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Daniel “Tractorcito” Cabrera, el legendario bandido que soñaba tener una verdulería

Redacción TN by Redacción TN
26 octubre, 2019
in Policiales
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“De chico vivía en la calle y fui a pedir comida a una pizzería de Munro. Me dijeron: ‘Rajá de acá, negro de mierda’. Me re calenté. Vi las mesitas en la puerta, la gente comiendo y manoteé dos porciones; corrí, me quemé las manos, pero no me pudieron agarrar. Y me comí las dos porciones”. Así nació una de las carreras delictivas más resonantes que llevaron a Daniel “Tractorcito” Cabrera a los diarios y noticieros como ladrón de bancos y blindados, junto a su viejo compañero de andanzas: Luis “El Gordo” Valor.

Las crónicas policiales le atribuyen el robo de un banco en Bahía Blanca por el año 2000 y el asalto a un camión blindado en Mar del Plata. En el lapso de diez años, Cabrera escapó tres veces de prisión: la primera de la cárcel de Devoto en 1998. La segunda, del Departamento Central de Policía. La tercera, del penal de Ezeiza después de una salida transitoria. Las tres veces fue detenido y el Tribunal Oral Federal N° 4 de San Martín lo condenó a 27 años. Desde 2010 vive en una celda.

Los medios lo bautizaron “el rey de la fuga”, pero Tractorcito no se siente rey de nada. Trabaja ocho horas diarias en la biblioteca del colegio secundario del penal de Magdalena (previo a su traslado a la cárcel de Chaco) y ayuda a los demás presos con sus escritos jurídicos. “Mi vida fue terrible, muy terrible”, dice por teléfono y su voz se quiebra, como si detrás del mito de ladrón “con códigos” hubiera un niño de cinco años pidiendo auxilio, un hombre sabio desesperado.

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―¿Cómo fue su infancia?

―Nací en el hospital de Polvorines el 17 de octubre de 1961, pero soy de Don Torcuato. Mi mamá me abandonó en el hospital, estuve enfermo un año y seis meses con suero en las dos piernas. Nunca conocí a mi papá. Le avisaron a mi mamá que tenía que ir a buscarme y me llevó a su casa. Mi padrastro era tomador y golpeador, así que me fui de mi casa a los cinco años y viví en la calle. Nunca fui al colegio. Dormía en los trenes, vendía estampitas y comía de la basura. Mi vida fue terrible, muy terrible.

―¿Aprendió a leer y escribir?

―Sí. En la cárcel de Sierra Chica a los 25 años. Con el tiempo hice la primaria, la secundaria y metí 18 materias de la carrera de Derecho. Leo mucho, me sirve para mirar las cosas de otra perspectiva. Si un niño no puede alcanzar la mamadera para él es un problema enorme porque los problemas de uno siempre son lo más importante. Pero uno tiene que aprender a mirar más allá.

―¿Cómo es su vida ahora?

―Me volví una persona respetada dentro de la cárcel, pero primero tuve que aprender a ser honesto conmigo mismo para serlo con los demás, no mentirme para no mentirle al otro, quererme mucho para poder querer a otro. Yo a los 12 o 13 años me morí en una comisaría. La banda de Luis Abelardo Patti (ex subcomisario de la Policía bonaerense condenado por delitos de lesa humanidad) me torturó, me pusieron una picana en los testículos y me llevaron a un descampado con otros dos chicos: “Cogotito” y “Lorito”. “Pegales un tiro”, dijeron y caí al piso de un golpe seco. Era un simulacro de fusilamiento. A mí me mató Luis Abelardo Patti.

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―Pepita la pistolera decía: “En la cárcel no hay ladrones, hay gente que trabaja de estar presa”. ¿Es cierto?

―Es verdad. Nosotros somos la materia prima. Hay un libro que se llama: “Los que viven del delito y los otros”. Los que viven del delito son los policías, los jueces, los abogados, los médicos…nosotros no vivimos del delito. Hay otro libro de Eduardo Galeano que dice que cuando un delincuente muere se vuelve un sedante para la sociedad. Para encerrar a los malos se necesita gente peor que los malos. Una vez un periodista me preguntó quiénes eran mis ídolos en el delito y yo respondí: “Menem y Duhalde”. Se enojaron mucho por eso que yo dije.

― ¿Cómo se lleva con sus hijos?

― Hablo con ellos, pero no quiero que vengan acá, que revisen la ropita de mi hija, ellos no hicieron nada malo. Yo me equivoqué, les di plata cuando lo que necesitaban era amor. Qué más hubiera querido yo en la vida que un papá y una mamá, sentir el cariño de una familia. ¿Sabés cuál era mi otro sueño de pibe? Tener mi propia verdulería para no comer fruta podrida de la basura. Y lo cumplí de grande: pude tener un puesto de mayorista en el Mercado Central.

* Nota publicada en “El Católico de Caacupé” de Villa 21-24 y Zavaleta.

ED/FF

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