Se trata de “Negara, el Estado-Teatro en el Bali del siglo XIX” del antropólogo Clifford Geertz. (Ediciones Paidós, Barcelona, 2000) Se produjo entonces en mi mente la obvia conexión: ¿existiría alguna analogía interesante entre el título de “La Nación” y el estudio de Geertz? O, más apropiadamente: ¿habría algo en el régimen cristinista –objeto del artículo citado- y el estado-teatro de la isla de Bali?
Para comprobar si esta relación existía más allá de la superficie, releí algunas páginas del trabajo de Geertz, aquéllas en las que se establecían los lineamientos fundamentales del negara. (“El mito del centro ejemplar”) Y hallé algunas coincidencias con lo que sucede entre nosotros cada vez que la Presidente decide recitar sus monólogos para edificación y aprendizaje de todos los que la escuchan reverentemente o abrigando en sus conciencias otro tipo de sentimientos.
Veamos si entre el negara balinés y el régimen vigente en la Argentina hay o no hay algunas llamativas coincidencias. Dice Geertz: “La naturaleza expresiva del Estado balinés fue aparente durante la totalidad de su historia conocida, ya que siempre estuvo dirigido no hacia la tiranía – cuya típica concentración sistemática del poder fue siempre incapaz de conseguir- ni siquiera demasiado metódicamente hacia el gobierno – que persiguió dubitativamente- sino más bien hacia el espectáculo, hacia la ceremonia, hacia la dramatización pública de las obsesiones dominantes de la cultura balinesa: desigualdad social y orgullo de rango. Era un Estado-teatro… en el que las representaciones no eran medios para fines políticos: eran fines en sí mismos, eran aquello para lo que servía el Estado. El poder servía a la pompa, no la pompa al poder. El concepto de negara expresa una ecuación de la sede del gobierno con el dominio del gobierno que es más que una metáfora accidental: es una afirmación de una idea de control político – a saber, que por el mero acto de proporcionar un modelo, un parangón, una imagen intachable de la existencia civilizada, la corte modela el mundo que la rodea…”
Del “relato” a la representación teatral.
Cuando nuestro distinguido grupo de intelectuales antiK y hasta el siempre desprevenido Mauricio Macri se hacen lenguas sobre el relato cristinista, es clara señal de que la explicación que, haciendo palanca en la notoria disparidad entre el discurso oficial y la realidad, ha quedado obsoleta.
A estas alturas, nadie en sus cabales puede dudar de un hecho por demás contundente: las palabras, la oratoria de CFK se encuentran tan alejadas de lo que en verdad sucede que sería ingenuo suponer que Ella pretende ocultar la realidad detrás del discurso. Es más verosímil creer que la distancia que media entre la expresión oral de la Presidente y lo que día a día experimentamos todos nosotros, ya ha dejado de ser un problema para el régimen. Es decir: se ha aceptado la escisión entre los dos mundos, entre la realidad y las palabras.
Un relato es, ante todo, una narración. Puede tomar la forma de una crónica periodística, de una historieta ilustrada, de la relación de un viaje, de la descripción de un paisaje, de la reseña de un libro que se ha leído. Pero también es sinónimo de leyenda, de cuento, de fábula… El relato puede ser escrito o hablado. No obstante existe una diferencia importante entre ambas formas de registrarlo. Los romanos ya decían verba volant, scripta manent. Si bien de las palabras vertidas por medio de la lengua – en sentido fisiológico- se dice que una vez pronunciadas se transforman en hechos, lo cierto es que salvo que se las grabe y reproduzca por medios técnicos, lo dicho por la boca es menos contundente y más volátil que lo escrito, aunque también esto es relativo y depende del oficio del que archiva y cataloga.
Advirtamos que tanto la realidad y las palabras deben ser interpretadas. Cuando se trata de hechos históricos, la interpretación, al decir de Nietzsche, es lo único que poseemos para penetrar en el pasado ya que el acto, una vez integrado al mundo de lo concreto, desaparece y no se puede volver a experimentar. Las palabras, siempre deben ser interpretadas porque su sentido nunca- o casi nunca- es unívoco. Pero lo mismo sucede con la realidad de todos los días, la que vivimos y captamos a través de nuestros sentidos. Los mecanismos psicológicos, una vez que percibimos la realidad, se encargan de dotarla de sentido, conectándola con nuestros conocimientos previos y nuestras creencias.
