
No figura en la nómina de hoteles célebres de la Expo del 29, aunque un viejo folleto de la época deja constancia de su existencia. El Hispano-Americano se vendía como un «establecimiento
de precios moderados ideal para familias», que lucía publicidad de Ceregumil en la fachada y un letrero luminoso de Papel de Fumar Bambú en su cornisa. Sus ventanas, orientadas a lo que hoy es la avenida de la Raza, contemplaban en sus días de estreno una de las estampas más insólitas del momento: un parque de atracciones dominado por una gran montaña rusa con la que rivalizaba en altura. Aunque hubo algún intento de mantener aquel recinto de forma permanente, con la noria y su Palacio Chino (un cabaret con una torre de 33 metros), aquellos prodigios se esfumaron, el Hispano-Americano se reconvirtió en viviendas y los cinco bloques que conformaban esta manzana de la calle Lorenzo de Sepúlveda fueron desapareciendo paulatinamente de la vista de la ciudad. En su fachada trasera se adosó el antiguo Parque Móvil Ministerial y frente a él —en el solar que después ocupó el Estadio Victoria del Club Deportivo Puerto— se levantó el seminario diocesano. Así se convirtió en una de las esquinas olvidadas del 29, aunque en la memoria de sus moradores sí ha permanecido viva su historia. «No tenía salones ni grandes comedores, esto era un hotel humilde», recuerda Antonio, uno de los vecinos, que regentó una carnicería en los bajos del inmueble. El edificio del viejo Hispano-Americano, que en los últimos años estaba ocupado en su mayoría por estudiantes, vive ahora un intenso proceso de rejuvenecimiento. De sus cinco portales, los números 1, 3 y 5 han sido adquiridos por Magno Real Estate Capital, una compañía sevillana que está restaurando los inmuebles con una promoción que se ha vendido en régimen de cooperativa. «Aunque parezca increíble, no era un edificio protegido, nosotros hemos decidido respetar todos los elementos porque tiene una magia especial, hemos mantenido la escalera original y hemos reforzado su estructura para que pueda durar otros cien años», apunta Juan del Toro, arquitecto y socio de Magno Real Estate. El portal 7 se ha mantenido en manos de sus propietarios originales y el 9 lo ha adquirido la compañía sevillana Bekinsa, que ya ha iniciado las obras para un proyecto de viviendas en alquiler, respetando la fachada. De esquina a esquina, la actividad no se detiene en el edificio, que es un bullir de albañiles, escayolistas, aparejadores… A un extremo y otro del inmueble se reparten las obras, y en el medio ha quedado un único portal con los vecinos de toda la vida, que se asoman a sus balcones a contemplar el ir y venir de operarios. Amparo Graciani, catedrática de Historia de la Construcción, es una de las máximas especialistas en edificios de la Expo del 29. Es ella quien ha encontrado el viejo folleto del Hispano-Americano en el que se anunciaba un establecimiento que no sale reflejado en las crónicas de entonces ni ha pasado a la historia en los relatos y relaciones de hoteles de la época. También descifra una de las claves que define a este edificio como uno de los rincones olvidados de 1929, un retal perdido de la historia social de aquel momento, en el que el sevillano quizá perciba muchos detalles que le resulten familiares de otras esquinas de la ciudad. «Aunque es una edificación con materiales modestos y pensada para ser construida en un corto espacio de tiempo, numerosos elementos revelan que su arquitecto pudo ser Juan de Talavera», recalca. Falta hacer una investigación en profundidad, pero Graciani pone una serie de detalles sobre la mesa que permiten pensar que es obra del emblemático arquitecto regionalista. Se utiliza, por ejemplo, una torre en su ángulo, «como en el edificio de Telefónica o en la casa de Ocaña-Carrascosa en la calle Tetuán». Hay más elementos, como «la diversidad de vanos, destacando especialmente los balcones con volutas a modo de portadas manieristas». En los bajos del edificio, que originalmente fueron cocheras, «se suceden grandes arcos manieristas con dovelas resaltadas como los que usó, por ejemplo, en el parque de bomberos de San Bernardo». Era un edificio de bajo coste en el que no se renunció al estilo. Este doble espíritu se refleja también en algunas de las viejas baldosas que han sobrevivido. Eran de la factoría malagueña García y Zafra, una de las más renombradas de la época; pero se utilizaron las más sencillas, una sucesión de losetas blancas y negras, como un tablero de ajedrez. Las que se han conservado han vuelto a formar parte del edificio. En el cuerpo central hay un azulejo que conecta con la historia anterior al 29. «Hay un penacho ondulado, similar al que se empleó en el edificio que hoy alberga el consulado de Francia en la plaza de Santa Cruz, con una imagen de San José». Antes de la Exposición Iberoamericana de 1929, aquel solar fue la Huerta de San José, propiedad de los hermanos Camino, que acordaron la cesión del terreno con el alcalde hispalense (entonces el Conde de Halcón). El edificio se terminó un año antes de la inauguración, con lo cual sirvió para acoger a los trabajadores de la Expo. Aunque parece una historia ya lejana, aún quedaba algún vecino que había vivido en él desde su inauguración. «Una de las inquilinas, que se ha ido a vivir con sus hijas, nació en la época en la que se inauguró el edificio y ha vivido en él hasta hace un año», afirma el arquitecto Juan del Toro. Esta vecina, llamada Manuela, pudo contemplar cómo el despejado terreno en el que se asentaba el edificio se fue poblando poco a poco. A finales de los sesenta el Patronato de Casas para Funcionarios levantó la barriada de ladrillo rojo que lo circundan, que unido al seminario y al parque móvil municipal acentúan hoy la imagen extemporánea del viejo hotel. Los portales que se han vendido ahora pertenecían cada uno a una sola familia, que los tenía alquilados a estudiantes. Las modificaciones en las zonas comunes de los edificios habían sido mínimas, las propias de sustituir aquello que se rompe (en algunos tramos los azulejos se cambiaron por losetas de gres). El Alfonso XIII, el Cristina, el Biarritz, el América Palace, el Oriente, el Cecil, el Garage… Son los nombres relucientes de los hoteles del 29. «Ni siquiera esas grandes marcas lo pasaron bien durante la Exposición, ya que muchos viajeros preferían alojarse en casas», recuerda Graciani. Ante la debacle que supuso el negocio hotelero en el 29, quizá el Hispano-Americano se reconvirtió prematuramente en casas. También pudo servir como hotel de servicio para los asistentes de la alta sociedad. «Tenía garajes, con lo cual aquí pudieron dormir los conductores de los grandes señores que se alojaban en el Alfonso XIII». Sea como fuere, pocos edificios de la época mantienen casi intacto el sabor original de aquellos días, y pocos han pasado su existencia tan desapercibidos como esta modesta obra regionalista que ahora se prepara para el próximo siglo.
FUENTE DIARIO ABC: