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Y la elección primaria de agosto, que aunque no cumplirá el fin para el que fue imaginada (selección de los candidatos de los partidos), servirá para hacer una primera medición de fuerzas, para verificar si es real la idea que ventila el oficialismo de un tranquilo “paseo” para la candidata del gobierno y también para observar cuál es el candidato opositor con mayores posibilidades de derrotar a Cristina de Kirchner.
El peligro de las segundas vueltas
Los estudios de opinión pública pueden engañar. En el balotaje fueguino, por caso, los analistas del “club (oficial) de la encuesta” prometía una tranquila victoria de la candidata ultrakirchnerista, Rosana Bertone, que se había adjudicado la primera vuelta con una ventaja de casi nueve puntos. Una consultora (CEOP, que regentea Roberto Bacman) invocó estudios a boca de urna para garantizar el mismo domingo 2 por la tarde que Bertone triunfaría por siete puntos. Sin embargo, Bertone cayó por un punto. La Casa Rosada confirmó su prevención ante los balotajes. Y debería incrementar su desconfianza ante las encuestas.
La presidente, entretanto, ha optado por una estrategia de toma de distancia de la estructura partidaria del peronismo y está verificando en estos días algunas consecuencias de esa decisión. En La Pampa, el candidato a gobernador Carlos Verna renunció a formar parte de la boleta digitada desde Olivos. En Salta, el ya reelecto gobernador (con más del 60 por ciento de los votos) Juan Manuel Urtubey, demandó al Estado central por la falta de combustible en la provincia, que afecta la producción, el transporte y los hogares salteños. Esa muestra de independencia, aunque no está referida directamente a temas electorales, es una señal para un peronismo que está íntimamente disgustado por el maltrato presidencial.
Algebra y aritmética
Al declarar que se concibe como “puente” para incorporar a “la juventud” a los puestos de conducción, la señora de Kirchner dijo en álgebra lo que el peronismo traduce en aritmética. El mensaje recibido por los cuadros del justicialismo territorial y gremial es simple: la dama quiere dejarlos del otro lado del puente y aspira a reemplazarlos por “la juventud”.
¿”La” juventud? Bueno, no tanto como eso. Lo que la Presidente designa con ese nombre es el grupo de jóvenes que ella y su hijo Máximo conocen, a los que, en general, ofrecen empleos muy bien remunerados y manejo de incontables recursos públicos, como los de el fondo de jubilaciones (ANSES) o Aerolíneas Argentinas, y que se han convertido en una suerte de prelatura personal de la señora de Kirchner.
El hecho de que la organización que oficia como nave capitana de esa mostacilla lleve por nombre “La Cámpora” evoca equívocamente a las legiones juveniles de la década del ’70, tan numerosas y poderosas que se atrevieron a desafiar a Juan Perón y a sostener una guerra con las Fuerzas Armadas.
La “juventud” a la que la señora de Kirchner alude en estos días carece de aquella envergadura, no dispone de comparable representatividad social ni de la vocación por vivere pericolosamente que caracterizó a la de cuatro décadas atrás; aquélla combatía al Estado, ésta vive del Estado y está constituida por personas que aterrizaron en la alta burocracia pública con la ayuda de algún dedo del poder. Aquélla era rebelde; el grupo juvenil oficialista es, por el contrario, dócil y obediente al mando, rasgos que en la lengua oficialista se denominan “lealtad”.
Reemplazar a la experimentada (también erosionada, es cierto) estructura político-gremial del peronismo por este club de altos funcionarios lleva a recordar un viejo consejo de Bonaparte: “conviene apoyarse sobre lo que sostiene”.
Joven argentino
Tanto se menta a los jóvenes –en otras latitudes son cabeza de movimientos de cambio, desde Egipto y Libia hasta los indignados de España y Grecia- que conviene echar una mirada a su configuración en la Argentina.
En términos nacionales, los votantes de entre 18 y 40 años constituyen el 50 por ciento del padrón electoral.
