Guardianas del Iberá: desde la cocina de sus casas mantienen viva la cultura de un pueblo

Acercarse a la costa del estero, en Iberá, se parece mucho a la fantasía de lo que es un safari en Africa. El guía aporta un largavistas para apreciar más en

detalle a los animales que se acercan a pocos metros de donde estamos parados, sobre este terreno fangoso. A ellos –carpinchos, ciervos de los pantanos, quizás algún tapir u oso hormiguero– la presencia humana no los amedrenta. Pero para nosotros, el silencio puede ser ensordecedor: aturde, no estamos acostumbrados a esa extrema pureza. Cada tanto, el canto de un pájaro (hay decenas, cientos), cruza el atardecer y parece preparar para lo que llegará cuando el Sol se ponga: las lucecitas de las luciérnagas que tapizan la negrura absoluta, iluminada sólo por Luna.

Los Esteros del Iberá, en Corrientes, son uno de los lugares más impresionantes de la Argentina, injustamente marginados de las postales de turismo por otros destinos imponentes como las Cataratas del Iguazú o el Glaciar Perito Moreno. Son 12.000 km2 de bañados que se formaron por una desviación del cauce del río Paraná. Dicen que sólo se entiende bien cómo es si se ve desde el aire. Los esteros son “colchones” de tierra y vegetación que flotan, como un iceberg, sobre el agua. En las lagunas abundan las palometas y los yacarés, que también se acercan, aquí a las lanchas, y se mantienen imperturbables mientras los turistas no paran de sacarles fotos.

Paraje Uguay es uno de los poblados de los esteros. Un puñado de casas, camino adentro desde la ruta provincial 40. A unos seis kilómetros de allí se encuentra la estancia Rincón del Socorro. A fines de la década del 90, el magnate estadounidense Douglas Tompkins se enamoró de esa tierra y compró más de 160.000 hectáreas para desarrollar un ambicioso proyecto de conservación. Unas 30.000 están en Socorro, una antigua estancia ganadera que era de los Blaquier. El filántropo se instaló allí con su mujer, Kristine, y redecoraron el casco de 1896, donde funciona la hostería Rincón del Socorro.

Un yacaré en la laguna Iberá. / GABRIEL PECOT

Un yacaré en la laguna Iberá. / GABRIEL PECOT

Tompkins murió en un accidente en Chile hace tres años. Pero su legado vive aquí, debajo de los lapachos y los árboles frutales. Todos los que trabajan en Rincón del Socorro, desde Daniela, la gerente, hasta Alba, la señora que mantiene impecables las habitaciones, pasando por Alejandro, el jardinero que cuida la huerta, son militantes. Recuerdan con cariño a Doug, como le dicen todos, y sienten que esto es propio: que ellos son una partecita en un ecosistema perfecto.

Hace dos años, los responsables de la hostería convocaron a Patricia Courtois (55), ex chef de la Cancillería y experta en cocina francesa, para renovar la carta de su restaurante. Lo que hizo Courtois fue “volver a los orígenes”. Investigó sobre el lugar, habló con los productores y, muy especialmente, aprendió las recetas locales de las cocineras, como ellas las cocinan en sus propias casas. Todo esto lo tradujo en su menú, un proyecto que recientemente ganó el primer Prix de Cocina de Baron B, elegido por un jurado con los máximos referentes de la gastronomía argentina, como el chef Mauro Colagreco y Andrés Rosberg, presidente de la Asociación Internacional de Sommeliers.

Patricia Courtois, en la cocina de Rincón del Socorro. Para hacer su carta estuvo tres meses investigando en el terreno. / GABRIEL PECOT

Patricia Courtois, en la cocina de Rincón del Socorro. Para hacer su carta estuvo tres meses investigando en el terreno. / GABRIEL PECOT

El símbolo de ese premio es un chipa so’o, uno de los platos más típicos de la cocina del Iberá, una especie de empanada rellena de carne que las mujeres les preparaban a sus esposos para que almorzaran durante el día de trabajo, y que se comía “a la temperatura del apero” que la conservaba hasta el mediodía, cuenta la chef Patricia Courtois (55). Ella creó una versión gourmet de la receta tradicional, con ojo de bife marinado por seis horas en yerba mate dentro de una masa de harina de maíz, que sirve junto con limoncitos en conserva y pickles de mamón, una fruta que se usa habitualmente en dulces y en almíbar.

El chipa so’o de Courtois, una versión gourmet de la receta tradicional. / GABRIEL PECOT

El chipa so’o de Courtois, una versión gourmet de la receta tradicional. / GABRIEL PECOT

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El viaje al origen

La harina de maíz del chipa so’o se produce en Saladas, un municipio de menos de 20.000 habitantes. En una de las calles que sale de la ruta hacia el centro, dos nenes de unos ocho años van en bicicleta. Se dan vuelta y miran la camioneta 4×4 que entra en el pueblo. “Tienen una gomera, están cazando pajaritos”, nos hace ver Hada Irastorza (44), guía en este recorrido de oeste a este que arrancó en Corrientes capital y acá nos tiene en la primera parada, a unos 100 kilómetros. Hada es la coordinadora del Programa Desarrollo Local en Iberá de Conservation Land Trust (CLT), la fundación que sigue la misión de Tompkins. Lleva una boina tejida por una artesana local y una camisa blanca estampada de pequeños yaguaretés azules: una declaración de principios. Nació en Curuzú Cuatiá, estudió bellas artes, y terminó cautivada por la conservación. Su tarea es apoyar a los integrantes de las decenas de comunidades que viven alrededor de los esteros y a las que están más allá, pero igual se vinculan social y económicamente con el humedal.

Es el caso de Gervasio Acevedo (59), a quien llegamos a ver esta mañana agradable. Gervasio vive en Colonia Sargento Cabral, un poblado que homenajea a la máxima figura de estas tierras, el “soldado heroico”. Las calles ahora son de tierra, y las casitas están espaciadas, salpicadas por plantaciones de maíz y de sandías. Su establecimiento se llama El Milagro. “El milagro es que hayamos vuelto, dice Gervasio. Su historia es la de miles de correntinos: por la falta de trabajo, se fue joven a Buenos Aires. “Pero siempre añoré Corrientes. Escuchaba chamamé… nunca me fui”, asegura. Abre la tranquera y aparecen las gallinas. Y los perros. Ambos son parte del paisaje, conviven armónicamente. La huerta también es parte del paisaje: produce para la familia y para vender, en la feria franca de Saladas.