El adiós a Menchi Sábat: “Maestro querido, ojalá podamos seguirlo”

Tenía una manera extraordinaria de demostrar afecto, una de sus tantas formas extraordinarias: te dibujaba. No te ponía alitas, como a los consagrados en su alma amplia y profunda. Tampoco te

estrellaba un tomate en la frente como a quienes descartaba de su cariño. Pero enfatizaba los rasgos de tu cara, bonhomía, ingenuidad, picardía, en un intento siempre exitoso de pintar tu interior.

Eso es lo que hizo siempre Menchi Sábat: pintar lo profundo de una sociedad a la que miraba con los ojos de Van Gogh, y con algunos de sus trazos, para cumplir con las normas elementales del periodismo: informar, advertir, alertar, celebrar, criticar, resistir. Fue, tal vez, el más alto exponente de la caricatura política en un país con una tradición brillante de caricaturistas y con miles de personajes dignos de ser caricaturizados.

Caricatura nace en el italiano caricare, que quiere decir cargar en exceso, exagerar, distorsionar la apariencia física, los rasgos, la vestimenta del personaje, tal vez con ánimo de burla. Ese ánimo nunca acompañó a Sábat: sus caricaturas no buscaban el humor, que siempre hallaban, sino que eran artículos periodísticos sin palabras. Los veteranos se lo dijimos muchas veces, por suerte para nosotros. El Maestro respondía con otro gesto de afecto: te estrechaba la mano, se inclinaba en una graciosa reverencia, llevaba la pierna derecha hacia atrás y flexionaba la rodilla. Un saludo principesco en la corte de los milagros.

Nosotros, los de entonces, lo conocimos en las páginas sin fotos del diario “La Opinión”, que Jacobo Timerman había pregonado, sería una publicación para los jóvenes dispuestos a dejar de beber un café por día para leer un segundo diario. Era 1971 y los jóvenes leíamos como desesperados. Sábat dibujaba entonces unas criaturas extrañas, chicos con caras de adultos, engominados, casi inexpresivos, con cara de haber sido sorprendidos siempre en el momento exacto de copiarse en clase. A veces, esos rostros limpios derramaban una lágrima. Así veía el Maestro aquella sociedad atenazada por la Revolución Argentina y a punto de estallar en una gran tragedia.