
“Al comienzo fue todo una novedad, pero nuestros compañeros nos tratan como pares y nos han aceptado muy bien”, sostiene Sandra Aravena, una colectivera que desde hace tres
Sandra le contó a Télam que Ushuaia Integral Sociedad del Estado (UISE), dependiente del municipio local, cuenta con otras dos mujeres en el plantel de choferes, una de las actividades históricamente reservada solo para hombres.
“Trabajamos jornadas de entre 7 y 9 horas, dando 4 o 5 vueltas diarias a todo el recorrido, con horarios rotativos, igual que todos los demás”, afirmó la mujer.
Según mencionó, los usuarios las tratan con naturalidad, y aunque al principio recibieron muchos elogios, tanto de mujeres como de hombres, con el transcurso del tiempo la situación se volvió normal, y los problemas que se presentan son los mismos que en el caso de los choferes masculinos.
“El tránsito en Ushuaia es complicado, por las calles con pendientes y congeladas en invierno. No he notado diferencias en el trato con otros automovilistas. Me gusta mucho mi trabajo y todos los días aprendo algo”, reconoció Aravena.
Otro trabajo socialmente “masculinizado” es el que ejerce Elena Gómez Navarro, que se desempeña como mecánica de autos en un taller de la capital fueguina.
Elena también dicta talleres de mecánica a otras mujeres, a quienes les enseña trabajos que van desde el cambio de cubiertas hasta la sustitución de pastillas de freno.
“Me gusta el trabajo que hago. Mis hijos están bien, felices, y eso es lo que más me llena el corazón. Tengo mi oficina, mi taller y también soy ama de casa. En la vida todo se puede hacer”, reflexionó Gómez Navarro en dialogo con Télam.
La mecánica explicó que fue aprendiendo el oficio y con el paso del tiempo se hizo un espacio en un mercado habitualmente dominado por varones.
“Por suerte eso está cambiando. Las mujeres podemos hacer las mismas actividades que los hombres. No hay ninguna duda de eso”, aseguró.
Lo mismo piensa Romina Gil, una mendocina de nacimiento pero radicada en Tierra del Fuego que desde hace cuatro años es árbitra de primera división en la liga local masculina de Fútbol de Salón (Futsal).
“Empecé en las divisiones infantiles, como planillera y cronometrista. Después probé dirigir y me gustó. Hice el curso y me fui integrando. Creo que me ayudó la actitud y la personalidad. También demostrar que me gusta lo que hago, y que soy muy profesional”, relató Romina en diálogo con Télam.
Como en el resto de las profesiones y oficios antes reservados a varones, esta mamá de dos hijos -una niña de 9 y un niño de 8- recordó que una vez pasada la novedad, su género comenzó a pasar desapercibido.
“Al principio a los jugadores les costó acostumbrarse. Tuve algunos encontronazos, pero nunca pasaron a mayores. En definitiva, nada que también no les haya pasado a los árbitros varones”, destacó.
Romina también dirige la reserva en los torneos regionales de fútbol de cancha abierta y llegó a representar a la provincia en campeonatos de Futsal patagónicos y en un nacional realizado en San Juan.
En su caso, el arbitraje no es la primera actividad “masculinizada” que le tocó transitar: cuando no tenía empleo, incursionó en la construcción, donde empezó juntando escombros y aprendió a masillar paredes, pintar, soldar y colocar cerámicos.
De hecho, como la pandemia frenó el fútbol, en la actualidad maneja un remis en una de las principales empresas del rubro de Ushuaia.
“Pienso que ahora las mujeres se animan más. Marcamos diferencia en muchas cosas. Yo siempre fui persistente. Donde me dicen “acá mejor no”, siempre me pregunto por qué no. Ese es mi mérito”, concluyó Romina.