
El pico, tantas veces anunciado en vano -ahora sí-, está tocando la puerta. Lo que se desconoce es qué tan pronunciado será. Los contagios y muertes crecen cada 24 horas y
el virus se expande en territorios donde la crisis se miraba por televisión como un fenómeno lejano y extraño. Los gobiernos lucen desgastados después de casi 160 días de cuarentena como para contener la presión social en las calles. El aislamiento obligatorio, que al principio fue un éxito en cuanto a la adhesión y que con el correr de los meses se fue deshilachando al ritmo de la crisis económica, se extingue aunque la dirigencia no quiera y observe de cerca el peligro de que la política sanitaria termine en fracaso. Este es el corazón de la tensión que domina por estas horas la relación entre Alberto Fernández y Horacio Rodríguez Larreta.
“Nosotros hicimos los deberes y queremos flexibilizar todo lo que se pueda”, decían en la Ciudad poco antes de la cumbre con el Presidente y Axel Kicillof. Con ese mensaje llegó el jefe de Gobierno a la reunión en Olivos. Fueron poco más de dos horas de deliberaciones, por momentos en un clima de tensión. ¿Cómo le fue? Como le viene yendo en las últimas prórrogas de la cuarentena. Se impuso en algunos puntos, perdió otros tantos. Esto es: Alberto le bajó el pulgar a varias iniciativas.
Rodríguez Larreta logró imponer una medida largamente postergada. Que los bares y restoranes, que hoy solo funcionan en la modalidad take away, puedan poner mesas y sillas en la vereda, con distanciamiento, para que los porteños puedan almorzar o cenar afuera. Fue un alivio para su administración. Después de que se frustrara esa misma idea hace solo quince días, a más de un funcionario le había llegado, por distintas vías, la incipiente rebelión de quienes dependen del rubro gastronómico. Dueños y empleados amenazaban con abrir 2.000 locales de prepo, todos juntos.
El jefe de Gobierno también logró, tras otras dura discusión, que el gremio de la construcción pueda volver a trabajar. Con estrictas condiciones, como que los obreros no puedan asistir a los lugares de trabajo en transporte público, que seguirá siendo exclusivo para los empleados esenciales. La Ciudad también obtuvo varios no. Las empleadas domésticas, por ejemplo, seguirán sin autorización para trabajar.
Larreta reiteró su reclamo por la reapertura de las escuelas. No tuvo éxito. Fue el principal eje de una polémica entre la Nación y la Ciudad que abarcó toda la semana. No habrá aperturas ni siquiera para los 5.100 estudiantes primarios y secundarios que no tuvieron conexión con sus docentes este año. Nicolás Trotta, el ministro de Educación nacional -muy cercano al Presidente- se opone tenazmente y aprovecha para cuestionar el modelo educativo de la Ciudad. “Chicanas del lado nuestro no hubo”, dijo el alcalde en las últimas horas. Del otro lado, al parecer, sí.
Kicillof influyó para que estas y otras medidas de flexibilización no sucedieran. El Conurbano no prevé cambios. Eso explica su resistencia. El gobernador lo planteó sin rodeos: “Cuanto más abrís, más se van a contagiar los bonaerenses que vengan a la Ciudad y después se van a llevar el virus a la Provincia”. La curva de contagios que dibujan ambos distritos agrandan las diferencias entre ellos. La Ciudad acumula siete semanas consecutivas de un promedio de casos cercanos a los 1.100 por días, con algún salto esporádico. En territorio bonaerense los contagios no paran de crecer. Este viernes fue récord: 7.486.
La no comunicación conjunta de los anuncios, por primera vez desde el 19 de marzo, habló por sí sola. Fueron tres días de negociaciones para alargar la cuarentena tres semanas (con avances y retrocesos, según el lugar) que no surtieron demasiado efecto. Hasta hoy siempre habían llegado a la reunión decisiva con un borrador de acuerdos. Esta vez se improvisaron los alcances en esas dos horas de charla y acordaron que iban a dar mensajes por separado con el anuncio. En lo que sí coincidieron puertas para adentro es que no hay que descartar una marcha atrás en medio de esta nueva postergación si el sistema de salud ingresa en una zona roja. El virus, pese a los esfuerzos, se mantiene indomable.
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