La Capital Federal, donde se vota hoy, es, en ese sentido, una notable anomalía. En la ciudad de Buenos Aires los mayores de 40 representan el 60 por ciento del padrón y los menores (18 a 40 años) son apenas 4 de cada 10. La Capital es “más vieja” que el país.
Para entender mejor: en el punto más alto de esa franja joven (los que tienen 40, nacidos en 1971) algunos pudieron votar en 1989, cuando ganó la fórmula Menem-Duhalde. Ninguno de esa franja estaba en edad de votar cuando ganó Raúl Alfonsín. Unos pocos (2 por ciento del padrón) , tuvieron entre 5 y 12 años durante el Proceso militar y entraban en el secundario en tiempos del juicio a las Juntas. Para esta “mitad del mundo” la mayor parte del discurso que emplean el gobierno y la llamada “clase política” habla de cosas sobre las que no tienen experiencia y cuya existencia, en la mayoría de los casos, hasta ignoran.
La mitad “joven” de padrón, más que por palabras y discursos se mueve por imágenes (lo que se ve, lo que se imagina). Prefiere inclusive imágenes verbales antes que conceptos precisos.
La globalización y las redes electrónicas han enlazado las pulsiones de los jóvenes en el mundo. El espectáculo, la música, el ocio, lo efímero pesan más sobre las generaciones jóvenes que la politización que se imponía en los años 60 y 70. El compromiso, cuando existe, más que hacia causas y partidos, se vuelca en otros objetivos, más espirituales: desde la religión (las procesiones a Luján y otros santuarios son las manifestaciones juveniles más masivas del país, aunque los medios las registren en otro nivel) al voluntariado social o ambiental a través de organizaciones no gubernamentales.
Queda mucha juventud fuera del espacio de jóvenes privilegiados del oficialismo.
Quedan, por caso, los ninis criollos. En Europa llaman así a los jóvenes que ni estudian ni trabajan, los que alimentan las filas de los indignados. En la Argentina, uno de cada cinco jóvenes de entre 14 y 24 años no terminaron sus estudios secundarios, no tienen empleo ni lo están buscando: en cifras absolutas, eso significa alrededor de un millón seiscientas mil personas en esa condición.
Lo serio y lo banal
La heterogénea juventud del país cuenta con grupos en condiciones de afrontar los desafíos de una sociedad mundial crecientemente competitiva y con otros que se encuentran desterrados de la cultura del trabajo, pues forman parte de hogares en los que por más de dos generaciones no se conocieron las relaciones laborales más o menos estables y en los que la subsistencia se ha apoyado en una combinación de changas y subsidios.
Más trascendente que cubrir listas de candidatos con estrellas del elenco juvenil de funcionarios públicos sería que el Estado desplegara políticas consistentes destinadas a permitir que los desterrados de las relaciones laborales pudieran incorporarse a ella y que aquellos que hoy carecen de las destrezas que la época requiere para trabajar y competir, las adquieran a través de iniciativas educativas eficaces y de calidad. Lamentablemente, los tests mundiales ubican a nuestras escuelas en el tercio más atrasado de la educación global. A ese cuadro general se agrega la discriminación en desmedro de las zonas y escuelas más pobres. Señala Alieto Guadagni, miembro de la Academia Nacional de Educación: “Los alumnos del NOA y el NEA obtienen las más bajas calificaciones de todo el país. Al mismo tiempo los alumnos de escuelas privadas obtienen mejores resultados que los alumnos de escuelas públicas. No existe igualdad de oportunidades ni entre regiones ni entre niveles socioeconómicos de la población, lo cual agrava aún más el gran problema de una deficiencia generalizada en la calidad educacional argentina”. Otro especialista en el tema, Juan José Llach, apunta: “Las escuelas a las que asisten los más pobres son de peor calidad en sus capitales físico, humano y social”.
La idea de tender un puente hacia las nuevas generaciones no debería ser un menguado slogan de campaña o una coartada para rodearse de un rebaño de sumisos, sino una gran política que destine los recursos de la Nación al cumplimiento de objetivos trascendentes.
La ciudadanía con su voto tiene la oportunidad de descartar lo banal y dar fuerza a las búsquedas serias.
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