
“Si se es responsable, se vota. Si no estamos contentos con lo que pasa, hay que decirlo, y se dice en las urnas. Yo voto hoy a los ecologistas. Y en la segunda vuelta ya veré. Si no me he muerto”, se reía Jacotte, que aseguraba “no estar obsesionada” con la amenaza del coronavirus a pesar de pertenecer a la población en riesgo, antes de entrar a primera hora de la mañana a su colegio electoral en el distrito 14, en el sur de París.
También para Marie-Lia, de 60 años, votar en esta jornada en la que estaban llamados a las urnas casi 48 millones de franceses constituye “un deber ciudadano”. Aunque reconocía tener “miedo”, por lo que iba “con cuidado”. En la mano, su propio bolígrafo, como dictan las recomendaciones del Ministerio del Interior, que también pidió mantener una distancia de un metro en las filas de espera, marcar en el suelo la separación de seguridad ante las mesas de votación y lavarse las manos con agua y jabón o gel nada más ingresar en la sala de voto, entre otros. A las puertas de los colegios, los guardias vigilaban para que la seguridad se respetara y alertaban cuando algunos electores se distraían y al avanzar la fila se acercaban demasiado al vecino de delante.
De su centro electoral salía Chanthara, un francés de origen asiático de 67 años, frotándose las manos tras volver a utilizar el gel antes de regresar a la calle, camino a casa directamente. Porque aunque decidió acudir a votar “porque es de buen ciudadano”, a partir de ahora piensa respetar todas las consignas del Gobierno y quedarse en casa lo máximo posible. “Hay mucho que hacer en casa y hay que respetar las instrucciones, para ayudar a todos”, explicó.
Con 4.500 casos según el último recuento, y 91 muertes, Francia es uno de los países europeos más afectados por el coronavirus. Tras una jornada en que la consigna de evitar concentraciones de más de cien personas fue ignorada tanto por manifestantes —cientos de chalecos amarillos salieron a protestar por París— como por ciudadanos que siguieron acudiendo en masa a bares, teatros y restaurantes, el primer ministro, Édouard Philippe, ordenó el sábado el cierre desde la medianoche de todas las tiendas salvo las de alimentación, farmacias, estancos, bancos y gasolineras, entre otros servicios “indispensables”.
“Debemos mostrar, todos juntos, más disciplina en la aplicación de las medidas”, dijo. “Lo que debemos hacer en este momento es sencillamente evitar al máximo concentrarnos, limitar las reuniones familiares y de amigos, no usar el transporte público salvo para ir al trabajo y solamente si la presencia física en el trabajo es indispensable, salir de casa solo para hacer las compras esenciales, hacer un poco de ejercicio o votar”.
Fiel a su consigna, Philippe fue uno de los primeros políticos en depositar su voto, en la ciudad de Le Havre en la que vuelve a ser candidato a alcalde, minutos después de la apertura de los colegios electorales en toda Francia, a las ocho de la mañana. También en París algunos candidatos, como la socialista Anne Hidalgo, que aspira a renovar mandato, o la candidata de Macron, Agnès Buzyn, acudieron a primera hora a las urnas. El presidente, que vota en la localidad de Le Touquet, en el norte de Francia, tenía previsto hacerlo al mediodía.
La gran duda de la jornada es la tasa de participación. Las últimas encuestas indicaban que el 37% de los franceses pensaba abstenerse por el coronavirus. Y las primeras cifras oficiales apuntaban a esa tendencia: según el Ministerio del Interior, hasta las 12 del mediodía, la tasa de participación era de 18,38%, muy por debajo del 23,16% registrado a la misma hora en las municipales de 2014, cuando la abstención ya registró un récord histórico. Algunos colegios electorales ya constataban desde la mañana una menor afluencia. La etiqueta #jeniraipasvoter (no voy a votar) se popularizó el domingo en las redes sociales, mientras aumentaban también las críticas —muy veladas hasta la víspera— contra el Gobierno por mantener, pese a la aceleración de los casos y el endurecimiento de las consignas, las elecciones.
Severin, un alemán de 30 años que lleva dos viviendo en París, reconocía que dudó sobre si ir a votar o no. Al final, lo hizo, porque la posibilidad de votar en las elecciones municipales siendo un extranjero es “un privilegio europeo” al que no quiere renunciar. Comprende también que al Gobierno le haya sido difícil aplazar o anular la expresión máxima de la democracia como son unos comicios. Para él, merecía la pena correr el riesgo. “Es una ocasión que lo merece”.
