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Alternativas y sobresaltos

Redacción TN by Redacción TN
28 septiembre, 2011
in Jorge Raventos
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 Pese a los caudalosos recursos volcados desde el oficialismo nacional en apoyo de los afamados jóvenes de La Cámpora, el kirchnerismo sólo consiguió un triunfo moral: pudo presentar listas en todos los centros y mejoró su performance anterior. Pero no ganó en ningún caso.

 

De aquella JP a La Cámpora

 

Las etapas de cambios profundos suelen  reflejarse dramáticamente en las universidades. Cuando empezaba a alzarse la ola que culminaría en 1973 con el retorno de Juan Perón al gobierno, esa vibración política fue adelantada por las casas de estudios, donde las corrientes reformistas tradicionales fueron desplazadas por (o se trasmutaron en) un tumultuoso neoperonismo juvenil  que pronto llegaría a ser hegemónico.

Con pareja sincronía, el auge alfonsinista que se expresó en la victoria del candidato radical en 1983  fue acompañado por  un vigoroso ascenso de su rama universitaria, Franja Morada.

Podría afirmarse que  los aires de la década del 90 se habían corporizado anticipadamente en el auge de corrientes estudiantiles liberales como UPAU, muchos de cuyos referentes y cuadros directivos recalaron en  el peronismo de Carlos Menem.

En cambio, el kirchnerismo, que  gobierna desde hace ocho años, no ha conseguido hacer pie firme en las aulas. Esa circunstancia refuta, quizás, su ambiciosa pretensión de encarnar, no meramente  un ciclo más de gobierno del país, sino una etapa de profundo renacimiento nacional.

Quizás el rasgo que más diferencia aquéllas heterogéneas experiencias político-estudiantiles (la JP de los ’70, el radicalismo universitario de los ’80, el liberalismo de los ’90) de la que  hoy toma forma en el kirchnerismo universitario sea que, mientras esta nace desde el poder y  responde  verticalmente a una ingeniería practicada por el gobierno, aquéllas otras habían surgido “desde el el llano”, en un movimiento de abajo a arriba, como expresiones de resistencia a situaciones o hegemonías ideológicas preexistentes. En ese sentido, las coincidencias con los movimientos políticos que alcanzarían el dominio del gobierno respondían a una convergencia objetiva, a una onda que en cada caso recorría al conjunto de la sociedad y movilizaba a muchos sectores al unísono.  No  se trataba de operaciones de captación o cooptación lanzadas desde un vértice, dotadas de un presupuesto generoso o de no menos generosas ofertas laborales en los aparatos oficiales.

 

Pensar de nuevo

 

Es probable que una explicación al voto conservador (o, si se quiere, cauteloso) que parece generalizado sea la ausencia de un movimiento de ideas alternativas, que procure respuestas originales, adaptadas a la época, políticamente sustentables y plausibles (no quiméricas)  a temas centrales (algunos urgentes, otros de enorme importancia). Si tales alternativas no están en oferta, no hay cambio real a la vista. Por lo tanto, sigue lo que está. A menos que  se produzca  un sobresalto inesperado, que obligue a realizar cambios de emergencia.

 

La inseguridad parece una preocupación  persistente; bajo ese título subyacen  grandes continentes temáticos (la extensión de las redes del narcotráfico, la “naturalización” del robo y el secuestro, el asesinato independizado inclusive del tamaño del botín reclamado, las violaciones, las sospechas -y las evidencias- de complicidades entre delincuentes y uniformados, la violencia aplicada contra niños y ancianos, etc.). Si no se produce ninguna conmoción a partir de estas cuestiones, ¿habrá que suponer, sugirió esta semana el cardenal Jorge Bergoglio, que la sociedad está anestesiada?

