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Crónicas de la cuarentena por el Coronavirus, día 1: llegó la comida, pero falta una bici que ande

Redacción TN by Redacción TN
14 marzo, 2020
in Sociedad
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“Estamos bien. Los 5”. La aclaración de arranque, tipo minero chileno, es por todos los mensajes de amigos y conocidos preocupados por la situación familiar. Intriga que empezó en realidad días

atrás, con la programada vuelta al país, cuando todos los vuelos de Miami entraron en asterisco. El arribo en sí implicó alivio, pero abrió una nueva serie. De 14 capítulos y final abierto. El encierro: crónicas de la cuarentena.

El día 1 corre con una ventaja inestimable: la doble novedad. Por un lado, esa sensación típica y linda de volver a casa, desarmar valijas, redescubrir compras -“pensé que estas zapatillas no las había agarrado…”- y cruzar acusaciones por olvidos -“¿A mi vieja no le comprabas vos?”. “Es tu mamá nene, lo único que falta…”. Por el otro, el escenario impensado que abrió el coronavirus para los privilegiados turistas del exterior. Desembarco y al sobre. Dos semanitas.

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Ya en el hogar, en cuestión de minutos aparecerá la pregunta base: “¿Qué comemos?”. En nuestro caso, el debut fue con asado al horno -delivery de carnicería previo-, necesidad básica satisfecha después de 15 días de grasas trans (y derivados). Ojo: la limitación también puede traer beneficios. Para la segunda comida, agotadas las fritas congeladas, hubo que desempolvar una calabaza que iba por el sexto cumple-mes. Así, todo terminó en milanesas de pollo y puré de hospital. Postre te la debo.

Por eso, primera sugerencia: apenas se aterriza, incluso antes de contactar a la familia, hagan las compras por el súper digital. El que avisa no traiciona: hay demoras de dos o tres días en las entregas por la explosión de pedidos que acarrean las cuarentenas. Segunda sugerencia: si le parece mucha la demora, como nos enseñó Lita de Lázzari, quéjese. En mi caso, el Coto-rreo por Twitter terminó con el gentil llamado de una encargada, quien me avisó que harían un hueco para traer la mercadería este mismo sábado.

– “Y que se mejore, señor…”.

– “Estoy encerrado, señorita, no enfermo. Gracias igual”.

Con los víveres asegurados para los próximos días -espero-, en mi caso la abstinencia aún irresuelta es la posibilidad de salir a correr. Todos los días, o casi, al aire libre. Terapia para cuerpo y mente. Hace un rato probé en compensar con abdominales -le tuve que explicar al más chico que papá también tiene, aunque no se vean marcadas como el hermano-, flexiones de brazos, y tríceps colgado del sillón. Dolores repentinos y desconocidos -mientras ejercitaba los pectorales me tiró un gemelo- me llevaron a la prudencia. O no tanto. Analicé -lo juro- trotar adentro de casa. Pero después de evaluar rectas, curvas y ángulos, concluí que el tramo más largo que tengo es de unos 8 metros y con un escalón llegando al baño. “A ver si me patino y termino de cabeza en la bañera… Otra que el coronavirus”.

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Descartado el running, re-chequeé el estado de la bicicleta fija. Mi hijo mayor ya me había alertado que se trababa casi por completo. Desconfiado, me subí e intenté pedalear como para el Giro de Italia. Me equivoqué y pagué. Pero el deporte no se mancha. Así que ya estoy mangueando entre los conocidos una bici alternativa, a ver si me hacen la gauchada de acercarla hasta Flores. Prometo baño en alcohol en gel antes de la devolución. O le reintegro el dinero.

Otro clásico en el que caí fue en empezar a abordar los “pendientes”. Ejemplo: limpiar y ordenar el balcón terraza. Lo encaré con entusiasmo. Despejé rejillas, tiré envases vacíos y descarté latas y cacharros que pudieran acumular agua. Eso lo escuché en la tele. ¿Para qué era? ¿Por el den… Antes de contestarme, ya me había picado un mosquito. Tanto lavarme las manos y olvidé de ponerme Off. Mañana les cuento. 

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