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Testigos del horror: tres argentinos cuentan qué hacían en Nueva York el día que cayeron las Torres Gemelas

Redacción TN by Redacción TN
10 septiembre, 2019
in Internacionales
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Cada uno en su departamento corrió a encender el televisor. Eran tres argentinos conectados solamente por su nacionalidad. No se conocían ni sabían de la existencia uno del otro. No sabían

que algo los acaba de unir: eran testigos muy cercanos del ataque terrorista más mortífero que haya ocurrido en suelo estadounidense.

Sus vidas, como la de muchos otros, cambió. Los tres estaban Nueva York por circunstancias distintas. Y 18 años después, los tres recuerdan lo que fue estar el 11 de septiembre del 2001 en lo más parecido al infierno que conocerían en su vidas. Aquí, las historias de Facundo Iriarte, Darío Boente y Gustavo Cuello.

Facundo Iriarte, Darío Boente y Gustavo Cuello. Argentinos que estaban en NY el 11/9/2001

Facundo Iriarte, Darío Boente y Gustavo Cuello. Argentinos que estaban en NY el 11/9/2001

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Tarde ideal en el Central Park

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Pedro Grehan estaba feliz. Finalmente, sus amigos iban a conocer a su esposa y a sus hijos. En la foto que quedó de ese día, la lente se concentró en él, en su típica melena de color claro y en la sutil sonrisa que esbozó cuando le tomaron la foto. Aparecen dos amigos, uno de los cuales, Facundo Iriarte, miraba a la cámara ecuánime, mientras sostenía al hijo de Pedro en brazos.

La esposa y los hijos de Pedro habían llegado apenas 15 días antes a Nueva York. La familia entera había compartido las vacaciones y faltaban pocas horas para que Pedro tuviera que volver al trabajo. Para Facundo fue un día especial, porque vio a su amigo feliz. No sabía que sería la última en verlo. Era el 9 de septiembre de 2001.

Facundo Iriarte y la última foto con Pedro Grehan en el Central Park el 9 de septiembre de 2011.

Facundo Iriarte y la última foto con Pedro Grehan en el Central Park el 9 de septiembre de 2011.

Dos días después, a las 8.46 de la mañana, un avión de American Airlines impactó la Torre Norte del World Trade Center (WTC), una de las Torres Gemelas. Facundo estaba despierto, en su cama, no se había dado cuenta de lo que había pasado hasta que recibió una llamada.

“Una amiga que conocía a Pedro me dice: ‘¿che, viste lo que pasó? ¿Sabés si Pedro está bien?’ Pedro trabajaba en la Torre Norte, en la empresa Cantor Fitzgerald, donde era analista de deuda pública con la Argentina. “Entonces me conecto con otro amigo y me dice: ‘sí, ya hablamos con él y está bien’. Las oficinas de la compañía estaban ubicadas entre los pisos 101 y 105, entre dos y cinco pisos por encima del área afectada. Debido a que el impacto del avión en la Torre Uno fue en el centro, las escaleras de emergencia estaban bloqueadas por escombros o inutilizadas por los daños, lo que hizo que el escape desde los pisos superiores fuese prácticamente imposible.

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“Me levanté a prender la televisión y de repente… (piensa) Veo que el segundo avión choca contra la otra torre”. Habían pasado 17 minutos del primer impacto cuanto otro avión, éste de United Airlines, se estrelló contra la Torre Sur. Los minutos anteriores, luego de que el primer avión se estrellara, fueron de estupor. En ese momento, a las 9:03 de la mañana, comenzó el caos.

“Llamó a mi tío que vive en Manhattan y me voy para su casa -rememora-. Apenas llegó, a los dos minutos, se desploma una de las torre”, detalla Facundo. Eran las 9.55 de la mañana.

Facundo quería saber qué le había pasado a su amigo. Pero la red celular estaba colapsada. Los mensajes de texto no salían. No existía WhatsApp ni ninguna aplicación similar. Entonces, desde la casa de su tío en el corazón de la ciudad, Facundo tomó una bicicleta y se dirigió hacia la torres a buscar a su amigo.

“Llegué hasta donde pude. Pasé por un par de hospitales, era todo caos. Preguntaba y no se sabía nada. No se podía hacer mucho”, recuerda Facundo. “Quería que apareciera en un hospital, en cualquiera. Pero la situación era caótica y buscarlo era muy díficil”.