De esta manera, poseemos una representación de la realidad – experimentada o adquirida por medio de la comunicación con otros individuos o medios- que es aquélla con la cual nos manejamos en la vida cotidiana, en el trabajo y en la multiplicidad de las interacciones propia de la sociedad de masas. Cuando alguien nos propina un discurso que choca con esa representación, o cambiamos nuestro paradigma cognitivo o sostenemos que el que discursea miente. Si tenemos en cuenta que en la Argentina de hoy se da el fenómeno peculiar según el cual lo hablado desde el poder no coincide con la realidad con la que contamos para desenvolvernos en la sociedad a la que pertenecemos, veremos que estamos permanentemente sometidos a un proceso de verificación de lo que realmente es y sucede, verificación que se torna muy fatigosa cuando el discurso contrastante se pronuncia desde las alturas del poder político.
En esta consistente dualidad se generan dos etapas. En la primera, el relato pretende ocultar, deformar o fragmentar la realidad. Se presenta, entonces, la cuestión de la credibilidad del discurso. Este atributo esencial de la palabra, depende, en cierta medida, de la moralidad del que discursea. La gente, en principio, se inclina a dudar de las promesas de los que han demostrado que se olvidan de ellas o, recordándolas en su fuero íntimo, las trasladan al rincón de los trastos inútiles sin mayores reparos. Un discurso sobre la inviolabilidad de la propiedad privada vertido por un ladrón inveterado, convicto y confeso, puede no tener ningún efecto sobre la audiencia no obstante ser pronunciado con elegancia y conocimiento de causa.
La credibilidad se encuentra en una relación inversa con la distancia que separa al discurso de la realidad: a mayor distancia, menor credibilidad. Es por esta razón elemental que el régimen titular del discurso, cuando advierte que esa distancia es demasiado extensa y que no resulta posible acortarla o eliminarla drásticamente, se decide por abandonar la pretensión de verosimilitud y de credibilidad y abre un nuevo proceso comunicativo: la teatralización del poder. Como en Bali.
Cuando el régimen insiste en aceptar las cifras del INDEC como verdaderas y así lo expresa en el discurso, pocos pueden suponer la existencia de una pretensión de veracidad. Una pregunta viene de inmediato a nuestras mentes: ¿por qué si esas cifras no son creídas por nadie, se sigue sosteniendo su veracidad? Hay varias explicaciones dadas en el pasado, al estudiar los regímenes totalitarios, que tratan de hallar una razón superior que obliga a mantener las falacias. Pero existe un mecanismo propio de ese tipo de políticas que suele fallar usualmente: la marcha atrás, el retroceso. Esto es fácilmente comprensible: cuando se ha avanzado mucho en el camino de la mentira y cuando el relato se ha estructurado alrededor de un núcleo ficticio, el retroceso importaría un grave daño en la imagen del poder político porque en la misma medida en que esa imagen se haya construido despreciando los datos emergentes de la realidad que se pretende administrar, la marcha atrás implicaría un fuerte deterioro de la capacidad de mando de dicho poder.
Si no es posible el retroceso y la realidad tiende a irrumpir cada vez con mayor vigor en las representaciones sociales de lo que está ocurriendo, el poder ensaya un salto cualitativo: el relato sigue vigente, pero en adelante principalmente como el guión de una representación teatral donde lo que sucede es la única verdad y los que asisten deben permanecer en silencio porque están allí, rodeando la escena, para escuchar, aprender y aplaudir.
Cristina, primera y ¿única? actriz.
Todos los gobiernos utilizan recursos teatrales, puestas en escena, decorados y tramoyas para realzar el discurso y para rodear al poder de símbolos que hablan al pueblo de la omnipotencia del régimen. Recordemos la operística ceremonia de los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 bajo la égida de Hitler. O las paradas en la Plaza Roja de Moscú en tiempos de Stalin. Cuando se trata de cautivar a las masas, más allá de las palabras, nunca viene mal una ornamentación dotada de magnificencia.
