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Algo más que juegos de guerra en el arenero norteamericano

Redacción TN by Redacción TN
7 junio, 2019
in Internacionales
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Gran Bretaña comercia con la Unión Europea 50% del total de sus exportaciones. Con EE.UU., ese intercambio es solo del 15%. La dimensión de la diferencia ayuda a comprender dónde se

encuentra el principal negocio del Reino. También sirve a modo de pista si se quiere evacuar la duda respecto a por qué el establishment británico rechaza la “locura” del Brexit como en la City de Londres llaman al divorcio de Bruselas. Abundan en ese reproche cuestiones menos conocidas como que los bancos de los estados miembros de la UE pueden vender sus productos y servicios al resto de los 28 integrantes aunque no tengan oficinas o personal en esos países. La ruptura disuelve en ácido esos beneficios y producirá un razonable éxodo de empresas al continente.

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México es el mayor socio comercial de EE.UU., casi a los niveles de China. En 2018 exportó 346 mil millones de dólares en productos a su vecino del norte. Y le compró por 265 mil millones, 50% más de lo que la República Popular importa cada año del mercado norteamericano. Muchos de esos artículos están generados en México con insumos o partes que se producen primero en EE.UU. Por fuera de las manufacturas, México también es el principal proveedor estadounidense de productos agrícolas, recuerdan asombrados medios como The New York Times. Las automotrices norteamericanas, Fiat-Chrysler o General Motors fabrican del otro lado de la frontera desde motos, autos, camiones y autobuses que implican, solo en ese rubro, US$115.800 millones anuales en exportaciones.

Donald Trump y la primera dama Melania Trump en Irlanda. AFP

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El proteccionismo que exalta la actual Casa Blanca sobrevuela esos dos escenarios, sin dudas el segundo, pero mucho más y en mayores dimensiones de lo que se supone, el primero. El presidente Donald Trump acaba de exhibir en la visita oficial a Londres una demanda estridente para que el Reino rompa “con los grilletes” de Bruselas y, dato central en el karma nacionalista del magnate norteamericano, que Gran Bretaña tenga “sus propias fronteras”.

En el escenario europeo, como en el mexicano, lo que se dice a medias o no se dice, dista de lo que parecería, en principio, el capricho de un líder sin equilibrio estratégico. Trump ha propuesto a los británicos que si rompen con la UE, recibirán los beneficios de un acuerdo económico bilateral sin precedentes. No hay detalles sobre qué alcance tendría ese convenio en el cual solo creen los fanáticos del Brexit desde el referéndum rupturista de junio de 2016. Algún dato, sin embargo, deslizó el propio mandatario al subrayar que “cuando se negocia el comercio todo debe estar sobre la mesa”. En otras palabras, que la economía británica quedará abierta “sin los grilletes” de la UE a la participación de las corporaciones norteamericanas. En esa línea Trump citó, entre lo negociable, el Servicio Nacional de Salud del Reino, una estructura estatal decaída pero con un tentador presupuesto de unos US$ 160 mil millones anuales.

Trump en París con Emmanuel Macron. EFE

Trump en París con Emmanuel Macron. EFE

La ofensiva contra México se propone un bombardeo de sanciones tarifarias al estilo de las que el magnate presidente ha lanzado sobre China, su principal adversario económico mundial y eje de la guerra más endiablada. Una acción, esta última recordemos, que el FMI entre otros faros centrales del establishment mundial, considera que socava, que Trump socava, el sistema de comercio global. La operación sobre México, decíamos, contempla desde este lunes un arancelamiento de 5% sobre todo el comercio de ese país a EE.UU. No es claro si esa penalidad efectivamente será impuesta como primer paso de una escalada que en octubre llegaría a 25%. Pero existen otras claridades alrededor de ese engendro.