El horror. Sin escapatoria, la gente se arrojaba dessde los pisos más altos al vacío. Foto: Ricard Drew / AP

El horror. Sin escapatoria, la gente se arrojaba dessde los pisos más altos al vacío. Foto: Ricard Drew / AP

Sin intermediar preguntar y tras una pausa en la que parece querer recordar cada detalles de aquel día, asegura: “Sabiendo que estaba en los pisos más altos, ya imaginaba que habría sido muy dificil que hubiera podido escapar”.

El paso siguiente, y ya con la familia de Pedro, fue ir a buscar respuestas a los centros de crisis que se habían creado en los hoteles Pierre y Plaza. Facundo ya imaginaba el peor desenlace. “Sí, porque encima no aparecía nadie de la empresa. Si hubiesen salido tres o cuatro, hubiese sido otra la ilusión, pero no había nadie. Fue duro. Muy duro”.

Igual la búsqueda siguió. “Un día. Dos. Tres. Íbamos a buscar a los refugios, íbamos con fotos, con datos. Pero no apareció. Nunca apareció”. Un lunes, dos semanas después del ataque, la familia de Pedro Grehan finalmente lo dio por muerto. En San Isidro, se realizó una misa en su memoria. Pedro Grehan fue uno de los cinco argentinos que fallecieron en el ataque terrorista.

La placa de Pedro Grahan en el memorial del 11S en Nueva York. Es uno de los cinco argentinos que murió en el atentado

La placa de Pedro Grahan en el memorial del 11S en Nueva York. Es uno de los cinco argentinos que murió en el atentado

Los otros fueron Sergio Villanueva, bombero, Mario Santoro, paramédico, Gabriela Waisman, empresaria, y Guillermo Alejandro Chalcoff, empresario (quien aparece en las placas como William A. Chalcoff). Los nombres de los cinco se encuentran en el tributo a los fallecidos.

Para Facundo, el ataque, el perder a su amigo, el ver cómo la ciudad cambió fue suficiente para levantar campamento e irse. A los seis meses se fue a España. En Nueva York quedaron su tío y su madre y los visita con frecuencia. Ha ido al sitio del ataque y tiene una foto del nombre de su amigo en el memorial. Este año, por primera vez desde 2001, su visita coincide con la fecha del aniversario del ataque. “No sé todavía si voy a ir”, dice.

Música en la cima del mundo

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“Darío, Darío, despertate que las Torres Gemelas se queman”. Así amaneció el 11 de septiembre de 2001 Darío Boente, un pianista de jazz oriundo de Buenos Aires que vivía en Nueva York desde 1999. Su primera reacción fue ir al comedor donde su compañero de cuarto tenía la televisión prendida. Miró la pantalla y vio como la segunda torre se desplomaba. “Se cayeron las torres… Fue todo lo que pude decir”.

Boente había llegado a Nueva York para terminar sus estudios de música, luego de haber vivido entre Boston y distintas ciudades de España. Mientras estudiaba, también trabajaba en música, dando conciertos en bares como el G-Bar o el Easy bar, eclécticos locales de jazz que cerraban a altas horas de la noche, antes de aquel día.

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“Cuando lo vi por la televisión, no lo creía. Pero cuando subí a la azotea y vi la columna de humo negro fue cuando realmente reaccione”. Hace una larga pausa y sigue. “Mi hermana trabajaba en Wall Street, en Smith and Barney. ¿Estaba ahí? No lo sabía. Levanté la vista vi el humo y me pregunté ¿y mi hermana?”.

Las antiguas oficinas de Smith and Barney quedaban a tres cuadras de la Torre Sur. Desde las diez de la mañana, Darío trató de llamar a su hermana. Con las líneas telefónicas saturadas, no logró conectarse. No fue sino hasta las cuatro de la tarde que supo de ella. Estaba bien. Cuando Darío fue a su encuentro, la magnitud del ataque le golpeó los sentidos.

“La banda sonora de la ciudad era una sirena continua. Coches de policías yendo y viniendo, bomberos yendo y viniendo. Emergencias…”, resume Boente y parece ir perdiendo la energía en su relato.

