
Dicen ahora los miembros de la Mesa del Parlament que declaró la independencia que no sabían nada y que creyeron que todo lo hicieron conforme a la Ley. He aquí los únicos
españoles que no se enteraron del golpe al Estado que el independentismo llevó a cabo entre agosto y octubre de 2017. Si a la sedición le añadimos la cobardía y la deslealtad se entiende un poco más el naufragio político y moral de aquellos días, y la larga decadencia que Cataluña tendrá que transitar. Más allá del reproche penal que sus actos concretos merezcan, y de que no sería razonable que incluyera el ingreso en prisión, no guarda proporción la superioridad moral, la arrogancia y la total falta de empatía con que pisotearon la dignidad y los derechos de más de la mitad de los catalanes, con este recular indecoroso que añade deshonor a la caída. Lo peor del independentismo no es su fracaso político sino su ridículo histórico. No es que desafiaran al Estado sino que aún hoy no han logrado entender qué es un Estado. No es que fueran derrotados, es que no lucharon y simplemente cantaron una canción de Lluís Llach. No fueron detenidos, se entregaron. No se exiliaron: se escaparon de casa como un niño que ha sacado malas notas y teme el castigo de sus padres. La principal dificultad de este proceso independentista no ha sido juzgarlo sino entenderlo. Por mucho que les conozco, y a algunos hasta les quiero, nunca podré llegar a entender con qué inconsistencia y frivolidad pudieron poner en riesgo la convivencia de su pueblo, su propia libertad, y la felicidad de sus familias, sabiendo ellos los primeros que no estaban dispuestos ni a presentar batalla, por no tener que pagar el precio. Entiendo que ahora se hagan los que nada sabían para librarse en lo que puedan del peso de la Justicia, pero eran ciudadanos adultos y libres que se presentaron a unas elecciones y aceptaron un cargo en un contexto muy concreto. ¿No lo podían haber pensado antes? No tengo sed alguna de venganza pero cuesta pedir clemencia para los que ninguna compasión mostraron. Creyeron que España no iba a defenderse y que le importaba su futuro tan poco como el de Cataluña les importa a ellos. Creyeron en su farsa que todos eran unos farsantes, pero España importa y es destino porque cuando ha llegado el momento, a veces con gloria, a veces con suerte y otras con tristeza -y sin poder estar particularmente orgullosa de ello- ha pagado siempre el precio.
FUENTE DIARIO ABC:
https://www.abc.es/espana/abci-salvador-sostres-ridiculo-historico-202007220223_noticia.html