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Atraso tecnico y concentracion del poder

Redacción TN by Redacción TN
18 enero, 2010
in Sociedad
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aplicadas a la producción económica dos siglos antes que en cualquier otro lugar. Por el siglo XIV, China estuvo cerca de transformarse en la primera potencia industrial del planeta, lo que hubiera cambiado el curso de la historia mundial. Sin embargo, quinientos años después, la situación era bien distinta. Según Manuel Castells: “Cuando en 1842 las guerras del opio condujeron a las imposiciones británicas, China se dio cuenta tarde de que el aislamiento no podía proteger al Imperio de las consecuencias de su inferioridad tecnológica. Desde entonces, tardó más de un siglo en comenzar a recuperarse de una desviación catastrófica en su trayectoria histórica”.

Los estudios de Castells identifican estas causas: 1) inhibición del desarrollo tecnológico por orden del Estado, debido al temor de las elites políticas al impacto de las nuevas tecnologías en el statu quo social; 2) despojamiento de los elementos más dinámicos a la cadena productiva, para consagrarlos al servicio estatal; 3) dependencia de la sociedad respecto del Estado, 4) organización burocrática, 5) supresión de los contactos y el comercio con extranjeros, 6) prohibición de la exploración geográfica y abandono de la construcción de grandes barcos, debido a órdenes gubernamentales.

Estas prácticas de la antigua China, que se consideraba el centro del mundo (el Imperio del Medio, se llamaba a sí misma), crearon una forma de tercer-mundismo avant la lettre y constituyeron la primera enunciación de sus tres paradigmas básicos: desconexión, atraso técnico y concentración del poder, lo cual inauguró una larga historia de renuncias políticas al desarrollo tecnológico y las posibilidades conectivas abiertas por la técnica.

Hegel y Marx describieron el modelo como “despotismo asiático”. Más tarde, Karl A. Wittfogel lo conectó con la administración centralizada de recursos hidráulicos. Su mezcla de aislacionismo, antitecnologicismo y control absolutista del Estado reapareció con la Revolución Cultural maoísta, que llevó a treinta millones a morir en la hambruna más devastadora de la historia. Significativamente, aquella revolución incluyó entre sus medidas , el cierre de las universidades e institutos tecnológicos y el envío de sus alumnos a trabajar manualmente con el objeto de lograr su “reeducación ideológica”, es decir: la involución de sus capacidades de analistas simbólicos a siervos del Estado.

Su modelo se extendió por Asia hasta hace muy pocas décadas, cuando sus regiones marítimas, comenzando por la isla de Japón, incorporaron modelos modernos de organización social, los adaptaron a sus características y superaron los resultados obtenidos por Occidente, protagonizando la más veloz salida de la pobreza de la historia. La condición básica del milagro asiático fue la reversión de la estrategia adoptada en tiempos del Imperio, que el maoísmo había trasladado al siglo XX. El mapa actual de la riqueza en Asia es elocuente, con su degradé que va desde las ricas y conectadas ciudades de la costa hacia el interior pobre y subdesarrollado. Fue esta increíble mutación la que hizo que Asia perdiera el título de “continente más pobre e injusto del mundo” en manos de Africa.

La antigua China dio al mundo el ejemplo más impresionante de las consecuencias de la combinación entre aislacionismo político-económico, detente tecnológica y control despótico del Estado. Sin embargo, en pleno siglo XXI existen aún otros países cuyos líderes piensan que a la tecnología la carga el Diablo, creen que el Estado es la encarnación del Bien sobre la Tierra y sostienen que vivir con lo nuestro es la mejor vía al desarrollo. Mientras sigan triunfando, sus países seguirán compitiendo con el Imperio Chino por la prioridad entre los casos más formidables de decadencia de la historia de la humanidad.

Por: Perfil

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