El cristinismo ha preferido el tono de telenovela. A partir del óbito de Néstor Kirchner, la Presidente se ha presentado en escena sobreactuando su viudez, luciendo negras vestiduras, vertiendo lágrimas al parecer incontenibles y reclamando una y otra vez la presencia espectral de “Él” situando al ex-presidente como fuente de toda razón y justicia.
E insinuando, más de una vez, que Néstor sigue guiando la mano de su heredera en la ardua tarea de disciplinar a la sociedad.
Pero la actuación de CFK como viuda inconsolable, no es ni la única ni, en el fondo, lo más importante de la teatralización del poder. Como dice Geertz en el trabajo citado, el estado-teatro de Bali no disponía del suficiente poder como para transformarse en una tiranía, ni siquiera disponía de la capacidad para dedicarse metódicamente a gobernar. Por debajo del escenario, fluían los conflictos propios de toda sociedad en relación, tal como lo señala Geertz, a la desigualdad entre las familias y los individuos “y el orgullo del rango” lo que en una democracia imperfecta como la argentina puede leerse como legitimidad del gobierno.
La teatralización que tiene a Cristina como primera y primordial actriz, parte de un punto que deberemos aceptar para impedir que la crítica de los contenidos nos oculte lo que hay detrás de la escena. Dijimos que el relato, ersatz de la ideología, se ha apartado tanto de la realidad que ya no le es posible dar cuenta de ella. También dijimos que cuando se ha osado a falsificar las estadísticas oficiales, confesar el fraude y exhibir contrición tampoco es agible si no se está dispuesto a pagar un elevadísimo precio político. A partir de esta doble imposibilidad, el recurso a la teatralización aparece no sólo como hacedero y relativamente sencillo de administrar, sino como eficaz frente a las masas que prefieren asistir a una puesta en práctica del arte de Talía a intentar por sí mismas una crítica de lo que acontece en las alturas del poder.
Pero existe un requisito sin el cual la teatralización es impracticable: hace falta alguien dotado para la escena. Alguien a quien la interpretación de roles ficticios y el seguimiento de un guión pletórico de quimeras y desvaríos le resulte no solamente posible sino también atrayente. Escenificar el relato, sin embargo, no es tarea fácil en esta Argentina de hoy aun contando con el actor competente para el espectáculo. Y ello es así porque el guión, el argumento de la pieza a representar, presenta incoherencias, contradicciones y vacíos que sólo el talento del histrión puede ocultar o, por lo menos, opacar.
No obstante estas dificultades, la teatralización política que practica Cristina se beneficia de una circunstancia nada baladí: es nada menos que la cabeza del Estado la que asume el rol protagónico de la obra. De una obra muy particular en la que el monólogo presidencial no impide que otros personajes aparezcan espectralmente en el escenario cuando el discurso así lo exige. Así, pues, cuando Cristina se refiere a la majestad de la Justicia, el fantasma de Oyarbide se asoma exhibiendo su costoso anillo. Cuando Ella invoca, alzando la mirada hacia el techo a “Él” – al cielo si se trata de un acto al descubierto- es la visión fantasmal de Néstor Kirchner la que se ofrece a los ojos del auditorio. Y cuando la Presidente, con los globos oculares anegados en lágrimas se refiere a los derechos humanos, es la figura de Hebe de Bonafini la que, como un hálito del más acá, cruza por las tablas y se pierde detrás de los telones. El guión se enriquece, además, con la figuración de los traidores: el primero de todos Julio Cobos. Le siguen de cerca Hugo Moyano, Alberto Fernández, el banquero Brito y el petrolero Eskenazi.
El rol de villano es interpretado magistralmente por Mauricio Macri que se presta a ser el recipiente de cuanta protervia anda suelta en la oratoria presidencial. La música de fondo, naturalmente, está a cargo de Amado Boudou y “La Mancha de Rolando”. Sobre todos ellos, bajo la mirada complaciente de Cristina, flota la imagen de Guillermo Moreno, el Superman que se atreve con casi todos los empresarios del establishment, sea por teléfono, sea retándolos a combatir calzándose los guantes de box. (Pido desde ya excusas por este asalto de la imaginación en medio de un contexto que pretende ser circunspecto)
Todo el montaje de la obra tiene su razón de ser, más allá del lucimiento personal de la Primera Actriz: en el negara tal como lo dice Geertz “El concepto de negara expresa una ecuación de la sede del gobierno con el dominio del gobierno que es más que una metáfora accidental: es una afirmación de una idea de control político – a saber, que por el mero acto de proporcionar un modelo, un parangón, una imagen intachable de la existencia civilizada, la corte modela el mundo que la rodea…” El teatro presidencial no es simplemente entretenimiento y satisfacción de la necesidad popular de asistir a espectáculos por los que no se paga entrada. Lejos de ello, el negara cristinista apunta a una finalidad pedagógica, a montar un paradigma ideal, una imagen intachable de la existencia civilizada, es decir, de la ejemplaridad del kirchnerismo.
