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Diario de cuarentena: De Kapanga a Proust, rutinas en el encierro

Redacción TN by Redacción TN
29 marzo, 2020
in Salud
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El día abre magnífico. Me lanzo entonces a la exposición temeraria del ordinario que tritura potes de cliché victoriano; estampo en la cara visible de la habitación el calzón recién lavado en la ducha con jabón de tocador. La macana es que la ventolina matinal ha sido devorada por un calor generoso que aploma la atmósfera. En cualquier caso, no hay apuro, la rutina del confinado transforma el tiempo en materia elástica.

La comunicación con mis hijos se torna extremadamente difícil. Casi imposible. La conexión en el hotel es pésima; las expectativas de uno tropiezan siempre con la frustación, no hay sintonía con los movimientos del otro. Se trata de niños, no debería presionarlos y ya. Desde que logré escapar de Jordania hace doce días, con los plazos normativos mordiéndome los talones, sólo pienso en ellos. Abrazarlos, contenerlos, nos necesitamos mutuamente. Fue el único motivo por el que busqué por todos los medios salir de ahí. Hoy me encuentro en Buenos Aires, a pocos kilómetros de mi casa, a tiro de ellos por si me requieren.

Relato de un confinado en un hotel de cuarentena

Arribé al país el martes en la madrugada, en uno de los últimos vuelos de repatriados autorizado. Ezeiza nos sorprendió con un operativo descomunal; necesario y sensato, por si hiciera falta aclarar. Tanto las medidas dispuestas por el gobierno nacional, como lo replicado en la Ciudad, parecen acertadas. Como sea, me esfuerzo por comprender que abundan los técnicos y los especialistas bien nutridos que saben cómo ejecutar acciones sanitarias. La suspensión de la vida entre paréntesis implica inexorablemente la confirmación de la pérdida. A pasarla, don.

El calzón colgado en una percha plástica abrojada a la cortina de voile natural ya no flamea. Dedico lo que resta de la mañana a ordenar el rancho. Mis afectos envían demasiado, debería decírselos; temo ofenderlos. Cercado por el frigobar y la valija desplumada, la caja de seguridad del ropero opera en este caso como alacena y repisa. Mandarinas, manzanas, té turco en hebras, paté ibérico en lata, galletas con y sin sal, snacks, leche en polvo, cubiertos plásticos que acumulo sin explicación alguna, agua embotellada.

Complemento el desayuno flaco con lo que voy extrayendo del inventario. A la vez que enjugo la boca con los dedos por pereza -no tengo servilletas a mano-, me detengo en lo sucedido, cavilaciones del abducido. Si bien esquivo las esquirlas de la psicosis galopante, no dejo de preguntarme si en efecto alojo en la sangre el bicho. O los. Se me antoja imaginarlos organismos microscópicos en pandilla trasnochada, dispuestos a tejer túneles ponzoñosos y bombardeos sorpresivos hasta que la carne ceda. Porque simplemente cedés. Y te morís.

En la vecindad carcelaria, los días transcurren sin alteraciones. Las pibas de la ventana primer piso del corredor tumbero inflan el parlante con repertorio cumbia-pop. El crispado del presidio tóxico repudia desde la pieza. Ellas responden con el hit de Kapanga: Andate a dormir vos / yo quiero estar de la cabeza / poder tomarme una cerveza / y emborrachar mi corazón / Dejate de joder / si estás más duro que una mesa / pero yo estoy de la cabeza / somos los dueños del reloj. La versión constipada del lenguaraz solitario pierde por afano.

Encerrado ahora dentro de la cápsula acondicionada, descubro el mail para dar con un mensaje de DL, que me confía un artículo sobre À la recherche du temps perdu, para publicar en el diario, con la advertencia: “el libro de / para el encierro”. Ohhh…monsieur Proust, jamás pude terminar con él. ¡Qué mejor momento! Desempolvar la bata bordó, reposar el esqueleto en la chaise longue y quedar ahí, adormilado al tiempo que Marcel nos susurra al oído. A los pies de calzones raídos purificándose al sol.

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