Somos esos recuerdos. Y aunque ahora se invite a “soltar” y a liberarse de un pasado que nos ata, sentimos que una parte nuestra muere cuando rompemos, tiramos, quemamos, regalamos esas
cartas, fotos, platitos de decoración o “caminos” tejidos a mano que ornamentaban la mesa grande.
Levantar la casa de los padres es simplemente doloroso. Por eso lo postergamos y también por eso a veces nos llenamos de cajas que quizás nunca más se abran pero que n os tranquiliza saber que están cerca.
A mí me pasó. Tengo cartas que mi mamá guardaba y que no me animé a tirar. Una tarde empecé a leer algunas y surgieron unas internas de una parte de la familia que no me hicieron sentir cómodo. No quería saber más, me costaba tomar partido entre un abuelo y una tía. ¿Para qué? Cerré la caja y no la volví a abrir… pero ni loco la tiro. No me animo. También conservé unas cartas mías que les había escrito a mis viejos cuando estudiaba afuera. Me llamó la atención el detalle -no existía el mundo digital, el papel actuaba como único puente- y la voluntad de no preocuparlos. Si bien fue una época estupenda, siempre hubo alguna nube. No en mis cartas, estaba demasiado lejos para hablar de inquietudes.
A veces me prometo -antes de partir de este mundo- tirar, desechar, regalar. Pero queda en una idea genérica sin mucho sustento aunque el deseo está: preferiría no dejarles cosas de más a mis hijos, alivianarles esa tarea de arqueología familiar. Eso sí, no sería extremista. En la dosis justa, me ha gustado reciclar lo que fue en algo que es. Usar las mismas copas que les regalaron a mis padres cuando se casaron -esas que muestran su edad porque eran de color y talladas- habla de una herencia noble, de la memoria de los objetos.
Les cuento algo curioso que no me imaginé que pasaría: cuando murió mi papá, regalamos parte de su ropa. Me quedé con algunas prendas: un par de sweaters, una campera de invierno, una camisa. Creí que no las iba a utilizar. Pero lo hice, y bastante. Aunque de tanto en tanto las guardo para que no se desgasten: esa ropa ya no tiene posibilidad de reemplazo. Y me sucede algo raro. Mi papá murió hace más de seis años. Obvio que se ha lavado muchas veces. Sin embargo, tiene aún su aroma, que parece decidido a no perderse jamás.
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Clarín
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