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España: cómo será el último viaje del dictador Francisco Franco

Redacción TN by Redacción TN
21 octubre, 2019
in Internacionales
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Nadie sabe que es la última vez que podrán venir a honrar o a curiosear la tumba de Francisco Franco​ en el Valle de los Caídos.

Porque luego

del fallo del Tribunal Supremo de España que en septiembre autorizó la exhumación del general que se volvió un dictador, el gobierno del socialdemócrata Pedro Sánchez ​anunció que el féretro de Franco cambiará de domicilio un día de estos, antes del 25 de octubre.

Por eso, sin previa notificación, el Valle de los Caídos, donde fue enterrado el hombre que luego de imponerse en la guerra civil española, que duró de 1936 a 1939, gobernó España con mano dura hasta su muerte, en 1975, permanecerá cerrado al público. Será para poder preparar el operativo traslado que, según el equipo técnico, llevará tres días de maniobras.

La intencional falta de precisión en la fecha de la exhumación, que costará unos 11.000 euros, es evitar que el traslado se convierta en un espectáculo morbo.

Recorrido final de los restos de Franco

“Confío en que hayamos hecho un buen trabajo y que el cuerpo esté bien, más allá de deshidratado y momificado”, dijo Antonio Piga, uno de los cuatro forenses que participaron en la conservación del cuerpo del generalísimo cuando murió, en noviembre de 1975.

Sólo sus familiares, los seis nietos de Franco que desde hace más de un año presentan recursos judiciales para impedir la exhumación, serán notificados, 48 horas antes, del día preciso y la hora.

La medida no hizo más que avivar el fervor franquista y despertar curiosidad por el Valle de los Caídos, el monumento desmesurado soñado por Franco que los perdedores de la guerra civil española tardaron 18 años en cavar en la roca de Cuelgamuros.

Rosas rojas cubren la lápida que niños y adultos se empeñan en tocar, homenaje de una parte del pueblo español que le estará por siempre agradecido a Franco, el único muerto que no falleció durante la guerra civil y está enterrado aquí.

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Además de su tumba y la de José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la Falange que fue fusilado en 1936 y que Franco decidió enterrar en el Valle de los Caídos como plato fuerte de la inauguración del mausoleo en 1959, el Valle aloja restos de 33.833 personas, 21.423 identificadas y 12.410 sin identificar.

Un recorrido asfaltado de pinos, jaras, robles y chopos, donde la velocidad de los autos no debe superar los 30 kilómetros por hora y la señalización advierte acerca de la posible presencia de animales silvestres, lleva hasta el mausoleo imponente.

“Ostia, ¿todo esto para un solo tío?”, es la primera reacción de una chica piercing que vino con su novio. Como cada una de las personas que hoy está aquí, pagó 9 euros para entrar y ser controlada por la Guardia Civil.

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Tal vez presagiando los cientos de visitas que recibiría hoy, sobre la lápida de 1.500 kilos que en unos días será removida, un buqué de rosas amarillas y rojas trazan una bandera de España y una banda con los mismos colores dice “Familia Franco”.

“Esto no es normal”, dice la empleada de la empresa de seguridad que, agobiada de repetir hasta el hartazgo que no están permitidas las fotos delante de la tumba, se rinde a la voracidad de las selfies y sólo se limita a pedirle a la gente que no se perpetúe delante de la lápida. “Por favor, circulen”, pide con clemencia mientras el oficial de la Guardia Civil de turno junto a la tumba discute con un señor que levantó el brazo ante los restos de Franco e improvisó un saludo fascista con el brazo extendido.

“Por favor, señor, está prohibido”.  Josefa, una madrileña de 81 que camina con bastón, hoy se pintó lo labios bien de rojo y vino. Se apoya en uno de sus hijos, se besa la mano y la apoya sobre la tumba de Franco. “Estuve aquí el día en el que lo enterraron. Y le pedí a mis hijos que me trajeran. Quería poder volver a verlo aquí antes de que se lo lleven”. Mariela es andaluza, de Sevilla, y vino con su esposo y su beba de dos años y medio. La nena no tiene paciencia para hacer la fila al sol y esperar para entrar a la abadía subterránea cuyo responsable, el prior benedictino Santiago Cantena, no está de acuerdo con la exhumación de Franco.

La nena llora. Mariela la baja del cochecito. La nena camina entre la Guardia Civil armada como si estuviéramos en un operativo antidrogas de frontera.

Son los mismo agentes que le piden los documentos a un hombre de gafas espejadas y vestido de negro que se puso en la fila con un ramo de rosas rojas.

La gente recorre los 260 metros de largo que tiene la basílica y pasa delante de los ángeles con espadas que custodian la entrada como los ángeles del Paraíso. Más que amparo, dan miedo. Fueron hechos con bronce de los cañones de la guerra en señal de que, por fin, las batallas habían terminado. Antes o después de saludar al generalísimo, los visitantes deambulan por las seis capillas laterales.

