
Los fines de semana de primavera en Sevilla no son, ni de lejos, lo que eran. El confinamiento al que ha obligado el estado de alarma a causa de la pandemia de
coronavirus Covid-19 pinta los días no laborables con los colores de la frustración. La vida eremita, eso sí, invita a profundizar, reflexionar y valorar mucho más lo esencial y separarlo de lo accesorio. La salud, la compañía, el trabajo… Cada cual se agarra a lo que mejor le viene para sacar la motivación una vez se ha superado el supuesto ecuador de esta fase más aguda de encierro, para la que vuelven a ampliarse los plazos. Mediados de mayo es el objetivo. Y entretanto, mejor agarrarse a esos elementos esenciales que hacen más llevadera la cruda rutina de este tiempo. Eduardo Barba. Los sábados de trabajo siempre son especiales, pero mucho más cuando se trata de los que han quedado incluidos en este penoso intermedio que nos está tocando vivir. Si trasladarse a la Cartuja en fin de semana para cumplir con las obligaciones laborales suelen generar extrañas sensaciones por aquello del aspecto desértico de la isla esos dos días de la semana, en este periodo de confinamiento y medidas excepcionales acercarse a este rincón apartado de la Sevilla habitada empieza a resultar sencillamente desolador y más propio de guiones de ciencia ficción. Hasta las fuerzas de seguridad que custodian las principales vías de la capital andaluza se alertan al ver llegar un coche a la zona. Un agente de la Policía Local, de hecho, ha llegado hoy, tras pedirme la documentación y preguntarme a dónde me dirigía, a extrañarse de que mi vehículo se acercara al desvío oportuno. No sé si con intención maliciosa de encontrar una incoherencia en mis palabras y multarme por saltarme las normas del tristemente famoso decreto de alarma o, sencillamente, porque vive absolutamente ajeno al mundo que le rodea. «¿Es que los sábados también se trabaja en los periódicos?», me ha espetado. Sólo he podido responderle con una seca sentencia: «Mañana lo comprobará usted si va al quiosco o entra en la web de ABC de Sevilla». Al superar la barrera policial y la mirada de refilón recelosa camino de la calle Álvaro Alonso Barba, eso sí, las palabras del agente me han hecho pensar no sólo en lo lejos que mucha gente vive de la actualidad y de lo que rodea el trabajo periodístico, sino también en la importancia de la labor de los informadores estos días, tanta que somos considerados esenciales en esta crisis gigantesca. Pese a algunas personas, policías o no. Javier Macías. Camino de la Cartuja este sábado sentía cierto nerviosismo comparable con el regreso al trabajo tras las vacaciones. Ha sido un día de reencuentro con compañeros a los que llevaba un mes sin verles las caras por el teletrabajo que nos hemos visto obligado a afrontar como medida de protección hacia nuestras familias. La sensación de coger el coche y atravesar una calle Torneo absolutamente vacía y con paneles informativos con el mensaje «Alerta Coronavirus» produce un cruce de sensaciones extraño: por un lado, la libertad recuperada para ver la ciudad de nuevo más allá de una pantalla y, por otro, la sugestión ante esa imagen apocalíptica de una Sevilla fantasma. La barrera que se cierra tras el coche al entrar te recuerda que no es libertad precisamente la de este sábado soleado. El paseo onírico por los jardines de esta Casa de ABC, entre paraísos explotados de flores por la primavera, es efímero cuando acabas sentado en una mesa para volver a la rutina de las cifras, de las ruedas de prensa por internet y las entrevistas telefónicas. Hoy sabemos que hemos superado el ecuador de esta prisión en la que nos han confinado. Desde esta isla donde escribo no hay más albedrío que en casa. Tan sólo hay más espacio con frontera y una barrera que se cierra… Martín Laínez. A estas mismas horas tendría que estar enfundado con los colores rojiblancos de mi equipo, el Athletic de Bilbao, pero las circunstancias mandan y todos sabemos el motivo. Escribo esto con un doble sentimiento: de tristeza por el número de personas que han perdido la vida por el coronavirus y optimista porque todos sabemos que queda un día menos que tachar para regresar a la ¿normalidad? El problema, mental, es que no sabemos cuándo llegará ese día en que podamos salir a la calle y, menos aún, disfrutar de una final vasca en Sevilla. Y lo peor es que esta se podría celebrar incluso sin aficionados en las gradas. La final de Copa, situada en medio de los dos grandes eventos sevillanos, como son la Semana Santa y Feria de Abril, iba a suponer un acontecimiento no solo deportivo, sino económico para la ciudad, sus bares y sus hoteles incluidos. De los tres, dos se «podrían salvar», aunque pienso que lo más sensato es que la Feria no se celebre en septiembre, como todo apunta, y que la final copera se traslade al último mes del año para asegurar la presencia de aficionados. Y mientras esto ocurre, en la jornada sabatina que me ha tocado currar he escrito de un tema que me tocó el alma y me dejó «tocado» en su día, como fue la noticia de los 24 fallecidos en la residencia de San Juan de Aznalfarache, a escasos tres kilómetros de donde vivo. Pero la de hoy no ha sido tan trágica, más bien de esperanza, porque se dio a conocer el regreso escalonado de los residentes contagiados que fueron trasladados al hotel Alcora, medicalizado por la Junta. La de este sábado es una jornada de optimismo. De poder contar que nuestros ancianos están sanos y de ver que dentro de no se sabe cuándo, puedo estar con mi hijo Lucas ataviado con la bufanda rojiblanca en el estadio de la Cartuja. Otro tema será conseguir entradas, pero eso puede esperar, naturalmente. Lo primero es la salud de todos. Mucho ánimo para todos.
FUENTE DIARIO ABC: