Calor en Europa: cómo sobrevivir al infierno francés

Mujeres con paraguas contra el sol recorren las calles de París, como si fueran una legión de turistas japonesas. Fuentes parisinas convertidas en espontáneas piscinas para grandes y chicos. Piletas

de plástico en medio de los patios de los edificios para refrescar a los bebés. Bares que ofrecen una copa de agua helada inmediatamente. Exámenes finales de los colegios franceses suspendidos hasta julio por las altas temperaturas, por orden del ministro de Educación. Peor aún que en el 2003, la plena “canicule” llegó a Francia el martes , inédita e insoportable. Esta descripción es su caótico escenario.

La mitad del país la padece y 59 departamentos se encuentran en vigilancia Naranja ante esta ola de calor, que llega del desierto del Sahara y abraza a un país, que no está preparado para resistirla arquitectónicamente. Los edificios son antiguos y no dejan que los modernicen en sus fachadas porque son monumentos históricos. No hay forma de poner aire acondicionado ni los franceses son proclives a aceptarlo, aún en sus propios taxis. A esto se suma la polución al ozono , que hace estornudar a todos.