40 días en el hielo: la aventura de navegar 10 mil kilómetros en el Almirante Irízar

Existe un lugar en el que la naturaleza se expresa gélida y amenazante. El hombre rara vez es bienvenido allí; aunque algunos adiestrados en la aventura logran penetrar las aguas glaciares

de ese continente prístino, de clima cambiante y hostil que es la Antártida. Por esos confines navega un gigante, el rompehielos Almirante Irízar, capaz de embestir y penetrar en los campos de hielo como un intruso.

Las seis bases permanentes y siete temporarias que Argentina despliega estratégicamente en ese inconmensurable desierto helado son abastecidas por este buque, único en su tipo en Sudamérica. Una vez al año realiza un servicio de “delivery” de los suministros necesarios para la supervivencia de los próximos doce meses. Y, diligente, retira sus desechos. También despliega y repliega militares y científicos que soportan largas invernadas y a los que permanecen solo durante los meses de verano.

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La del rompehielos es una lucha desigual entre las quince mil toneladas de su estructura de acero naval y la del agua salada que, a temperaturas a partir de los -1.8° C del agua y 0° C del aire, se solidifica para formar inmensos y espectaculares campos de hielo.

Los hay de distintas edades y grosores: cuanto más añejos, más duros e infranqueables. El Irízar quiebra como a un espejo los que tienen hasta seis metros de espesor. Pero esquiva los más viejos, los verdosos o azulados, que son indoblegables por su dureza. Su presencia supone virar el rumbo en búsqueda de hielo vulnerable, que siempre es hielo de corta edad.