
Hace dos semanas, Madrid hervía de gente y normalidad. Una invitación de la Liga Española nos llevó a una docena de periodistas de diversos países (tres latinoamericanos, un africano y el
resto, asiáticos) a recorrer estadios de fútbol primero de la Comunidad Valenciana (el del Valencia, el Villarreal y el Levante) y a ver el clásico Real Madrid-Barcelona que se jugaría en el estadio Santiago Bernabéu el domingo 1º de marzo.
Tras los dos primeros días en Valencia, viajamos a Madrid en el AVE (el tren de alta velocidad) y llegamos a una estación de Atocha que explotaba de gente. Aunque el coronavirus se expandía con velocidad e Italia replicaba sus casos geométricamente desde los pueblos de su Norte rico, ver a alguien con barbijo en el transporte público o las calles madrileñas era casi una proeza.
En el eje turístico entre la Gran Vía y la Puerta del Sol, y su extensión de unas cuadras más hacia la Plaza Mayor, los turistas se movían con una normalidad llamativa. Y todas las actividades masivas se cumplían tal cual lo estipulado. En una de ellas, los jugadores del equipo de fútbol chino de la ciudad de Wuhan, la “cuna” mundial del coronavirus, contaron las peripecias que atravesaban después de dos meses de no poder ver a sus padres, esposas e hijos, “encerrados” en una Wuhan sellada por el virus hasta quién sabe cuándo.
Sin síntomas de la enfermedad tras dos chequeos médicos diarios desde hacía más de un mes -superando con creces cualquier cuarentena de 14 días exigida para cualquier otra persona-, los jugadores chinos deambulaban por España buscando canchas donde entrenar y equipos con los cuales jugar amistosos. Consiguieron canchas pero los equipos -rusos, noruegos, checos- les cancelaban los partidos, uno tras otro. Aún siguen allí, en la zona de Mallorca. Sólo pudieron jugar con un equipo senior de la liga andaluza.
Ahora, el temor es que ellos, los jugadores chinos de Wuhan, puedan contagiarse de los españoles.
Los canales de noticias replicaban por entonces una y otra vez que nadie debía alarmarse porque “el coronavirus mata menos que la gripe”. El 1º de marzo, cuando se jugó el clásico en el Bernabéu, tenían 190 casos. Hoy, más de 6.000. Los infectados se multiplicaron por 30 en menos de dos semanas.
Los muertos pasaron de ocho a 140.
La noche anterior al Clásico, hubo una fiesta con invitados especiales que daban sus pronósticos entre los equipos de Sergio Ramos y Lionel Messi -ellos eran las caras visibles del choque de titanes del fútbol- en el consulado de Italia, en pleno centro de la ciudad.
Allí hubo 200 personas intercambiando saludos cordiales. A nadie se le ocurrió llevar barbijo. En un rincón que buscaba atenuar el sonido de una banda en vivo, conversé unos minutos con David Trezeguet, el argentino ex goleador de la Selección francesa que vive en Torino, donde es embajador deportivo de la Juventus. Estaba en Madrid haciendo un curso de director deportivo.
El domingo a la noche en que se jugó el partido hubo 80.000 personas en la cancha. Otra vez, los barbijos ausentes. Fue una típica noche de invierno -a la hora del partido la temperatura bajó a 6 grados-, con llovizna helada y algo de viento. En el estadio, techado en su totalidad, se encendieron enormes estufas que desde arriba intentaban subir un poco la temperatura ambiente en las tribunas.
La tarde anterior el Bernabéu estuvo habilitado normalmente para los recorridos turísticos de cientos de personas que entran a los vestuarios local y visitante y recorren el túnel para vivir la sensación inigualable de salir a la cancha exactamente con lo hacen las superestrellas del fútbol mundial.
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Era llamativo, de todos modos, ver que cualquiera podía estornudar donde al día siguiente se cambiarían Messi, Piqué, Marcelo o Vinicius. Y que por lo menos 200 personas se sentarían a fotografiarse en el banco de suplentes donde sólo algunas horas después estaría Zinedine Zidane y sus dirigidos.
Hace apenas dos semanas, cuando nacía este mismo mes de marzo, España parecía creer que el coronavirus era algo más ligero y superficial, que no se llevaría puesta su vida cotidiana. Desde el lunes ya nadie podrá estar en la calle si no es por estrictas razones de necesidad como ir al trabajo, comprar comida o medicamentos.
Todo cambió en el abrir y cerrar de ojos de una quincena y la pregunta es si ese modelo viaja a la Argentina con los primeros frescos del otoño cercano.
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