 

¿Debe ser la economía la que provea el  sobresalto? ¿La corrida hacia el dólar? ¿Las dificultades que se prevén para afrontar las deudas que vencen el año próximo? Motivos no faltarían: al país le resultará difícil conseguir financiamiento sin resolver, por caso, la deuda con el Club de París. Y esto  se complica si no se cumplen ciertos procedimientos acordados con el Fondo Monetario Internacional (poner fin a la mentira estadística, por caso) y si se irrita a socios influyentes, como Estados Unidos. El gobierno de Barack Obama  ya votó en el Banco Interamericano de Desarrollo contra la concesión a Argentina de un préstamo por 230 millones de dólares. "Seguiremos votando no a los créditos para la Argentina y esperamos involucrarnos con otros donantes para que compartan nuestra preocupación y para enviar un mensaje de que los países deben cumplir con sus obligaciones internacionales", se explayó la subsecretaria para Mercados Internacionales y Desarrollo del Tesoro de Estados Unidos.  

 

El espejo brasilero

 

El gobierno siempre ha privilegiado su  interés doméstico sobre los vínculos con el mundo, hasta el punto de que se sospechara  su total desinterés por la política exterior, más allá del empleo de escenarios internacionales. El desinterés podría determinar, así, que  las sorpresas lleguen de afuera. Y no necesariamente de demasiado lejos.

 

Brasil, sin ir más allá, ya está suscitando algunas inquietudes. Las minidevaluaciones  que ha permitido (o inducido) el gobierno de Dilma Roussef  en las últimas semanas, más allá de que  busquen corregir un poco la  extendida apreciación de la moneda brasilera  impulsada por el fuerte ingreso de dólares, ponen nerviosos a muchos empresarios argentinos que presionan por  conseguir  acá un dólar “mas competitivo”.  No son pocos los que suponen que esa  presión por  una devaluación del peso  echará combustible sobre  el ya  encendido fuego inflacionario.

 

Pero el comportamiento de Roussef no sugiere solamente temas económicos. La presidente brasilera  está desplegando una intensa cruzada contra la corrupción que ya ha hizo volar de sus puestos a cinco ministros. En esa  tarea depuradora, Roussef se apoya en la opinión pública independiente  y en los medios de comunicación (su partido, el PT, cuestiona en cambio tanto las denuncias del periodismo como la atención que les presta la presidente). Las encuestas muestran que la imagen de Roussef ha crecido  a raíz de su lucha.

 

Indefectiblemente una nación de la envergadura de Brasil irradia su influencia económica y política sobre la región: más tarde o más temprano la sociedad argentina  comenzará a observar y comparar las acciones de Roussef y las de las autoridades argentinas.

Aquí también los medios han puesto la lupa en comportamientos opacos de sectores de la administración o de asociaciones vinculadas al poder. Y son los medios independientes los que  el poder prefiere tomar como enemigos centrales.  O son los consultores que difunden cálculos independientes sobre la inflación los que  reciben acoso para que no desafíen las fantasías del INDEC (una presión que esta semana, magistrado mediante, parece abarcar también a los periodistas que escriben  sobre esos consultores y sus cifras).

 

Cuando los sobresaltos  alcanzan el tamaño de conmociones, las conductas conservadoras dejan de encontrar alivio en lo que ya está y piden cambios rápidos.

 

A menudo sólo encuentran parches circunstanciales. Porque los cambios hay que empezar a pensarlos antes de la urgencia; las alternativas, así sea embrionariamente, tienen que estar en marcha antes del sobresalto y el reclamo.  Parece evidente que, en tiempos en que la China del socialismo de mercado se transforma en la fuerza más relevante de la globalización, cuando son los países emergentes los que impulsan una economía mundial cada vez más integrada, pensar una alternativa nacional requiere hacerlo con instrumentos distintos a los que se empleaba  cuando Argentina se consideraba una perla excéntrica del Imperio británico o cuando Raúl Prebisch creía  que el deterioro de los términos del intercambio era una regla eterna.

 

La pregunta del millón: ¿cuánto pensamiento nuevo hay en las distintas  ofertas de la política argentina?

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