
A las tres de la madrugada sonaba el despertador, subía a un autobús y
viajaba 150 kilómetros hasta un campo de la provincia de Brindisi. Teresa Bellanova tenía entonces 14 años, y muchas veces llegaba a casa cuando ya había oscurecido, comía algo y dormía unas horas antes de volver a deslomarse en algún campo de olivos o almendras. El trabajo no se elegía en su tierra y en aquel tiempo, en lugar de ir al colegio, también empaquetó uva de mesa en un almacén mugriento durante largos turnos. “Aquello sí era duro. Comíamos en un sótano donde había unos hornitos para calentarnos la comida”, recuer…
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