Y un día paralizaron la tierra. En el clásico de la ciencia-ficción que conocimos en Argentina como “El día que paralizaron la Tierra” (The Day the Earth Stood Still, Robert Wise, 1951), un elegante extraterrestre, en la carne de Michael Rennie, advirtiendo a los humanos del ri-esgo de un holocausto nuclear, paraliza con su poder de otro mundo todas las máquinas de la tierra durante media hora. Por Jorge Gini
En esa época, para los norteamericanos, los extraños peligrosos no venían de ningún rincón más lejano del universo que del inmenso país al este, -la URSS-, acá nomás en la tierra, que amenazaba detener la maquinaria americana de una forma más cruenta y expeditiva. La demostración del emisario era lo máximo posible: ¿que superaría a esa violencia sin muertos? Paralizar a la tierra o dete-ner la producción, -como quiera verse- sería una amenaza más allá de toda miti-gación.
En resumen, a raíz del prodigio paralizador, Klaatu -el emisario- es perse-guido por las autoridades terrestres y herido de muerte.
Agonizando, instruye a Helen Benson (la terrestre Patricia Neal) para que trasmita una enigmática frase a su compañero de andanzas, el autómata Gort, que hacía guardia impertérrito junto a la nave espacial: “Klaatu Barada Nikto”. La mujer consigue a duras penas cumplir con el encargo que, se adivina, detendrá la furia que el Golem metálico está a punto de desatar (Gort, sería un personaje más amenazador en reposo que delatando al humano en su interior con cada rígido movimiento). Hacia el final Gort resucita a Klaatu dentro de una penumbrosa nave espacial con música electrónica de fondo, y el redivivo mensajero, antes de emprender la vuelta a casa, nos deja a los humanos un ultimatum, tan amenazador como curioso: confiesa que las civilizaciones más avanzadas de la galaxia, -un verdadero colectivo de pavotes- delegaron todas las facultades de policía en unos autómatas construídos ad hoc, del que Gort era un digno representante de cuerpo metálico presente. Que nada podían hacer para detenerlos en el ejercicio de reprimir a los violentos, y que la tierra -a su exagerado decir- por su desaprensiva tendencia a la violencia atómica, habia sido incluída de facto en los territorios de patrulla de estos represores cibernéticos. De golpe el poderoso de entre los dos visitantes pasa a ser Gort y el flaco british style de Klaatu queda como un cartero trayendo las malas noticias.
No sé si la película aterroriza porque dos mequetrefes en uniforme plateado paralizan un planeta, porque puedan resucitar a los muertos siendo que la inmensa mayoría de ellos debería seguir así, o será que nosotros, en este planeta, sabemos que las parálisis -aún aquellas de media hora- son la calma que precede a la tormenta y que los acontecimientos después se moverán bailando la danza impredecible de un baile que no querremos ver. Personalmente me asustó saber que la galaxia haya resuelto la ciencia moral al punto de permitir que unos autómatas decidan entre la infinitas violencias posibles cuales serían castigadas, porque siempre sospeché que a la hora de repartir castigos habría sesgos que corrieran el fiel de la balanza hacia donde le conviniera a algunos.
Si leen el relato en que se basa el guión de la película, “El amo ha muerto” de Harry Bates (1940), van a ver que la cosa gira alrededor de la verdadera residencia del poder y los guionista agregaron a la película bastante de su cosecha. De todos modos tendrán tantas moralejas de la fábula -la llamo así por la escasez de personajes huma-nos- como quieran encontrar. Quizá deberemos desconfiar de quienes se arroguen autoridad para vigilar y castigar, no sea cosa que resulten parte del colectivo de pavotes galácticos que nos mandaron a estos dos mensajeros. El poder, en muchos casos, no se compensa con sabiduría. Otra moraleja posible será que nunca se sabe que tan lejos habrá alguien decidiendo por tu vida con una galaxia tan grande ahí afuera.
En los créditos de la película figura un asesor en sánscrito y al parecer la frase “Klaatu barada nikto” se podría traducir del poema épico hindú Mahabharata como “el camino de Klaatu se ha cerrado”. Una buena forma, al fin, de avisar que estás muerto o por el contrario la mejor forma de decir que otros caminos deberán ser abiertos, lo que hace más amena a la fatalidad. Una última moraleja que se me ocurre refiere a la palabra clave: si alguien tiene el poder de cambiar las cosas, habrá que rogar que tenga buena memoria y presencia de ánimo justo en el momento de la muerte, -como Klaatu- porque nosotros la clave no la tenemos y solo porque las claves funcionan así, no nos va a servir andar por ahí tratando de desactivar a los Gorts que visiten este mundo, con una clave vieja. Klaatu barada nikto.
