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Cuando las palabras son sonidos sin significado

Redacción TN by Redacción TN
26 junio, 2020
in Sociedad
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La pérdida de la audición es un fantasma que sobrevuela mi familia. Quizás alguna vez lo haya contado, pero un recuerdo de mi adolescencia es mi abuela Fanny riéndose frente al

televisor mientras veía “Bonanza”. Ya grande, le costaba oír –había que hablarle pausadamente, sin gritar pero con un tono firme– y los capítulos de aquella legendaria serie sobre los Cartwright ya los había visto tantas veces y eran tan claros los roles, que podía entenderla sin necesidad de escucharla.

Sus cuatro hijos, mi papá entre ellos, heredaron el problema: a medida que envejecían, tenían dificultades. Mi tía Clara, por ejemplo, con sus 103 años, tiene hoy la mente mucho mejor que el oído. Mi papá, antes de morir, debe haber estado una década o más con el problema. Si la conversación era uno a uno no se generaban grandes inconvenientes pero en las reuniones familiares, sí. Me queda cierto cargo de conciencia: uno sabía que debía hablar lento y claro para que entendiera pero al rato nos olvidábamos y el ritmo del diálogo nos llevaba a un vértigo verbal que a veces lo dejaba afuera. Si nos dábamos cuenta, “retrocedíamos”, pero no siempre pasaba.

Desde hace unos años –las leyes de la genética suelen ser definitorias– yo también tengo hipoacusia de un oído. Leve, por el momento. Quizás no escuche un timbre si estoy lejos de donde suena. A veces, en la tele, las películas argentinas me confunden, es como si el sonido tuviera una cierta opacidad. Pero el gran problema –lo que le pasaba a mi papá– son las reuniones o los restaurantes. Los ruidos de fondo, si muchos, me permiten escuchar pero no entender, algo así como que soy consciente de lo que se habla pero no lo decodifico bien. Son las células que se han perdido, dice mi médico.

Nada de esto es realmente grave. Ni comparación con la perdida súbita y total de la audición. Pero es un reflejo de cómo lo que damos por seguro no siempre lo es. En un momento lo inesperado nos puede sorprender y hay que estar preparado. Dicen los que saben que de eso se trata la sabiduría: disfrutar el presente pero no darse por derrotado si alguna vez llegan los nubarrones.

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