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Los argentinos y el dólar: el Gobierno responde con sarasa a la creciente desconfianza de los ahorristas

Redacción TN by Redacción TN
24 septiembre, 2020
in Economia
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La última tendencia de los funcionarios para explicar por qué la sociedad se pone cada vez más nerviosa cuando el dólar sube o, peor, cuando no puede acceder libremente -aún con

topes mensuales- a los billetes con caras de presidentes de Estados Unidos,  es acudir a explicaciones de corte sociológico o psicológico. Eluden, porque no les convienen, las explicaciones económicas o financieras.

El ejemplo más cercano es el del jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, quien relacionó el interés por comprar dólares de los argentinos con capacidad de ahorro con una “pulsión”, a una “cuestión cultural”.

Es el último aporte a una serie de definiciones de funcionarios de este Gobierno. El miércoles fue un día particular al respecto. El Presidente Alberto Fernández dijo que los argentinos “teníamos que acostumbrarnos a ahorrar en pesos”. La ministra de de Desarrollo Territorial y Hábitat, María Eugenia Bielsa, sumó lo que parece su propio desconcierto, al afirmar que “no hay ninguna explicación para que el metro cuadrado de las viviendas esté cotizado en dólares”. Llamativa definición, viniendo de una arquitecta, que debería entender cómo funciona el mercado inmobiliario.

Ante lo evidente, afloran las explicaciones de estilo sociológico que insisten en adaptar la realidad a sus ideas y no al revés. Argumentan que la obsesión por el dólar es un fenómeno exclusivamente argentino, que en ningún país vecino se observa un comportamiento como el que se ve en este país. Desde ya, van al lugar común de que en las playas de Río de Janeiro importa más el valor de la caipirinha que el del dólar.

Es verdad que las monedas, todas, se devalúan cuando hay crisis globales. Pero eso no se traduce inmediatamente en una pérdida de poder adquisitivo de los consumidores, como sí ocurre en la Argentina. De hecho por la estabilidad macroeconómica, la mayoría de los países de la región han logrado, todos, reducir las tasas de pobreza e indigencia. Lo contrario de lo que ocurrió en la Argentina.

En ningún momento se les ocurre a los funcionarios revisar qué pasa con la inflación y con el déficit fiscal en la Argentina. Eligen el camino de las explicaciones de plastilina, que se adaptan a sus preconceptos. La culpa de la inflación es de los supermercados o de los grupos concentrados. No de las políticas económicas.

Es ocioso tener que explicar por qué los argentinos con capacidad de acumulación, pequeña o grande, en determinadas circunstancias se vuelcan masivamente al dólar. Años de inflación alta y sostenida, variados ejemplos de confiscación de ahorros, justifican por sí solos el fenómeno.

Lo interesante de estas expresiones de altos funcionarios es que buscan, si se permite, invertir la carga de la prueba: si crece la demanda de dólares o si las tasaciones de los bienes se hacen en dólares es por responsabilidad (culpa) de la gente, y no por el hojaldre de malas decisiones económicas que se van acumulando año tras años.

Lo más simple sería reconocer que hasta que no se solucione el problema de la inflación tal vez no haya otro camino, para la gente, que ahorrar en dólares.

El argumento de que las tasas de los plazos fijos son positivas respecto a la inflación, y es decisión del Banco Central mantener esa política, es válido. Pero se desvanece ante las escapadas del dólar, que en tres días pulverizan la rentabilidad de un plazo fijo a 90 días.

Una particularidad de la tensión cambiaria de estas semanas es que por una vez el Gobierno no les puede echar la culpa a los “especuladores de siempre”, y tampoco a que “las grandes manos del mercado” orquestaron un golpe financiero. Esta vez el descalabro cambiario que se avecina fue consecuencia de una reacción totalmente lógica de cinco millones de ciudadanos que, comprando 200 dólares por mes, pusieron en jaque a las reservas del Banco Central.

En definitiva, las explicaciones y apelaciones oficiales se emparentan con las últimas declaraciones del ministro Martín Guzmán: sarasa.

GB

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