes clausuren todos los procesos abiertos por violaciones a los derechos humanos cometidos durante la dictadura militar. No exigía un salario digno: pretendía que los crímenes de lesa humanidad quedaran impunes para siempre.
La sublevación de Rico fue repudiada por el 99 por ciento de la sociedad y los partidos políticos y el gobierno funcionaron acorde a la crisis institucional. Raúl Alfonsín escuchó al peronismo renovador y discutió con sus ministros las mejores opciones para terminar con un intento de golpe de estado que pretendía regresarnos a la impunidad.
No estuve de acuerdo, aún no lo estoy, con la ingeniería jurídica que impuso el presidente constitucional para cerrar la crisis. Pero gobernaba, estaba a cargo, y asumía sus propias decisiones políticas. Tenía un gabinete que funcionaba y podía mantener a solas, en la intimidad de la quinta de Olivos, encuentros secretos con la oposición para encontrar una salida a la presión que ejercían los facciosos sobre todos nosotros.
Cristina Fernández de Kirchner conoce el poder como Alfonsín. Entiende las reglas de juego, y sabe administrar sus presencias y sus silencios. Pero exhibe un problema grave, que complica sus decisiones políticas: no tiene Gabinete. Y la prueba más contundente de esta ausencia apareció la semana pasada, cuando estalló el conflicto de salarios en la Prefectura y la Gendarmería.
Juan Manuel Abal Medina sabe de Rousseau y Hobbes, pero nadie le explicó que antes de formular un anuncio ante los periodistas, debe tener todo cerrado para evitar que su escaso poder quede reducido a cero. El Jefe de Gabinete aseguró en un monólogo en Casa de Gobierno que el conflicto estaba terminado. Minutos más tarde, prefectos y gendarmes doblaban la apuesta y exigían un aumento salarial.
Nilda Garré conoce las generales de la ley. Sabe que es imposible actuar como ministra si tu subordinado opera con otras coordenadas, y atiende en otro lugar, para que no te enteres que está sucediendo y hacia donde está yendo. Garré tiene escrita su renuncia. Espera una simple circunstancia, para firmar.
Hernán Lorenzino es un milagro de la Argentina. Jamás hubo un ministro de Economía con su experiencia política. Y así lo entendieron sus interlocutores de la Prefectura cuando fracasó una negociación por los salarios, y le ofrecieron volver a su oficina en el baúl de un auto oficial. Lorenzino dijo que no, pero lo obvio fue puesto en evidencia: a Grinspun, Cavallo, Lavagna, nunca le hubieran sugerido semejante regreso al despacho.
Sin Gabinete Nacional no hay instrumento político para operar la crisis. Cristina Fernández puede pensar estrategias, diseñar planes alternativos y mantener diez reuniones en simultáneo para encontrar una salida al laberinto construido por gendarmes y prefectos. Pero si no hay gabinete, no hay ejecución táctica de la estrategia presidencial. Este es el problema de fondo. Ahora, y en el futuro.
La crisis en Prefectura y Gendarmería es sólo un reclamo salarial forzado por trabajadores públicos que quebraron la cadena de mando y violaron la ley. No hay un intento de golpe de estado, ni una conspiración de medios con las palancas del poder político y económico. Ese es un fantasma del Gabinete para esconder su propia mediocridad.
No hace falta mirar la televisión pública, para saber que los fantasmas no existen.
fuente cronista.com