
En la España del coronavirus, después de tres meses sin ver a su madre, Felipe temió que ella no recordara su sonrisa. O algo peor: que se
asustara cuando volviera a estar frente a él. Nunca antes su mamá lo había visto con barbijo.
Entonces Felipe Iglesias, un informático de Orense, la tercera ciudad más importante de Galicia -detrás de Vigo y La Coruña-, se sacó una selfie, la imprimó en tamaño natural, recortó su sonrisa y la pegó en su barbijo.
Así entró hace unos días a la residencia para mayores Santa María, en Melón, donde su madre, Trifina Mira, vive desde hace tres años.
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Recorrió los 38 kilómetros que separan Orense de Melón con la ilusión de volver a ver a su mamá y la inquietud propia de las primeras citas.
Felipe no veía a Trifina desde el 10 de marzo, cuando la residencia gestionada por la Fundación San Rosendo prohibió las visitas de familiares a las personas mayores que allí viven. “Somos cuatro hermanos y, antes de la pandemia, visitábamos a mi madre todas las semanas los cuatro -contó a Clarín Felipe-. Las cuidadoras nos contaron que fue una de las personas que más sufrió el cierre de las visitas. Mi madre era la que más visitas recibía, cuatro todas las semanas.”
Trifina, de 83 años, tiene cuatro hijos y siete nietos. Sufrió un ictus que la obligó a no vivir más sola pero está muy lúcida y deseosa de volver a ver a los suyos.
“Me movió a pegar mi sonrisa en la mascarilla (barbijo) el temor a que mi madre tuviera algún reparo al verme. Vi en televisión que había gente que se pintaba sonrisas sobre las mascarillas y de allí tomé la idea -contó-. No quería que la mascarilla me tapase tanto la cara y tuve miedo que mi madre no me reconociera.”
Felipe Iglesias se saca una selfie con su mamá: ella a dos metros y él con su sonrisa estampada en el barbijo. / Gentileza
También ella con barbijo, y a dos metros de distancia, hace unos días Trifina vio entrar a Felipe con su sonrisa. “Habíamos estado conectados por videollamadas, pero ella se emocionaba mucho, lloraba y hasta le subió la presión -contó Felipe-. Pero le dio gracia cuando me vio con la sonrisa.”
Casado, padre de dos chicos, de 16 y 11 años, y afiebrado deportista -hace triatlón y travesías a nado-, Felipe disfrutó ese rato que pudo pasar con su madre y sabe que ahora le toca esperar para volver a estar con Trifina. Es el turno de sus tres hermanos. “Me fui feliz sabiendo que en dos semanas voy a poder volver a verla”, aseguró.
Madrid. Corresponsal
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