Murieron 140.000 personas. Otros miles sufrieron daños irreparables. Se había despertado un monstruo y el mundo ya era otro. Chumbándose como perros embravecidos, los EEUU y la ex URSS, desde Hiroshima en más, mantuvieron al planeta en un atemorizado y frágil equilibrio. Los dos lados tenían bombas nucleares y la amenaza de usarlas estaba latente.
Primó el sentido común, un bien realmente escaso, y las bombas no se usaron. Luego la URSS implosionó. Los restos del imperio comunista pusieron a la venta y al mejor postor, los excedentes de su poderío nuclear. Corriendo el riesgo planetario de que los compradores fueran terroristas dispuestos a usarlas.
Peligro que existe hasta el día de hoy.
Hoy que es un día de luto, recogimiento y memoria. Un día triste. El 11/9/2001 volvió a cambiar la historia del planeta. A todos los habitantes, de todas partes, se les planteó el dilema de cuanta libertad estaban dispuestos a renunciar, en pos de una incierta seguridad. Diez años después, la inseguridad sigue igual y el miedo también.
Al miedo por el impredecible terrorismo y su demencial accionar, se le suma desde el 2008, la inseguridad financiera de los llamados países del 1° mundo. Inseguridad física, más inseguridad económica. Tiempos difíciles.
Es fácil pensar, 66 años después, que el final de la 2° guerra mundial se podría haber conseguido por medios diplomáticos o con un total bloqueo a las islas japonesas. Los kamikaze (traducción literal: viento de Dios), pilotos suicidas, eran la clara muestra de la debilidad japonesa. No a nivel de coraje personal, que les sobraba, el hecho era que la falta de combustible no le permitía al avión despegar, atacar al blanco designado y volver a su base. Por eso estrellaban el avión contra el barco enemigo. Para entonces, ya estaban vencidos.
Se optó por la diplomacia atómica. La historia contra fáctica, es sólo una diversión de historiadores ociosos. Lo que ocurrió, ocurrió, es inmodificable. Hiroshima fue. Los japoneses, sabiamente perdonaron, pero no olvidaron. No olvidar ayuda a no repetir errores. Y la guerra es el error mayúsculo.
No es fácil, mejor dicho, es imposible pensar que el atentado a las Torres del 11/9/2011, pudo haber sido previsto. La locura es impredecible y el terror busca y consigue aterrorizar a partir de lo inconcebible.
Es fácil pensar hoy, a 2 años de la explosión de la burbuja de las hipotecas, que los economistas, los bancos, las financieras y el gobierno de EEUU, deberían haber previsto el desenlace. Pero no lo hicieron. Y la crisis se extendió a Europa y todavía no se sabe ni dónde ni cuándo terminará. Ocurrió. Sigue ocurriendo.
Entre lo que se pudo evitar, lo que no se pudo evitar, y lo que se debió evitar, todos ellos sucesos terribles, algunos más que otros, pero todos terribles, suceden algunos hechos graciosos. Hechos también impensados, impensables, imprevistos e inverosímiles, enmarcados en el tiempo entre el 6/8 y el 11/9, de este 2011.
Hasta ahora esta noticia aparece sólo en algunos medios de los EEUU y en los medios japoneses, nada más. Vale la pena conocerla.
En Japón existe una importante empresa de comestibles, la Ezaki Glico Corporation, especializada en “crackers”. Acaban de sacar a la venta unos “crackers” con gusto a jamón y queso, llamados “Glico Pretz Ham & Cheese”. El CEO de la empresa, Katsuhisa Ezaki, tuvo la brillante idea de promocionar sus galletitas usando de modelo a… suspenso… Barak Obama.
A Ezaki se le ocurrió la idea y lo convenció a Obama. Son spots de 30 segundos, donde el presidente de los EEUU de América, aparece comiendo sonriente un Glico Pretz, alguno con lindas bailarinas detrás, otro con jugadores de sumo y siempre con muy buenas tomas del presidente.
Obama cobró US$300.000 (más regalías que vendrán después), que donó íntegros al tesoro nacional de su país. La condición de la publicidad establece que el presidente nunca pierda su dignidad, que sólo se pasan los spots en Japón y la gráfica sólo en ómnibus japoneses.
Habla bien del presidente de la nación todavía más poderosa del planeta, capaz de hacer una publicidad de galletitas fabricadas en otro país, con tal de conseguir unos dólares para el suyo. Habla bien de Japón, capaz de convocar al presidente de los EEUU para promocionar sus galletitas.
Nada puede borrar el dolor de Hiroshima o del atentado a las Torres Gemelas, nada puede devolverle la vida a los muertos, pero en estos tiempos tan difíciles, una sonrisa amplia, acompañada por una galletita con gusto a jamón y queso, ayuda. Sobre todo si el de la gran sonrisa carismática es la de Obama y la galletita es “made in Japan”.
“El humor es la gentileza de la desesperación”. Boris Vian, La espuma de los días, 1946.
P.D.: Vale la pena aclarar que en Japón existe una ciudad pesquera llamada Obama (traducido al castellano: Costa Chica), en la prefectura de Fukui, costa oeste, 32.000 habitantes, que no tiene nada que ver con el presidente actual de los EEUU, pero despertó simpatías en el territorio japonés.
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