Hace unos años, cuando comenzó la moda de las redes sociales, me sorprendí. Personas que sabía desempleadas habían convertido sus derroteros en historias de éxito y superación. La falta de empleo
se convertía en una premeditada elección por la libertad. A nadie culpo: en una sociedad estereotipada donde la honestidad no es virtud, ¿quién va a darle trabajo a alguien que no parezca un ganador?
Con el sexo pasa algo similar. Todos hablan, pocos se animan a reconocer sus dudas o sus ocultos placeres. Si bien estamos en una época en la que ninguna exploración entre adultos resulta condenable, la falta de mundo sí parece serlo. Lo era cuando yo transitaba la adolescencia y sigue siéndolo. Hay, claro, muchos más espacios para hablar pero sigue estando la mirada paródica del otro frente al que no sabe, al que duda, al que necesita tiempo.
Y si de sexo se trata, todos nacimos sin saber. No hay experiencia que nos sirva si no es la propia, pero hasta que llegue ese momento vale tener un oído que escucha sin condenar.
Algunas décadas atrás la gran incógnita era la relación sexual en sí, rodeada de halos que mezclaban el deseo más hormonal con roles que no debían traspasarse (sexo hetero, el hombre dando los primeros pasos, la mujer negándose al inicio porque un sí directo la devaluaba). Eso ya no existe -o mucho menos- pero hay un cúmulo enorme de relaciones tóxicas que antes no se veían o estaban tapadas. Parejas absorbentes que no permiten el desarrollo personal, afectos atravesados por las drogas y el sexo como forma de mostrar que nada me importa, que estoy de vuelta del mundo. ¿Por ejemplo? Cambiar una felatio por una entrada a una discoteca o probar algo no por ganas sino porque todos lo han hecho.
En esos márgenes se mueve hoy el sexo. Hay que motivar a disfrutarlo si el cuerpo y el alma lo piden, si uno se siente bien al acariciar y ser acariciado, si hay respiración alterada. Pero no como algo rutinario que llega por default. Y estar convencido de que compartir no es imponer, que el disfrute no acepta el egoísmo.
Así las cosas: el sexo se olvidó del pecado pero los vínculos aún pueden ser laberínticos. Por eso, dale, hablemos.
TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA
COMENTARIOS CERRADOS POR PROBLEMAS TÉCNICOS.ESTAMOS TRABAJANDO PARA REACTIVARLOS EN BREVE.
Comentar las notas de Clarín es exclusivo para suscriptores.
CARGANDO COMENTARIOS
Clarín
Para comentar debés activar tu cuenta haciendo clic en el e-mail que te enviamos a la casilla ¿No encontraste el e-mail? Hace clic acá y te lo volvemos a enviar.
Clarín
Para comentar nuestras notas por favor completá los siguientes datos.