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Dos epidemias, un mismo problema en China: cómo retener el control

Redacción TN by Redacción TN
15 febrero, 2020
in Internacionales
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Si en la crisis de 2002-3 por la epidemia del SARS, el régimen de Beijing salió del paso con poca transparencia informativa y políticas opacas, hoy no puede adoptar la misma

estrategia. Los desafíos son de distinta naturaleza y aun más graves. Aunque todo gira en torno al dato obvio pero no menos importante de que China es ahora otro país.

La actual epidemia de coronavirus​ ocurre en el momento más brillante de la China moderna. Beijing ocupa hoy el vacío geopolítico dejado por EE.UU. que ha abdicado con Trump de su papel de líder mundial. Según la ONU, el 40% del crecimiento global tiene ADN chino. El presidente Xi Jinping es el último exponente de un sistema que busca garantizar la supremacía global de Beijing y clausurar dos siglos de marginalidad. Este es el escenario a considerar, con un gigante que atraviesa la mayor apertura de su milenaria historia.

Hace casi 20 años, el SARS causó 774 muertos entre 2002 y 2003 (la mitad de ellos en suelo chino) y 8.000 infectados en todo el mundo. Hoy, en tres meses, ya hay más de 1500 fallecidos (el 99,9% en China) y 66.000 contagiados. Las pérdidas provocadas entonces en China por la epidemia se cuantificaron en un 2% del PBI. China era la sexta potencia económica global. En 2002, la Organización Mundial de la Salud acusó a Beijing de ocultar datos y de no colaborar. Hoy la alaba públicamente. El gobierno tardó en 2002 tres meses para tomar las primeras medidas, contra tres semanas bajo la presente epidemia.

Aunque guarde parecidos, la realidad actual es bien diferente. La envergadura de esta crisis ha forzado una reacción draconiana, sólo medible bajo las gigantescas magnitudes chinas, con el confinamiento de millones de personas, la clausura de regiones enteras, la construcción de hospitales en apenas días.

El primer ministro de China, Li Keqiang (der.) saluda a pasajeros que llegan a la estación de trenes de Beijing, este viernes. /AP

El primer ministro de China, Li Keqiang (der.) saluda a pasajeros que llegan a la estación de trenes de Beijing, este viernes. /AP

Los costos (políticos, económicos, en imagen del país) serán desde luego proporcionales a esa enorme magnitud. El gobierno debe enfrentar el coronavirus en medio de su guerra comercial con EE.UU., que ya ha herido su economía, la abierta rebelión popular en la antigua colonia británica de Hong Kong​ y la escasez de carne de cerdo –vital en su dieta- causada por una peste porcina en Africa. A eso se suman los crecientes reclamos de los ciudadanos en las redes sociales, un elemento impensable hace dos décadas.

Bajo este contexto, el gobierno parece haber comprendido que la opacidad, la falta de transparencia constituyen un grave error que no hace sino agudizar el problema. Aun con una fuerte censura que varía en cada región, la persecución a disidentes y el castigo a quienes desafían las órdenes, una información más fluida y transparente parece haberse instituido como norma en este caso. Lo que guarda proporciones con una lenta apertura del régimen, en paralelo a la enorme transformación socioeconómica del país.

Filas frente a una farmacia de Beijing, para comprar barbijos, guantes y alcohol en gel para protegerse contra la epidemia, este sábado. /AFP

Filas frente a una farmacia de Beijing, para comprar barbijos, guantes y alcohol en gel para protegerse contra la epidemia, este sábado. /AFP

Es que, en una nación con las características de China, una crisis sanitaria de estas proporciones es siempre un desafío político. La voluntad primera de Beijing es controlar su población. Con 1400 millones de habitantes, la preservación de la estabilidad ha sido la prioridad histórica. En ese escenario, el gobierno ha sido implacable en la adopción de medidas drásticas que han servido para acallar mayores disensos. Al menos hasta ahora.

La comparación con el SARS arroja otra diferencia de peso. En aquella emergencia, el presidente Hu Jintao y su premier Wen Jiabao iniciaban mandato con una burocracia apoyada en una estructura de gobierno que aún respondía al sistema de reglas instaurado en los 80 por Deng Xiao Ping, el arquitecto de las reformas capitalistas. Todo giraba en torno a un sistema colegiado de consenso para la transmisión del poder y la toma de decisiones. Con ese recurso, que no impedía las luchas de palacio aunque eludía la solución occidental basada en la alternancia electoral, Deng reaccionaba al personalismo y al culto de Mao, usado por el legendario líder parta sofocar el disenso interno.

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Poco de eso existe hoy bajo Xi Jinping, quien en el 19º Congreso del PC en 2019 barrió con la colegiatura y se acercó así al sitial de un emperador moderno. Nunca nadie concentró tanto poder desde la muerte del Gran Timonel en 1976. “Sin embargo, tampoco nunca nadie quedó tan expuesto a las críticas. Y ése es un riesgo que antes no existía y ustedes deben ver”, dijo a este cronista un alto jerarca chino en ese Congreso de Beijing. Esta crisis es una ocasión para comprobar la validez de ese aserto.

Un mercado de productos frescos cerrado en Shanghai, China, debido al brote de coronavirus. /BLOOMBERG

Un mercado de productos frescos cerrado en Shanghai, China, debido al brote de coronavirus. /BLOOMBERG

En lo estructural, los retos no son menores. Analistas citados por The Economist preveían que el PBI crecería 6% en el primer trimestre de 2020 antes del virus. Ahora esperan un 4%, con deudas bancarias en alza, pérdida de empleos y un nuevo problema en la mira: el deficiente control sanitario de los mercados de alimentos del interior profundo del país, foco original del brote. Ligados a la historia misma de China, castigada por innumerables hambrunas, su continuidad en las actuales condiciones amenaza el desarrollo económico. Dos desastres sanitarios en 17 años son una pesadilla para cualquier Estado.

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Pero es en lo simbólico donde la eficacia de gobierno adquiere un matiz final. El PC chino, columna vital del sistema, ya prepara los fastos para el 2021, cuando celebrará el primer centenario de su fundación. Su mayor propósito es proclamar al mundo que, en un siglo, ha logrado convertir a China en un país próspero, seguro y confiable. La consigna es usar la crisis, convirtiéndola en evidencia de su poderío. Mucho del éxito de su cometido final parece depender de cómo salga de este trance.

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TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA

  • Xi Jinping

  • China

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