La exhumación de Franco fue una de las primeras medidas que anunció Pedro Sánchez cuando llegó al Palacio de La Moncloa, en junio de 2018. Modificó la ley de memoria histórica y estableció que “en el Valle de los Caídos sólo podrán yacer los restos mortales de personas fallecidas a consecuencia de la guerra civil”.

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“Era necesario resolver la anomalía extraordinaria que consiste en tener al dictador en un mausoleo de Estado y en un lugar donde puede ser exaltado”, justificó la medida la vicepresidenta del gobierno español, Carmen Calvo.

Si el traslado de los restos iba a ser inevitable, los Franco deseaban que su abuelo fuera enterrado entonces junto a su hija, Carmen Franco, en la cripta que la familia tiene en la catedral de la Almudena, en el corazón de Madrid.

El gobierno español lo objetó por el mismo motivo por el que impulsó la salida del dictador del Valle de los Caídos: por la ley de memoria histórica, los restos de Franco no deben estar en un lugar público y central donde pueda ser homenajeado.

Por lo tanto, los restos del dictador serán reubicados en la cripta familiar del cementerio de Mingorrubio, en El Pardo, donde está enterrada su mujer, Carmen Polo, desde 1988, cuando murió mientras dormía.

Hace 44 años, el féretro de Francisco Franco salió del Palacio Real de El Pardo y recorrió en un coche militar de 10 toneladas, adaptado para el desfile fúnebre, casi 60 kilómetros hasta el Valle de los Caídos. Era un día de frío intenso en Madrid y un temporal en el norte había provocado muertos. En cuestión de días, el general hará, por última vez, casi el mismo itinerario pero en sentido inverso.

Hay rumores según los cuales la exhumación y el traslado del dictador se realizaría en helicóptero. En su último viaje, por aire o por tierra, Franco recorrerá los 57 kilómetros que separan el Valle de los Caídos del cementerio de Mingorrubio, en El Pardo, la localidad a 15 kilómetros de Madrid donde en el siglo XVI Carlos V mandó construir un palacio que, después de la guerra civil y hasta su muerte, fue la residencia oficial de Franco.

El cementerio de Mingorrubio, a unos 15 kilómetros de la Puerta del Sol, cuenta con unas 500 sepulturas y 2.200 nichos. Hasta allí se llega por un asfalto angosto que pasa delante de varias dependencias militares, rigurosamente coronadas con una misma leyenda: “Todo por la patria”.

Desde hace meses, el cementerio de El Pardo tiene guardia policial que sólo permite el acceso, previa identificación, a los pocos familiares que visitan las tumbas de sus parientes. Y a los periodistas que han tramitado un permiso especial ante la oficina de Servicios Funerarios de Madrid.

La bóveda de los Franco, un chalé gris de granito sin ventanas, orfebrería retorcida y algunos vitraux empañados por el tiempo, se ve desde la puerta de ingreso al cementerio. Es la más importante, a la izquierda, y está rodeada a ambos lados de playones vacíos. No hay flores. Ni naturales ni de plástico.

Los pocos que alguna vez han entrado en el panteón dicen que en el sótano hay espacio para varios féretros y que el nombre de Francisco Franco lleva años escrito sobre una sepultura que nunca lo alojó. La bóveda fue un regalo que el alcalde Carlos Arias Navarro -que a su muerte fue enterrado aquí- le hizo a Francisco Franco y a su familia en 1969.

Poblado de tumbas de ex presidentes y ministros franquistas, no es un lugar muy frecuentado. El Ayuntamiento de Madrid es el encargado del mantenimiento del panteón privado de los Franco cuya construcción se pagó con dinero público y costó más de seis millones de pesetas.

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En El Pardo están también los restos del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, enterrado en una bóveda negra, junto a su familia. El féretro de Trujillo llegó a España en 1970, nueve años después de su muerte en un atentado.

La policía ahora no permite ni subir los escalones que llevan hasta la puerta de la cripta de los Franco. Cuando la sensibilidad por la exhumación no ardía tanto, detrás de los cristales de acceso a la bóveda se podía ver una capilla, con una docena de bancos forrados en pana roja.

En el Valle de los Caídos, pasada la una del mediodía, los visitantes que vinieron a despedirse de Francisco Franco son invitados a retirarse. En un rato habrá aquí, junto a su tumba, una boda: la de Francisco y Sandra. “El es de familia muy franquista. Le dieron mil vueltas pero finalmente le otorgaron la autorización para celebrar el matrimonio aquí”, cuenta una de los invitados, una señora vestida de largo y con tocado ochentoso recién salido de la peluquería.

El novio y los testigos, todos de jacket y flor en el ojal, van y vienen esquivando pisar las lápidas de Franco y la de Primo de Rivera.

Afuera, Sandra y su vestido de cola lucharán con la aspereza de los escalones rocosos del Valle de los Caídos, donde el tul del traje de novia se irá enganchando y desgarrando. Como el sentimiento de tantos franquistas que viven la exhumación como un ultraje: “Podrán llevarse el cuerpo de Franco, pero no su espíritu”, dice un señor mayor con los ojos llenos de lágrimas.

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