Ahora bien: entre el negara de Bali y el cristinismo existen analogías muy significativas. Geertz sostiene – y lo prueba en el trabajo que mencionamos antes- que el negara dista de ser una tiranía, o un estado burocrático y que tampoco hay elementos para afirmar rotundamente que se trata de un gobierno. Obviamente, el cristinismo –o neo kirchnerismo- no es ni puede ser una tiranía en la acepción clásica del concepto en primer lugar porque tanto nuestro régimen –como el de Morales, Correa, Chávez y Ortega- se desenvuelve dentro de los márgenes formales de la democracia representativa. El hecho de que, por contar con mayorías absolutas en el núcleo de la representatividad – o sea en el Poder Legislativo- se anule la división de poderes hasta el punto de transformar al Poder Ejecutivo en un aglomerado de representación y administración sin compensaciones en la actividad del Congreso, no basta para sustentar la imputación de despotismo aunque, en la práctica, exista una gradual aproximación hacia el demo-unicato.
En cuanto al gobierno en sí, Geertz deja en claro que en el negara, la dinastía reinante no tenía el propósito de administrar burocráticamente la sociedad balinesa conforme lo que en Occidente se considera gobernar. Para no ir más lejos en la relación entre Gobierno y Estado, podríamos aceptar que, en principio, para que haya gobierno el que manda debe respetar la Constitución del Estado, las instituciones básicas de la República, en nuestro caso. Si el mando político, amparado en el monopolio estatal de la fuerza, desconoce a través de sus actos la Constitución y sus instituciones, entonces sucede un deslizamiento hacia la tiranía de facto o bien, al degradarse el plexo institucional del Estado, se avanza en el camino de la anomia cuyo destino final es la anarquía.
El cristinismo sólo formalmente gobierna en el sentido apuntado. Su desprecio, tantas veces manifestado, de los preceptos constitucionales en particular al núcleo básico del republicanismo que es la división de poderes, nos está indicando que, más allá de las formalidades menos significativas, el régimen cristinista exhibe tan notorias falencias en la práctica del poder político que, en otras circunstancias, hubiese provocado la incoación del juicio previsto en el Art. 53 de la Constitución Nacional.
Al renunciar ab initio a gobernar conforme la normativa constitucional – en otro momento enumeraremos todas las violaciones cometidas contra la Ley Fundamental de la República- el cristinismo debió apelar a otras instancias para legitimarse ante la ciudadanía, más allá de la contundencia de los sufragios obtenidos que le han asegurado una legitimidad de origen. En esta primordial necesidad, se ha basado el relato que no solamente abarca una adulteración manifiesta de la realidad actual, sino que pretende transformarse en una historia oficial de la Argentina que, por supuesto, estaría destinada a legitimar cuantas operaciones de poder se intenten desde los mandos del Estado.
Hemos sugerido más arriba que el relato puede practicarse de diversas maneras: libros, medios gráficos en general, documentos públicos, etc. Pero la eficacia del relato depende de la manera en que se transmite al público. No todos leen. Pero existe una ingente masa de individuos que “ven la televisión” y que han hecho de este medio de comunicación su único, efectivo contacto con la realidad que no les es posible experimentar por sí mismos. La pantalla de la TV es el espacio en el que habrá de desplegarse el relato transformado en representación teatral.
Cuando Cristina se muestra enlutada hasta más allá del buen gusto; cuando exhibe sin pudores la fea cicatriz de su ignota operación; cuando llora ante las cámaras; cuando invoca la espectral presencia de “Él”; cuando gesticula con las manos o alza su índice admonitorio; cuando sonríe complicidades y apela a anécdotas banales; cuando se dirige por su nombre a algún individuo de la audiencia; cuando morcillea y pronuncia chascarrillos desprovistos en general de alguna gracia, toda esta parafernalia de palabras, gestos y silencios histriónicos está dirigida a sustentar, en las conciencias del público, un guión destinado a despertar aplausos y, tal vez más importante, a adormecer las críticas y domesticar opositores.
