
Cuando el vuelo UX763 de Air Europa finalmente pisaba el Silvio Pettirossi, a las 21:45 del jueves 4 de junio, los 337 pasajeros celebramos con un prolongado aplauso
el cierre del capítulo de incertidumbre y ansiedad que representaron los meses en que estuvimos varados en distintos puntos de Europa.
Atrás quedaban las continuas llamadas a las embajadas, la desilusión ante cada vuelo que no se concretaba y la desesperación que generaba observar el creciente deterioro de las condiciones laborales que en otro momento dieron de comer a tantos familiares en Paraguay. Ya estábamos en Asunción y si bien sabemos que también nos esperan innumerables desafíos, el calor del hogar y la cercanía de los seres queridos son elementos permiten enfrentar esta pandemia.
Ese aplauso celebraba también la sensación de que valió la pena todo el cansancio acumulado en meses de gestión para el retorno, a los que se sumó la extenuante jornada del vuelo. Hasta Madrid llegaron también compatriotas que estaban en Italia, Alemania, Finlandia y otros países, así como en otras regiones de España.
Una vez en el aeropuerto de Barajas, se tuvo que formar una extensa fila para someterse al control de la temperatura corporal y la entrega de los documentos de consentimiento para la realización del test de coronavirus y el reporte del estado de salud; luego, otra fila para la entrega de equipaje y check-in, procedimiento que duró aproximadamente cuatro horas.
Todavía faltaban los procedimientos de control de equipaje de mano, migraciones y otra fila para abordar el avión. En total, fueron alrededor de ocho horas invertidas en el cumplimiento de los protocolos para un vuelo que duraría once horas -quizás una antesala a lo que pueden ser las nuevas condiciones para viajar, una vez que se instale la nueva normalidad tras la pandemia del Covid-19-.
La cantidad de personas y los reducidos espacios dispuestos ya para los primeros pasos de control sanitario y check-in tornaron prácticamente imposible el cumplimiento de las normas de distanciamiento social, de al menos 1 metro y medio.
La nula organización en cuanto a la forma en que los pasajeros procederían a entregar sus equipajes y presentarse ante los funcionarios de salud generaron aglomeraciones en el aeropuerto de Barajas que se repetirían en la llegada a Paraguay.
Al haber comprometido todos los asientos del Boeing 787-900, tampoco hubo posibilidad de que en el avión se pudiera mantener la distancia: los tapabocas y el alcohol en gel quedaron como los únicos elementos de protección ante un eventual contagio.
Este no es el caso de los vuelos comerciales normales que en Europa se empiezan a retomar con mayor frecuencia, con la relajación de las restricciones y el anuncio de apertura de fronteras: en el vuelo Frankfurt-Madrid operado por la aerolínea Lufthansa – que varios pasajeros tomamos a manera de conexión con el de repatriación- los asientos del medio no estuvieron disponibles para la designación de lugares y permitieron la distancia entre quienes viajaron en ventana o pasillo.
En el aeropuerto de esta ciudad alemana, los funcionarios también insistían -hasta enérgicamente- en la necesidad de separar los grupos y varios asientos en las salas de espera tampoco podían ser utilizados, de modo a evitar el acercamiento de pasajeros.
En Madrid, los controles de temperatura corporal se sumaban al suministro de datos personales para el seguimiento de personas que eventualmente presentaran síntomas de coronavirus.
El acceso al aeropuerto para la recepción de pasajeros se limitaba a una sola persona y una vez dentro, ya no podían abandonar el recinto aquellos que volarían a algún destino sea dentro de la zona Schengen o fuera de ella.
Distintas realidades
Durante las horas de espera, el primer tema de conversación entre los pasajeros del vuelo de repatriación frecuentemente fue la forma en que se realizaría la cuarentena. El grupo se dividía entre quienes irían a hoteles salud, a albergues y a sus domicilios particulares.
La certeza sobre el arribo a Paraguay la tenían solo quienes se trasladarían a los hoteles y en varios casos este gasto significó agotar los pocos ahorros que quedaban tras meses de freno de actividades productivas en Europa o endeudarse con todo y la familia.
Las personas que harían la cuarentena en albergues no tenían idea de a dónde específicamente irían y luego del aterrizaje en Luque, fueron dirigidas a una carpa para esperar las indicaciones correspondientes.
La cuarentena domiciliaria estaba dispuesta para personas de la tercera edad, enfermos crónicos y embarazadas, pero en último momento comunicaron que solo en casos muy necesarios se cumpliría esta modalidad debido a que los anteriores repatriados -provenientes de Estados Unidos de Norteamérica- aparentemente no habían respetado las medidas y hasta compartieron fotos de eventos familiares.
En los hoteles salud sí hay un estricto control del distanciamiento social, para un grupo de personas que ya compartieron 20 horas de espacios compartidos hasta su llegada a Asunción.
Está prohibida la salida de las habitaciones, salvo para recoger los alimentos que son proveídos cuatro veces al día, en una sala especial y en horarios distintos para grupos de nueve a 17 huéspedes.
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La comunicación con la recepción se realiza únicamente por teléfono y se montan cámaras de vigilancia desde donde supervisan los funcionarios del Ministerio de Salud. Las habitaciones están munidas de suficientes elementos de higiene y cada huésped es responsable de la limpieza del lugar donde se encuentra.
Entre los compatriotas que regresaron al país se encuentran casos de personas que tenían ya un horario mínimo de trabajo -principalmente en España- de hasta apenas cinco horas semanales, lo que significaba también un pago ínfimo y la imposibilidad de seguir sosteniendo sus vidas en estas condiciones.
También retornaron jóvenes que culminaron sus estudios y a los que se les terminó la beca, o quienes habían viajado a Europa por negocios en enero y febrero pasados, y no pudieron regresar en la fecha planeada debido al cierre de las fronteras.
Luego de este vuelo –que fue gestionado por la agencia Boarding Pass, con autorización del Gobierno– aún quedan miles de paraguayos que necesitan retornar. Para ellos, el aplauso de festejo todavía tiene que esperar.
