
Hasta ahora fue una respuesta en puntas de pie. Irán lanzó una oleada de 22 misiles sobre dos bases de EE.UU. en
target=”_blank” href=”https://www.clarin.com/tema/irak.html” alt=”irak” title=”irak” target=”_blank”>Irak evitando causar bajas norteamericanas. Notablemente ninguno de esos proyectiles de precisión pudo ser derribado por las defensas locales.
Un primer dato que deja este episodio es que Irak se consolida como el espacio de batalla entre la potencia persa y la norteamericana. Es ahí donde se muestra la furia de la disputa para que la vean en las calles de Irán que ha reclamado venganza a sus ayatollahs. En Bagdad, la capital iraquí, precisamente, fue asesinado por un drone de EE.UU. el general Qasem Soleimani, en el hecho que ha puesto de cabeza la geopolítica regional. El otro dato a observar son las señales que emite este último capítulo respecto a que el objetivo iraní es retener y ampliar su influencia en Irak, una nación que Teherán y Washington han asumido como un virreinato propio.
Se advierte de este modo donde está apuntando la brújula de esta crisis que merodea los límites de la pérdida de control. La enorme presión que la actual Casa Blanca ha venido ejerciendo sobre Irán con una montaña de sanciones económicas, tenía como propósito debilitar a la teocracia persa para obligarla a retirarse de Irak y también de Líbano y Siria. Los espacios de poder junto a Gaza, Yemen y parte de Afganistán que construyó Soleimani los últimos 20 años.
La ruptura del pacto de Viena de 2015 no tuvo relación con una supuesta violación por parte de Irán del compromiso de congelar el desarrollo atómico o con su producción de misiles como ha alegado la parte norteamericana. De lo que se trató siempre es de abortar la expansión regional de Teherán y evitar que se consolide un eje de poder desde Teherán a Beirut y el Mediterráneo. El costado fallido del ataque que mató a Soleimani se puede medir ahora en la complicación que se ha agregado EE.UU. para sostener aquel objetivo.
En términos básicos la teocracia persa se fortalece en el espacio que Washington pretendía amputarle, cuenta con respaldo político pero también recupera el apoyo popular y no se siente ya obligado a respetar los límites de su desarrollo nuclear. Han ganado los halcones. Una señal previa la exhibió Irak que reunió a toda su dirección política para despedir a Soleimani. Y en esas mismas horas el Congreso de ese país ha votado la salida de los 5 mil soldados norteamericanos, una medida que EE.UU. por ahora resiste pero que se ha convertido en eje de la protesta pública.
Trump tiene ahora un laberinto para desentrañar. Irán promete continuar con estos ataques. Si EE.UU. devuelve el golpe, la crisis se amplificará y forzará a una alianza generalizada de la región con Teherán, como ahora se está más que insinuando.
La vía diplomática sería la única posibilidad de armar puentes que generen un nuevo equilibrio pero ese camino implica concesiones y el regreso al punto de partida con menos poder en la mochila. No es lo que se espera del líder norteamericano.
Así, Trump está terminando su primer mandato parado en un filo. Puede pasar a la historia como el responsable de un desastre de magnitudes imprevisibles o bien, obligado por las circunstancias, como el eventual tejedor de una distensión inesperada en ese espacio del mundo.
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