Yo puedo. Es uno de mis primeros recuerdos. Tenía cinco años y esa mañana había empezado primer grado. Ya tenía tarea: hacer líneas rectas e inclinadas que cayeran prolijamente sobre el
renglón. Me pareció algo bestial, imposible. Si bien lo de prolijo no lo aseguro, sí tengo grabado cómo a media tarde estábamos con mi mamá parados en la puerta de casa mostrando a una vecina la hazaña de haber hecho los palotes. No era tan difícil si uno se lo proponía.
Ahora, ya en séptimo grado. Los sábados iba al curso para ingresar al secundario. Me pelée mal con un compañero. Quedamos en enfrentarnos a puño el sábado siguiente para dirimir nuestro enojo. Tenía miedo: había participado de luchas y piñas pero era la primera en la que había un escenario prefijado, con el resto de los chicos esperando a ver quién era el más fuerte. Yo no era un macho alfa pero tampoco alguien de dar pasos hacia atrás. Jamás se me cruzó desistir aunque la ansiedad estaba ahí. ¿Saben qué? El muchacho no fue, nunca supe si por haber sentido lo mismo que yo y no haber podido controlar la presión y el miedo o por lo que fuera.

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Muchos años después no lograba -¿o no quería?- formar parejas largas. Yo decía que me faltaba el gen del amor. Parece que la verdad era otra y sólo me faltaba -además de la mujer perfecta al lado- animarme a compartir, a no ser fóbico con mi espacio, a sentir que de a dos la vida tiene más pimienta.Así fue que no huí y el año próximo cumplimos 20 años juntos (ni yo lo creo).
Sé que la psicología conductista no recibe la mejor prensa -la acusan de privilegiar el cambio aparente sin ir a las causas profundas-. Sin embargo, regurgitar demasiado un tema sin animarse a actuar tampoco sirve: la vida es reflexión, también acción. Enfrentar el tema e intentarlo ya nos predispone el ánimo de otra manera, menos lamento y más ilusión.
Todos tenemos asignaturas pendientes y cierta incertudimbre para enfrentarlas. O ya lo hemos hecho y no nos dio el resultado soñado entonces nos encerramos en la cueva. Error, creo. Nada es peor que verse gobernado por una pulsión que -sentimos- no nos ofrece libertad. Y si bien a nadie le gusta perder en el intento, menos placentero es darse cuenta de que uno no lo ha, siquiera, intentado.