Suponiendo que coincidamos en la existencia de una técnica de teatralizar el gobierno, ¿acaso en la sociedad no se mueven todos los intereses –legítimos e ilegítimos- propios de cualquier agregación humana que convive bajo un Estado capitalista? ¿Acaso podríamos afirmar que el cristinismo ha renunciado a gobernar cuando emite leyes, decretos y resoluciones de todo tipo que impactan directamente sobre aquellos intereses? O bien: ¿el cristinismo es sólo teatro, como en Bali?
Evidentemente, la teatralización cristinista es sólo una parte, tal vez imprescindible, del régimen al mando. Subsisten, detrás de bambalinas, las complejas modalidades burocráticas que son las que, en las sombras, con poca o ninguna transparencia se dedican a administrar – y a expoliar- los recursos que el sistema tributario allega al Estado. Una de las principales analogías entre el cristinismo y el negara se encuentra, precisamente, en la vocación de ambos regímenes en el sentido de dramatizar las “obsesiones dominantes” en ambas sociedades. Mientras la dinastía balinesa intentaba resolver, por medio de una representación protagonizada por la corte, los conflictos planteados por la desigualdad social y la legitimidad del mando, el cristinismo apunta en un sentido curiosamente análogo. La incapacidad del régimen kirchnerista por paliar las desigualdades sociales preexistentes, incita a poner en escena una sociedad ficticia en la cual la dinámica dominante va transformando a los marginales en ciudadanos cabales en tanto que, en los hechos, el sistema de subsidios clientelares no hace sino anclar a los no integrados en una condición análoga a la del lumpenproletariado producto de desecho de la economía capitalista.
De la misma manera, el progresivo proceso de ilegitimación del régimen, debe ser ocultado a partir del relato teatralizado según el cual la mera contundencia de la mayoría obtenida en las urnas, basta para legitimar cualquier desafuero en el manejo de la cosa pública. En este orden de cosas, la presentación de Cristina como si estuviera dotada de la gracia de la infalilibilidad papal, es fundamental porque resguarda el hábito de jamás reconocer que se han cometido errores en el ejercicio del mando.
En resumen: si en la Argentina no hemos llegado a un tipo de dominación basado exclusivamente en el espectáculo, no es menos cierto que vamos por ese rumbo. Los costos finales de estas puestas en escena, seguramente los pagaremos todos los argentinos. Salvo, muy probablemente, los que forman la claque del poder.
¿Y el publico, qué?
No podríamos finalizar estas líneas sin preguntarnos por la recepción en la sociedad de los espectáculos cortesanos que nos brinda el cristinismo. Creo que existe un criterio básico para responder a este interrogante. Es el siguiente: mientras la gente crea que su situación económica es buena o, por lo menos, mejor que otras por las que ha atravesado, asistirá al espectáculo del poder benevolentemente, disimulará los ripios y perdonará los excesos y las ucronías. Pero si la situación económica se deteriora, más pronto que tarde el público dejará de aplaudir la representación teatral para la que ha sido convocado y comenzará a advertir defectos y carencias, tanto del guión del drama como en lo referente a las calidades histriónicas de la primera actriz.
Creo que nos hallamos al comienzo de un proceso en el cual nuestro negara vernáculo se degradará hasta transformarse en una pantomima sin sentido. La oratoria presidencial ya no tendrá la capacidad de disimular la alta conflictividad que se ha ido instilando en la sociedad. La distancia entre las palabras y los gestos de Cristina y la realidad que, bajo distintos avatares, acecha a cada uno, todos los días, se irá alargando y la irrupción plena de la objetividad de los hechos en la conciencia del pueblo llano tendrá el efecto de inutilizar los recursos histriónicos hasta el punto de obligar a deshacerse de ellos. Si esto sucede, la verdadera naturaleza del poder cristinista quedará expuesta para cualquiera que no aparte los ojos, por propia conveniencia o por torpeza, de lo que queda cuando mueren las palabras.
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