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Los días en que el horror te abraza la piel

Redacción TN by Redacción TN
6 marzo, 2020
in Sociedad
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Hay una historia que se aprende en los libros y duele, si es el caso. Y hay una historia que se siente en la piel: así sea horrorosa, sirve para conocernos,

para saber de dónde venimos, de qué estamos hechos. Una cosa es leer sobre el odio feroz de los nazis hacia los judíos; otra saber que un pariente -un bisabuelo- fue asesinado en un campo de concentración. La historia se vuelve íntima: ¿y si mi abuelo no hubiera escapado? ¿Por qué lo calló? ¿No lo sabía, no pudo lidiar con el tema?

En este caso el silencio abarcó a un par de generaciones. Una sospecha de la autora a partir de unos papeles olvidados encendió la curiosidad y la memoria y empezó a completar un laberinto familiar que, si bien incompleto, no había llamado la atención de nadie. La distancia a veces se traga los recuerdos amargos. Y los humanos tenemos esa extraña condición de creer que cuando no se habla de algo, se evapora. Error, queda ahí hasta que alguien descubre la punta del ovillo.

Esa misma punta es la que a muchos nos toca no perder de vista. Tengamos o no una historia familiar vinculada al nazismo, debemos echar luz sobre la discriminación -el “otro” como problema- para que la barbarie no se repita. Por algo los campos de concentración siempre escondieron lo que eran o directamente, como en la Argentina, se pensaron clandestinos. Cualquier transparencia los destruiría.

Hace poco, con mi esposa, tuvimos la posibilidad de llevar a nuestros chicos a conocer la Casa de Ana Frank. Ellos, que no son fans de los museos, quedaron sin palabras. O les surgieron todas a la vez. ¿Qué había hecho esa adolescente para vivir escondida y, después, morir enferma y famélica en un campo de exterminio? ¿Qué pasó con quienes la ayudaron? Si hubieran tardado un poco más en descubrirla, ¿no la hubieran puesto en el último tren que partió de Holanda a Auschwitz? ¿En la Argentina sabían lo que pasaba? Y, claro, quisieron leer su diario.

La historia está en las historias. No es un juego. La historia se puede aprender estudiando los grandes procesos pero nunca se la va a llegar a sentir si no tenemos la posibilidad de conocer a sus protagonistas de a pie. Gente común, como uno, que en un momento debió ser tristemente excepcional.

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