Soy hijo de la verdad. De la idea ¿psicoanalítica? que uno nunca debe tapar lo real. Y si se trata de un chico, intentar adaptarlo a su edad pero no engañarlo.
Claro que alguna vez no me hice caso. Cuando murió mi mamá, mi hijo mayor tenía tres años y le hablábamos de la abuela que había ido al cielo. Se lo comentamos al pediatra; no estuvo de acuerdo: “La muerte es la muerte -dijo- no usen eufemismos”. Creo recordar que no nos animamos.
Pero no quisiera detenerme sólo en la idea de la verdad, de lo cierto, ya que nadie sabe cómo va a actuar hasta que le suena la campana. Eso, en todas las lógicas de la vida. Una vez le pregunté a un reconocido oncólogo cómo eran sus colegas cuando les tocaba estar en el lugar de pacientes con cáncer. Igual que todos, dijo. Y recordó a uno que le pidió un tratamiento tan agresivo que, sabía, su cuerpo no lo soportaría. Y así fue. Por eso, no teorizo sobre las decisiones, cada momento tendrá, o no, su sabiduría.
Sí me parece interesante profundizar esa sensación de que mientras el padre se trataba una enfermedad grave, el clima de la casa reflejaba cierta paz, calma, tranquilidad. Intuyo que no habrá sido así para los adultos pero lograron crearlo, transmitirlo a los hijos. Curiosamente no es algo extraño. Conozco varios casos de personas que siempre tenían alguna razón para no ser del todo felices y el día que les pasó algo grave -una enfermedad, un familiar con discapacidad- en vez de ahondar esa actitud depresiva, salieron a flote. Como si tener algo por lo que luchar ayudara a ver el entorno con ojos más benignos.
No es lo ideal aunque bienvenido sea. Mucho mejor sería comprender que las dificultades que no nos ponen en jaque también son un desafío porque sobre ellas transita la mayor parte de nuestra vida. Pequeñas cosas, actitudes en las que nos quedamos atrapados cuando hay tanto más para vivir. Cuesta: el horizonte en esos casos no parece ser la vida sino lo nimio -llegar tarde, discutir con un call center, enojarse porque no funciona la computadora- y no vemos más lejos. Los cambios no son automáticos pero tenerlo claro, ayuda. No vale esperar a lo difícil, a lo duro para darse cuenta de que estábamos bien.
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