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Sí, quiero: el argentino que tuvo una dramática luna de miel en Tasmania viaja por la revancha

Redacción TN by Redacción TN
31 agosto, 2019
in Sociedad
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-Hoy, hace ocho años, ¿cómo estabas?

-Estaba paralizado e intubado. Abriendo los ojos después de un mes y medio en coma.

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Para los diarios, la radio y la televisión, Martín Renzacci (39) fue durante meses “el mielero de Tasmania”. Se convirtió en noticia en medio de su luna de miel, cuando sufrió un síndrome autoinmune, el de Guillain-Barré, que lo dejó al borde de la muerte en Australia. Allá lejos, por 2011, la sociedad juntó plata para colaborar con Martín y todos festejaron su regreso a casa en una terapia intensiva que improvisaron en la cola de un avión. Tuvo que aprender de nuevo a respirar, hablar y caminar. Hoy charla con Clarín y asegura que está en su “mejor momento”. Para la década de casados planea con Carolina Santori, su esposa, regresar a Tasmania por la revancha. “Queremos volver para celebrar el amor y visitar a los médicos que tanto me ayudaron”, cuenta.

De la felicidad absoluta, a una situación trágica. “Pasó todo muy rápido, en tres días”, recuerda. El 15 de julio de 2011, en la mitad de un viaje soñado, Martín empezó a sentirse mal. “Me dolían la cabeza y las piernas”, recuerda. Fue al hospital, lo revisaron y lo mandaron de vuelta al hotel. “Me dijeron que seguro era cansancio y estrés”. El 16 ya no pudo levantarse de la cama y tuvo que buscarlo una ambulancia. El 17 estaba en coma.

Antes del viaje. Martin y Carolina, en su fiesta de casamiento.

Antes del viaje. Martin y Carolina, en su fiesta de casamiento.

Hay meses que se los contaron. Él se acuerda del pánico previo a quedar inconsciente, cuando sintió que su cuerpo dejó de responder. En adelante, nada. Los músculos comenzaron a fallar. Su organismo dejó de reconocerlos y empezó a atacarlos. Uno a uno. Hasta que el diafragma no funcionó más y ya no pudo respirar por sus propios medios.

“Caro siempre estuvo ahí. No se movió del hospital”, sigue Martín que despertó en septiembre. “En adelante, tuve meses raros porque me daban mucha medicación y no entendía demasiado qué pasaba. Empecé a sentir descargas eléctricas en el cuerpo. Según los doctores, eran buenas noticias. Quería decir que mis músculos estaban reaccionando. Pero dolía mucho”, agrega el mielero que, todavía intubado, comenzó a comunicarse con su mujer por señas.

En familia. Martín, Carolina y sus dos hijos, después de aquella pesadilla. Foto: Ricardo González.

En familia. Martín, Carolina y sus dos hijos, después de aquella pesadilla. Foto: Ricardo González.

“Ella decía las letras, A, B, C, D, como en el juego Tutti Frutti y yo iba marcando con un movimiento de cabeza hasta formar la palabra. Parece la escena de una película”, reconoce ahora.

A la dificultad de la distancia, se sumó la de los gastos médicos. Solo la internación en el Hospital Central de Hobart, en la capital de Tasmania, le costaba 7 mil dólares por día. Él tenía el seguro médico que le otorgaba su obra social en el exterior pero no alcanzaba.

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“Mientras, en Argentina juntaban plata para colaborar conmigo. La idea también era usar ese dinero para volver en un avión sanitario pero, al final, la aerolínea de bandera de Australia se ocupó de mi regreso”, dice Martín y detalla que, por eso, parte de lo recaudado en nuestro país fue entregado a la Fundación Sí y sirvió para otras causas.

Martín llegó a Argentina en octubre de ese año. Y en el sanatorio Bazterrica volvió a respirar por su cuenta. “Fue lo más difícil. Aprender a respirar. Era consciente de cada inspiración y tenía miedo de dormirme, ¿y si me olvidaba de hacerlo al descansar?”, se acuerda que pensaba.

El pronóstico de los médicos no era muy alentador. “Yo siempre jugué al básquet y, al principio, me decían que era probable que no volviera a caminar”, relata Martín, que nunca bajó los brazos y fue celebrando cada avance. La primera vez que se sentó de nuevo, cuando logró pararse, dar los primeras pasos, escribir, comer.

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Al año ya estaba casi recuperado y, con su esposa, decidieron buscar un bebé. Al tiempo, volvió a jugar al básquet. Carolina, que lo alentó desde la tribuna durante el primer partido después de Tasmania, se llevó las miradas de todos. Para ese entonces, tenía una panza enorme: estaba embarazada de ocho meses.

Nacho, hoy de seis años, vino a “correr el foco y reordenar las prioridades”. Martín pasó de una vida llena de sesiones de kinesióloga y ejercicios de fonoaudiología a otra diferente rodeada de cursos de preparto y pañales.

De a poco, también logró recuperar el anonimato. “Los primeros años, me reconocían en la calle y se me acercaban para felicitarme o darme fuerza. Mi caso quedó en la memoria de muchos pero hoy solo sueno familiar, ya no asocian tanto la historia con mi cara”, dice, un tanto aliviado.

Los sueños postergados por Martín y Carolina comenzaron a cumplirse. Y en 2016 llegó Nico, que está por soplan tres velitas. Este año, se animaron a volver a cruzar el océano. Ahora, el Atlántico, con destino a Europa y de a cuatro. “La familia debe sufrir un poco con los viajes pero yo no, no tengo miedo. Lo que sí hago hoy es sacar el mejor seguro del mundo. Estoy muy atento a la letra chica. Me fijo en lo que dice sobre la internación para estar siempre preparado”, comparte Martín.

A partir de su caso, se empezó a hablar en los medios sobre la importancia de contratar una buena asistencia al viajero en el exterior. Después de Martín, aparecieron otros argentinos en problemas. Hace poco, conmovió a todos la historia de Celeste Cevasco (27), una argentina que cayó desde un primer piso en Cancún y todavía intenta volver al país. Ella también recibió la solidaridad de la gente. 

¿Qué te pasa cuando te encontrás con otros que tienen que afrontar situaciones similares? “Revivo todo, es fuerte. Cuando me entero de que alguien se enferma de Guillain Barré, lo voy a visitar a la clínica e intento acompañar con mi testimonio. Le digo que no es fácil pero que se puede salir adelante, intento darle esperanzas”, sostiene Martín, que hace unos años dejó su casa de Villa Urquiza y se mudó al partido de Escobar para “vivir más tranquilo”.

“Hace ocho años creía que me moría en Australia. Hoy, siento que fue una experiencia que me marcó y forma parte de mi identidad. Después de un golpe así, te das cuenta de que lo único que importa es disfrutar”, cierra Martín, que apuesta a una segunda luna de miel en Tasmania. Esta vez, con final feliz.

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