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El desconcertante sendero de la política exterior de EE.UU.

Redacción TN by Redacción TN
22 junio, 2019
in Internacionales
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Desconcierto es la palabra que mejor define el momento que experimenta la política internacional norteamericana acicateada esta vez por el mal manejo de la crisis con Irán. Donald Trump acertó en

detener sobre la hora el bombardeo que había ordenado contra la potencia persa y evitar una derivación aún más incontrolable. Pero todo el episodio ha sido consecuencia de una serie de errores estratégicos y de un sistema de decisiones temperamental y sin proyección que excede incluso el peligroso escenario de Oriente Medio.

Así ha sido con el fracaso de la ofensiva sobre la autocracia venezolana, los nulos resultados del acercamiento con Corea del Norte o la polémica que crece en el establishment por la pelea comercial con China.

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Mal que le pese a Trump, la administración del demócrata Barack Obama le había dejado un regalo con el acuerdo de Viena que cesó el desarrollo nuclear de Irán. No se trataba de un pacto perfecto, había mucho espacio para la controversia, pero le daba al menos una década de congelamiento. En ese lapso se podía apostar a un crecimiento político de los sectores moderados iraníes que contaban con el apoyo de las mujeres y la juventud en un país donde la mayor parte de la población ronda los 30 años.

La demolición casi total de ese trabajoso acuerdo, abrió espacio a los halcones que, como cualquier otro formato populista, se consolidan sobre las penurias de la economía. Ahora, fortalecidos, esos sectores que fueron los que armaron el laboratorio nuclear, van por la cabeza del presidente Hassan Rohani que fue quien negoció con Obama sin obtener prácticamente nada a cambio. De haberse respetado el acuerdo de Viena, el mal momento del peligroso ida y vuelta de este viernes no hubiera existido.

Israel que demandó y celebró la caída de ese convenio, quedó perpleja ahora con el zig zag decisorio del norteamericano. Trump aludió que suspendió el ataque con el argumento de que produciría un saldo desproporcionado de víctimas civiles. Fuentes en Israel le dicen a este columna que ese pretexto es inaceptable para el gobierno de Benjamín Netanyahu porque de admitirlo expondría su estrategia de represión contra Gaza.

El presidente iraní, Hasán Rohaní, ofrece un discurso en Teherán EFE

El presidente iraní, Hasán Rohaní, ofrece un discurso en Teherán EFE

La embestida de Trump sobre Irán circuló estos meses mientras ejercía una táctica de seducción sobre Corea del Norte. En ese caso se trataba de una dictadura con poderío nuclear y capacidades misilísticas intercontinentales, mucho más peligrosa que en los peores sueños de los ayatholas persas. La Casa Blanca de ese mandatario después de algún ejercicio de amenazas, buscó una acercamiento que se coronó con dos cumbres fallidas con el dictador Kim Jong-un.

En esos encuentro el líder norcoreano obtuvo un inesperado reconocimiento internacional, se liberó del acoso de las maniobras militares frente a sus costas y no ceso el desarrollo de sus arsenales ni desactivó su tono agresivo. Un diplomático europeo comentó irónico a este cronista: “si usted es iraní aprenderá de ese ejemplo que para obtener resultados tiene que ser amenazante, chocante e inflexible”.

Como marcó la CNN sobre Irán y Norcorea: “Trump tiene dos estrategias para contener las amenazas nucleares. Ninguna está funcionando” Cuba es otro fenómeno de este sendero. Presionada por la debacle económica propia y de su protector venezolano, la autocracia cubana buscó remedar la apertura de países comunistas aliados con Vietnam acordando con Estados Unidos. Apareció ahí una oportunidad única para generar condiciones políticas nuevas en la isla.

El efecto inmediato fue el emergente de una precaria pero concreta clase media con pequeños hoteles y restaurantes para atender el flujo nuevo de turistas norteamericanos. El cimiento de un debate político en ciernes. Pero Trump desaprovechó esa oportunidad y desarmó el tinglado para contentar al electorado anticastrista más extremo de Florida. El resultado fue el encapsulamiento del régimen y otro distanciamiento con Europa al habilitar juicios a las corporaciones del continente que invirtieron en la isla antillana.

Captura de vídeo en la que aparecen el presidente de EE.UU., Donald Trump (i), y el líder norcoreano, Kim Jong-un, EFE

Captura de vídeo en la que aparecen el presidente de EE.UU., Donald Trump (i), y el líder norcoreano, Kim Jong-un, EFE

El costo adicional de esa pérdida de perspectivas es que La Habana hubiera sido un jugador central para buscar salidas a la crisis venezolana, el mayor desafío que enfrenta hoy la región. Trump escaló el capítulo Venezuela en su agenda comprando la visión de sus más duros consejeros, el asesor de seguridad nacional John Bolton, el canciller Mike Pompeo y el enviado sobre Venezuela Elliot Abrams, que aseguraban que con el reconocimiento del presidente interino Juan Guaidó bastaba para provocar una revolución interna que acabara con la nomenclatura bolivariana. El fracaso de esa estrategia alcanzó su cenit el último día de abril cuando en EE.UU. se anunció un levantamiento militar que nunca existió. Desde entonces, como ha señalado Karen DeYoung en The Washington Post, el presidente ha perdido la paciencia y el interés en Venezuela.

Queda la batalla proteccionista con China, un muro sobre el cual claman medio millar de empresas del alto establishment norteamericano. Otro detalle de estas políticas erráticas. Cuando en mayo la Casa Blanca rompió las negociaciones con China el efecto, la semana siguiente, fue la devaluación de 3% del yuan. Una moneda china más debilitada mejora la competitividad de las exportaciones del gigante asiático y amplia justamente lo que Trump busca contener, el déficit en el intercambio de las dos potencias. Desconcertante.

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