Si alguien hubiese advertido hace tan solo seis meses el escenario que hoy estamos viviendo, probablemente hubiésemos dicho que se trataba de una ficción para televisión o una predicción sensacionalista de algún evangelizador del fin de los tiempos. Por Juan Pablo Menchon-Especial para Total News-
La realidad es que, exceptuando las tímidas advertencias de la comunidad científica y algún filántropo de charlas TED, un evento de esta magnitud no estaba en la agenda de nadie, y mucho menos en la del actual presidente de la Nación.
Resulta difícil elucubrar qué pasa por la cabeza de Alberto Fernández en estos días. Probablemente, cuando un momento de la noche lo encuentra solo en la inmensidad de la Quinta de Olivos y los teléfonos por fin dejan de sonar, el presidente debe preguntarse cómo fue que las fuerzas del universo lo colocaron en este lugar y en este momento de la historia.
La fina ironía del destino hizo que un hombre que llegó al poder tras un anuncio de su candidata a vice presidenta por redes sociales, y que, hasta el momento del anuncio, no se destacaba en ninguna encuesta de opinión para ocupar el sitial ejecutivo más importante de la Nación, sea hoy el encargado de guiar al país a través de la crisis global más importante desde la segunda guerra mundial.
Una crisis que logró dejar en un segundo o tercer plano todos los debates que creíamos relevantes el mes pasado para pasar a ser el incuestionable centro de atención. Ante este escenario sucedió algo tal vez aún más inesperado: los argentinos encontramos un punto de coincidencia y aceptamos casi unánimemente un estado de cuarentena nunca antes visto en el que no solamente cambiamos nuestros hábitos, sino también nuestra visión de los actores sociales.
Las circunstancias transformaron a los médicos en héroes, a las fuerzas de seguridad en indispensables agentes del orden, a los medios masivos en comprometidos emisores de la información confiable y a nuestra aerolínea de bandera en el gestor de operaciones de rescate inéditas integradas por empleados voluntarios que eran recibidos con aplausos por pasajeros ansiosos de volver a casa. Hasta el ejército, siempre hostigado por el fantasma de un pasado complejo, se desplegó para asistir en tareas logísticas sin que nadie objetara públicamente.
La oposición respaldó al gobierno, dejando de lado la tan reciclada grieta y hasta Mario Negri, uno de los referentes más importantes de Cambiemos, le dijo al presidente que él era “el capitán del barco” y contaba con todo el apoyo del aparato político. En la misma sintonía, el presidente anunció las medidas en un escenario compartido con el gobernador de Jujuy, el jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el gobernador de la Provincia de Buenos Aires y el gobernador de Santa Fe. La decisión de dar este espacio a líderes de la oposición en igual medida que a líderes de su propio partido fue un mensaje simbólico y contundente para quien quisiera escucharlo: “Hay que estar unidos frente a la crisis, acá no hay lugar para distinciones políticas”.
Existe un viejo proverbio inglés que reza “Cometh the hour, cometh the man” (Cuando llega el momento, llega el hombre). La épica de la presidencia de Alberto Fernández llegó de un lugar que jamás podría haber sido anticipado. La guerra mundial contra el COVID-19 generó una transformación social que en un corto plazo logró encolumnar a la sociedad ante un enemigo común y una responsabilidad compartida, algo que no podría haber hecho ninguna estrategia de comunicación y ninguna agenda de gobierno.
El analista político Sergio Berensztein concluyó que existe un “espíritu malvinero” en la sociedad. Este elemento trae consigo la verdadera advertencia para el gobierno. Todo espíritu colectivo, sea cual sea, es inherentemente coyuntural. Cuando la cuarentena termine y el mundo encuentre la cura para el COVID-19, heredaremos una economía en crisis, un país en pausa y un mundo incierto. Frente a ese escenario, harían bien los equipos de comunicación del presidente en comenzar a pensar la manera de transformar las lecciones del presente en la amalgama de nuestro futuro si no queremos repetir la historia una vez más.