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Trump ha denunciado el acuerdo Nafta que une comercialmente desde 1994 a México, Canadá y los EE.UU. En su lugar impuso otro pacto que no difiere del anterior salvo en el nombre. Cuando esta crisis estalla el nuevo convenio se encaminaba a ser firmado por los tres socios, un episodio que sucede además, previo al anuncio, la semana entrante, de la candidatura del presidente a la reelección en 2020. Las coincidencias han movido suspicacias. El director del instituto para el Desarrollo Industrial mexicano, José Luis de la Cruz. tiene una teoría interesante que le comentó al diario El País de Madrid. Supone que el mandatario norteamericano hace esto para forzar a las empresas, no solo de su país, a marcharse de México al complicarles “la posibilidad de exportar fácilmente a EE.UU.”. Hay otra escala en esa reflexión, sería la de “echar para atrás el proceso de integración de México en el mercado norteamericano”.

El vínculo con las elecciones definirá desde el lunes el sentido de este nuevo garrote con el cual Trump le habla a sus votantes más radicales. El argumento de la inmigración, que ha sido usado electoralmente por Trump antes, por los promotores del Brexit y por el resto de las agrupaciones ultra nacionalistas europeas, toma aquí una dimensión mayor.

Washington le demanda a México que detenga una migración de la cual no es responsable, porque está integrada esencialmente por hondureños, guatemaltecos y en parte salvadoreños que atraviesan el país para cruzar el Río Bravo y la frontera. El gobierno mexicano del socialdemócrata Andrés Manuel López Obrador, que en muchos aspectos es endeble y confuso, acierta al proponer a Washington que para reducir ese flujo de desesperados, se debe mejorar la situación social del “triángulo norte” centroamericano formado por aquellos tres países, y donde los peor radica en los dos primeros.

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador dpa

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador dpa

En marzo pasado EE.UU. hizo exactamente lo contrario. Ordenó suspender la ayuda en torno a los US$700 millones que, bajo programas creados en la administración de Barack Obama, se destinaba a aliviar el abismo social en esos páramos. La cancillería norteamericana de Trump ordenó que los fondos sean “redirigidos a otras prioridades de política exterior”. Sucedió entonces lo que ahora estamos viendo y que se usa como pretexto para estos comportamientos. En Irlanda Trump unió estos dos universos enarbolando el muro que pretende construir en la frontera sur como un modelo agraciado del que, en su imaginación, pretenderían las dos Irlandas. Hubo que recordarle que el conflicto es precisamente por lo contrario, para que no haya semejante división.

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La impresionante superficialidad con la que EE.UU. pasa sobre estos temas, recuerda la antigua noción de la CIA respecto a que toda medida ejecutiva es un boomerang que regresará de un modo u otro, tarde o temprano, a sus autores. Hay ejemplos. El acoso sobre México ha provocado que los senadores republicanos, preocupados por el desastre económico que conlleva para sus propios empresarios, discutan la posibilidad de bloquear la medida decidida por su presidente, un paso de una gravedad evidente y sin precedentes. Trump afirma que la supuesta crisis en la frontera sur es una amenaza a la seguridad nacional, pero se multiplican las voces sobre que lo que ha hecho excede las atribuciones presidenciales. En el foco de estas críticas también flotan las disidencias por el maltrato rutinario que el magnate dedica a los aliados europeos y el derrape en cuestiones de fuerte alcance estratégico como Oriente Medio.

Jared Kushner, el yerno de Trump y autor del plan de paz para Oriente Medio. AFP

Jared Kushner, el yerno de Trump y autor del plan de paz para Oriente Medio. AFP

Sin mayor trascendencia, días atrás los socios árabes de Washington encabezados por la corona saudita, le dieron en la cumbre de La Meca un portazo preventivo al plan de paz para la región elaborado por el yerno del magnate, Jared Kuschner. Ese programa, titulado pomposamente “el acuerdo del siglo”, archiva para siempre la solución de Dos Estados, posibilidad que escandalizó a los autócratas de Riad y a sus vecinos. El propio canciller de Trump, Mike Pompeo, en una sorprendente charla privada con líderes de la comunidad judía en Nueva York, cuya grabación obtuvo The Washington Post, demuele como la iniciativa como “no ejecutable…tiene dos cosas buenas y nueves malas… yo estoy fuera”, remata.
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