
Hay gaviotas revoloteando sobre la torre del hotel Plaza, en la plaza Espanya de Barcelona. Alguien había escrito estos días en las redes sociales que las gaviotas prácticamente habían desaparecido de
los terrados de la ciudad. No aquí, en todo caso. El día es gris y llovizna.
No hay turistas alojados en el hotel Plaza. En sus habitaciones, hay en su lugar pacientes convalecientes de la Covid-19. Como yo.
Hoy hace tres semanas que caí enfermo del coronavirus y, tras dos semanas hospitalizado en el Clínic, hoy me han enviado aquí como antesala del regreso a casa para el restablecimiento definitivo. Lo que en principio se pensó cubrir con equipos de asistencia hospitalaria domiciliaria ha sido imposible debido al elevado número de contagiados. Así que han puesto en marcha hoteles medicalizados como éste, con personal médico y de enfermería, para esta fase transitoria. La cama es un lujo.
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Cuando llegué a urgencias del Clínic, el día 16 (de marzo), me diagnosticaron una neumonía bilateral (en los dos pulmones) y el test confirmó que la causa era el coronavirus de la Covid-19.
En ese momento empezó un tratamiento experimental que parece haber funcionado bien. Además de antibióticos (a menudo se producen infecciones bacterianas oportunistas en estos casos) y de paracetamol para la fiebre, me administraron cloroquina, un antipalúdico que se utiliza para combatir la malaria y algunas enfermedades autoinmunes (y sobre el que los franceses llevan días debatiendo), y ritonavir, un antirretroviral empleado contra el VIH, el virus del sida. El domingo tomé la última pastilla y empecé a respirar sin aportación de oxígeno. La fiebre ya es sólo un mal recuerdo.
Durante estas dos semanas he pasado por la UCI (terapia intensiva) –no fue precisamente el mejor momento–, por una área de pacientes semicríticos –en un quirófano reutilizado un tanto claustrofóbico– y por una planta de hospitalización normal desde donde podía ver el cielo.
Mi último compañero de habitación ha sido el exalcalde Xavier Trias, un hombre de una afabilidad extrema. Durante estas dos semanas, el trato del personal médico y de enfermería –que trabaja en unas condiciones muy duras– ha sido de una generosidad infinita. Sus atenciones, sus sonrisas y palabras amables han sido –son– fundamentales. Se merecen todos los aplausos que les dediquemos. Y bastante más.
Miro por la ventana. Las gaviotas han desaparecido de la torre del hotel Plaza. Quizá les ha alcanzado también el decreto del Gobierno.
Por Lluís Uría, Barcelona
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