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Diario del Covid-19: «El dilema de la camisa»

Redacción TN by Redacción TN
17 marzo, 2020
in Argentina
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Qué camisa escoger. A diario me enfrento al dilema de tener que escoger la vestimenta para la jornada. Siempre he envidiado a esa gente que tiene organizada la ropa por días de

la semana o que sigue una estricta rotación entre el armario, la lavadora y la plancha. O a esos que siempre visten de la misma forma, componiendo un uniforme personal, que les ahorra la disyuntiva. Siempre creo que repito mucho una camisa o que hay alguna otra que hace mucho que no uso. A esa variable hay que añadir el modelo de cuello si se quiere usar corbata, el modelo de puño si se quiere llevar pasadores y el propio dibujo (rayas o cuadritos) para no desentonar con el resto de la ropa. Hay camisas de diario y camisas para endomingarse, camisas para traje y camisas para celebraciones. En fin, un lío. La ropa y yo no nos llevamos demasiado bien. Ayer me quedé un rato ante el armario pensando cuál debía vestir, pero enseguida se me desvaneció cualquier atisbo de duda porque en las dos próximas semanas no tengo nada previsto en la agenda: puedo usar la camisa que quiera sin darle más vueltas a la cabeza porque volveré a tenerla lista cuando llegue el momento en que la precise. De hecho, me llamaron de la consulta del dentista a primera hora para anular la cita del miércoles como era de prever. La elección de camisa es solo una metáfora de la monotonía que nos espera las próximas semanas. Ayer lunes, primer día laborable y lectivo con el decreto de alarma en vigor, empezamos a cobrar conciencia de lo que supone un calendario plano como el que nos aguarda. Esto lo tienen muy estudiado los sociólogos, que siempre han destacado cómo las fiestas sirven de hitos vitales al estilo de las metas volantes de una carrera ciclista. No hay soberano ni revolución que en el mundo han sido que haya renunciado a imponer sus fiestas, debidamente señaladas en rojo en el calendario. Pero el coronavirus nos ha aplanado el almanaque y nos ha dejado un mes de marzo en el que un día se va a aparecer a otro día y este al que le sigue sin variar mucho del que lo precedió. Bienvenidos a la rutina: ni el más deshumanizado de los regímenes totalitarios lo hubiera hecho mejor. En Valencia se han quedado sin Fallas y en Sevilla nos hemos quedado sin Semana Santa y sin Feria: se nos ha caído la primavera como el azahar se está cayendo de los naranjos sin que nos haya dado tiempo a aspirar su fragante aroma. Kevin lo resumió a la perfección cuando contó por el grupo de la familia la reacción del pequeño Patricio, que el martes celebra su santo irlandés y el miércoles cumple tres añitos: «El pobre… le he dicho que vamos a hacer una tarta para celebrar el miércoles su cumple porque mañana es su santo y pasado su cumple… Y ha dicho todo feliz: ‘¡Y vienen los primos y los abuelos!’«. Pero no, no verá a los primos ni a los abuelos, al menos hasta que pase la alarma y volvamos a hacer las cosas que hacíamos antes, a movernos como nos movíamos antes y a festejar como lo hacíamos antes. A ver qué nos inventamos para celebrar San José… No todo es negativo, qué va. Porque el hecho de que todos los días se nos presenten monótonamente idénticos hace que valoremos cosas a las que no hubiéramos dado la menor importancia. Cuando llegué a la hora del almuerzo a casa y pregunté qué tal les había ido la mañana, las tres mujeres de mi vida me respondieron, atropellándose una a la otra casi al borde de la emoción, que habían estado tomando el sol un cuarto de hora en la azotea. Y eso les había hecho tan felices como para destacarlo como la nota diferencial de la jornada. Incluso me dijeron que yo también tendría que tomar el sol porque no tengo demasiado buen color: moreno de fluorescente le llamamos. Incluso acciones tan prosaicas como sacar la basura o comprar fruta en la tienda de la esquina se ha convertido en objeto de deseo por parte de los que tienen necesidad de poner un pie en la calle. Mi hija Marta se ha apuntado ambas tareas como su cometido de mañana. Y Ana me ha contado que, en su casa, la competencia para pasear al perro es feroz. Bien. Al fin somos capaces de saborear el instante de libertad individual que nos proporcionan esas actividades que rompen con la monotonía: subir a la azotea, sentarse al sol, bajar a la calle, llegar hasta el contenedor de la esquina… Todo lo que nos molestaría por engorroso o inútil y que ahora añoramos. Quizá entonces seamos más conscientes de lo que significa privar a alguien de libertad y mantenerlo encerrado un día y otro día, un mes y otro mes, un año y otro año… No digo que no sea justo y legítimo imponer una pena de reclusión, pero sí que ahora podemos empezar siquiera a imaginar lo que verdaderamente significa. Solo los enfermos pueden calibrarlo en su justa medida. Anoche, Pablo, uno de los primeros infectados en Sevilla, escribió un mensaje a su familia porque había pasado de la UCI a planta y sentía que había comenzado, ahora sí, su restablecimiento. Su hija pequeña leyó el mensaje con lágrimas en los ojos. Bendito lunes pensaría el paciente que a nosotros nos pareció tan aburrido. Los detalles minúsculos son los que más valoramos. Fui a comprar fruta fresca, que empezaba a escasear en nuestro cesto, a una tiendecita a treinta metros de casa. Sin bulla, sin apretones, sin estridencias ni histerias. La dependienta, todo amabilidad, disculpándose por no tener todavía plátanos, despachaba diligente las piezas en la bolsa, cobró con el datáfono una cantidad que en cualquier otra circunstancia me hubiera parecido ridícula pagar de otro modo que no fuera en metálico y me sonrió con una sonrisa franca que se adivinaba bajo la mascarilla con que se protegía. Yo, a mi vez, le devolví la sonrisa de agradecimiento más sincera que le he dedicado nunca a una verdulera. Porque a pesar de todo lo que nos pasa a todos los demás, ella o alguien de su entorno había madrugado para acudir al mercado de entradores a abastecerse, había abierto su frutería el lunes a las 9.30 de la mañana como si tal cosa, había colocado el género en las estanterías que daba gusto verlo y encima servía con solícita afabilidad. Por todo ello, era obligado que yo le mostrara mi reconocimiento. Al fin y al cabo ella fue ayer, salvo la mitad de compañeros de la redacción (nos han separado en dos grupos en plantas distintas para despegarnos unos de otros) y mi familia al completo, la única persona para la que me vestí con la camisa que me compré en un viaje -cuando hacíamos turismo, esos tiempos tardarán en volver- a Milán. Lo dejo. Mi amiga Berta me recordó al capitán Furillo y su recomendación sin que yo tuviera que decir una palabra. Ya saben: «Tengan cuidado ahí fuera».

FUENTE DIARIO ABC:

https://sevilla.abc.es/sevilla/sevi-diario-covid-19-dilema-camisa-202003171228_noticia.html

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