“Veías venir gente de la zona del desastre y algunos estaban todos cubiertos de polvo. Veías todo tipo de gente, gente aturdida, medio zombie. Manadas de gente que escapaba de esa zona. Gente llorando”, resume con incredulidad, aún tantos años después. “Los que venían ahí, venían del infierno. Las caras lo decían todo. O sus rostros no decían nada”.

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“Fue difícil volver a tocar, porque como músicos, nuestra meta es entretener. Pero no podés decir, no, pasa nada, está todo, vamos a pasar bien esta noche,” explica el pianista cuya historia con los Torres Gemelas desde antes de los ataques.

La primera vez que las había visitado fue en 1991, con su papá. Subieron al Windows on the World, en los pisos 106 y 107 de la Torre Norte, un complejo de restaurantes y bares con un total de 4.600 metros cuadrados. En el bar, The Greatest Bar on Earth, Darío tocaría el piano nueve años después. “Era un logro. Era un lugar especial con una vista impresionante. Era un sinónimo de la ciudad de Nueva York”, sonríe.

Tras el ataque del 11S, Darío escogió quedarse en Nueva York, aun cuando sus amigos y familiares argentinos le pedían que volviera al país. Y cuenta cómo siguió la vida allí. “La ciudad cambió, cambió la energía. El motor se ralentizó un poco. Incrementó la seguridad, hubo mucho más reglas, sobre todo con los bares que comenzar a cerrar más temprano”.

Sin embargo dice que con el tiempo las cosas se fueron acomodando. “Poco a poco, regresó la normalidad, pero una normalidad hasta el día de hoy, no es normal”.

El joyero y el piloto

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En todas las fotos que quedan de David Charlebois, se lo ve con una sonrisa. Siempre estaba de buen humor. Era un hombre delgado, de pelo negro y físicamente atlético. Uno de sus pasatiempos era comprar artículos de joyería en una tienda en Washington, que pertenecía y atendía el cordobés Gustavo Cuello.

Charlebois era piloto de American Airlines. Trabaja en aviones desde 1988 y el 11 de septiembre de 2001 era primer oficial del vuelo de American Airlines que se estrelló contra una de las Torres Gemelas.

El avión de Américan ya se estrelló contra la torre norte que comienza a arder.

El avión de Américan ya se estrelló contra la torre norte que comienza a arder.

Gustavo, que había vivido en Nueva York pero un año antes del ataque se había mudado a Washington D.C., aún hoy considera su amigo a David. Justo el 10 de septiembre, había viajado a Nueva York para terminar su mudanza. “Esa noche yo vi las Torres Gemelas por última vez, desde New Jersey, cuando estaba por aterrizar”, rememora Gustavo.

La mañana siguiente su teléfono comenzó a sonar. Sus amigos de Washington preguntaban la pregunta que muchos seguramente escucharon ese día. ¿Vieron lo que pasó? “Prendimos el televisor justo cuando el segundo avión se estrellaba con la torre. Con el primer ataque, la ciudad siguió en movimiento, pero en cuanto pegó el segundo avión, se hizo como un silencio absoluto en la ciudad más ruidosa del mundo. Fue escalofriante”, asevera Gustavo.

A los minutos de haber pegado el segundo avión, Gustavo recibió una llamada. Era un amigo de Washington. Otro avión se había estrellado contra el Pentágono. “Supe que era un ataque. No sé de quién, ni porqué, pero no era un accidente”, dice Gustavo. “La gente entró en desesperación, no había trenes ni subtes , nadie podía ir a ningún lado. Fue trágico”.

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“Sufrimos en todos los aspectos, desde lo emocional hasta lo económico. Todo estaba cerrado, no pude salir de Nueva York por una semana. No entendía qué pasaba y después, ahí vino una desaceleración económica”, explica Gustavo.

Las consecuencias económicas del ataque fueron casi inmediatas. Sólo en el trimestre siguiente al 11S, en Nueva York se perdieron 430.000 empleos. “Yo le vendía a embajadas. El negocio tuvo una decadencia directa. Una cosa llevó a la otra, porque después de que cayeron las torres, llegó la crisis inmobiliaria del 2008, y se llevó lo que había quedado de mi negocio”, concluye Gustavo.

El impacto emocional más las pérdidas económicas llevaron a Gustavo a irse de Estados Unidos y volver a Argentina, a Córdoba, para estar cerca de algo muy importante: su familia.

Bernardo Montes de Oca, desde Nueva York 
Maestría Clarín/San Andrés 

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