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Coronavirus en Europa: viaje a la boca del lobo en primera persona

Redacción TN by Redacción TN
10 marzo, 2020
in Internacionales
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Ya no es posible “la odisea”. Desde este martes volar de España a Italia es cosa del pasado. Pero días atrás, cuando aún era una

posibilidad, aquello era (más bien fue) como ir a meterse en la boca del lobo. Esta crónica, que transcurre en 30 horas de calma impostada, ansiedad e incertidumbre, es un ida y vuelta entre Madrid, la ciudad española con más casos de coronavirus diagnosticados hasta ahora, y Bologna, la capital de Emilia-Romagna, la segunda región italiana en cantidad de contagiados que en la madrugada del domingo blindó, para evitar que el Covid-19 se siga propagando, cinco de sus provincias: Piacenza, Parma, Reggio Emilia, Modena y Rimini. La medida, que había asustado a los vecinos de esas zonas, se extendió a toda la península itálica en la noche del lunes.

Pero cuando el vuelo IB8756 partió en la mañana del sábado 7 de marzo de Barajas, ése no era aún el escenario.

La desnudez del aeropuerto y sus pisos lustrosos eran evidentes: pocos intrépidos dispuestos a volar y miradas de recelo entre los pasajeros que se calzaban barbijos y los que aun preferían sostener cierta normalidad, aunque ficticia.

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Quienes buscaban su puerta de embarque con nariz y boca cubiertos por las mascarillas caminaban con paso más firme: probablemente se sentían más seguros que los demás hacia quienes no ahorraban miradas de sospecha.

El embarque del vuelo a Bologna, ocupado apenas por el 40 por ciento del total de pasajeros, fue espaciado y sereno.

La leve cuota de calma, sin embargo, se consumió apenas el comandante informó que partiríamos con demora por una huelga en Francia. Resultaba perturbador pensar en prolongar el hacinamiento, más de las rigurosas dos horas y cuarto que dura el recorrido de Madrid a Bologna, que nos obligaba a respirar una y otra vez el aire reciclado del avión.

Tomar un avión en Europa hoy no es apto para hipocondríacos.

Ganaba la obsesión por el recorrido hasta llegar allí: el botón del ascensor, los pasamanos de las escaleras mecánicas, una tos de un tercero lejana, el intercambio de pasajes y documentos con el personal de la aerolínea, una corriente de aire.

Aún los más sensatos nos debatíamos entre el vértigo y el temor al ridículo.

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Imposible dejar de mirar a la chica del asiento 3F que, a cada movimiento, sacaba el alcohol en gel de la cartera y se lo pasaba por las manos. Su simple gesto provocaba que el resto de los pasajeros nos sintiéramos desprevenidos. ¿Acaso ella sabía algo que los demás desconocíamos?

Cuando aterrizamos en Bologna, la cifra de contagiados por el coronavirus era de 1.180.

Un escuadrón sanitario nos dio la bienvenida.

Vestidos de naranja y cubiertos de pies a cabeza, apuntaban la luz roja del termómetro a la frente de los recién llegados

El ingreso a la tierra prometida sólo estaba permitido para aquellos con una temperatura corporal inferior a 37,5.

La ciudad, universitaria y turgente por la movida juvenil que suele coparla los sábados, estaba apocada. También mis amigos, que se refugian en veladas tan compartidas como dubitativas: “¿Estaremos haciendo bien en reunirnos?”, se preguntan.

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Por la noche se filtró en las redes sociales el borrador del nuevo decreto anti-contagio del gobierno italiano, válido hasta el 3 de abril, por el que 16 millones de personas permanecerían encerradas en sus casas, en sus pueblos, en sus ciudades, de Lombardía, del Véneto, de Emilia Romagna, de Piamonte y de Marche.

Hubo corridas a las estaciones de trenes: la gente estaba dispuesta a huir de la peste, como sea.

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A las dos de la mañana, cuando en los bares de Via Mascarella, en el centro histórico de Bologna, todavía circulaba la birra en la vereda, el primer ministro italiano, Giuseppe Conte, lo anunciaba públicamente.

Italia, el primer país occidental con cifras significativas de contagio, se convertía en el primer país de Europa en tomar medidas drásticas. Ni bodas ni funerales. Ni escuelas ni museos.

“El virus viaja con las personas. La prioridad absoluta es reducir el contacto social. Esta es la mejor reacción al pánico”, decía Virginio Merola, el intendente de Bologna.

El músico italiano Vasco Rossi posteaba desde California, en su Instagram, una selfie con barbijo negro, tuneado: “Los hisopados cuestan 3.200 dólares y pocos se lo pueden permitir. Eso explica el motivo por el cual mágicamente aquí la emergencia no es grave como en Italia”, decía Vasco.

coronavirus

El domingo al mediodía aguardaba el vuelo de regreso a Madrid. Avisaban que saldría también con demora. Había más barbijos que el día anterior. Casi todos los pasajeros, ansiosos, se bajaban del micro que nos llevaba hasta el avión. Preferían esperar al aire libre y buscando las últimas noticias por celular.

El vuelo partió con una hora de retraso. Nos acompañaron los mismos pensamientos apocalípticos que a la ida.

Cuando estábamos por aterrizar en Madrid, la azafata repartió un volante: “Aviso relacionado con la enfermedad por nuevo coronavirus (Covid-19). Información a los viajeros procedentes de zonas de riesgo”: vigilar el propio estado de salud y, ante algún síntoma, llamar al 112.

En Bologna, desde el lunes, los bares y restaurantes de la ciudad cierran a las seis de la tarde. Toda Italia se volvió “zona protegida”.

En Madrid, desde el miércoles, las escuelas y las universidades permanecerán cerradas.

Hacer un Madrid-Bologna ida y vuelta en 30 horas, mientras los casos de contagio de duplicaban de un día al otro en ambas ciudades, no fue provocación ni desafío. Fue por alguno de los cuatro motivos que el gobierno italiano considera a la hora de autorizar la salida o el ingreso de personas de las consideradas “zonas rojas”: por exigencias laborales comprobables, por situaciones de necesidad, por motivos de salud o para regresar al propio domicilio.

Sin subestimación ni espiral paranoica, tomar un avión en Europa hoy no es apto para hipocondríacos. Como dice el intendente Merola, el virus viaja con nosotros.

*Madrid, especial paraClarín

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TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA

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  • Bologna

  • España

  • Italia

  • Madrid

  • Europa

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