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La historia de los mártires riojanos

Redacción TN by Redacción TN
10 abril, 2019
in Sociedad
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El 27 de este mes cuatro hermanos nuestros serán reconocidos oficialmente durante una ceremonia de beatificación en La Rioja como los primeros mártires de la Iglesia que peregrina en la Argentina.

Uno de ellos era un laico, Wenceslao Pedernera, oriundo de San Luis, que dejó inconclusos sus estudios primarios y desde muy joven trabajó primero en una calera y después en las bodegas Gargantini, en Mendoza. Conoció a Coca Cornejo con quien se casó y tuvieron tres hijas.

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A él, dicen sus biógrafos, “no le gustaban los curas” por lo cual no practicaba su fe.

En una misión Coca empezó a asistir a los encuentros y al tercer día su esposo la acompañó. El mensaje del Evangelio le cambió la vida y a partir de ese momento la familia participó activamente del quehacer de la parroquia, se integró al movimiento rural de la Acción Católica y llegó a ser coordinador regional, empeñándose en la formación y la oración.

En 1973, Wenceslao y Coca fueron invitados a formar parte de una experiencia rural comunitaria en un campo que pertenecía a la diócesis de La Rioja. Pero tuvieron muchas dificultades en ese lugar debido a la lejanía de la escuela para sus hijas. El obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, les aconsejó que se fueran a Sañogasta.

Los mártires riojanos

Los mártires riojanos

Allí Coca se desempeñó como secretaria parroquial y Wenceslao fue puesto al frente de un proyecto surgido de una señora francesa dueña de un campo en el lugar y la parroquia para realizar una cooperativa de trabajo y compartir el ideal de la vida cristiana expresado en los Hechos de los Apóstoles, donde “todos ponían lo suyo en común”.

Los miembros de la cooperativa se reunían los sábados en la parroquia para leer el Evangelio y confrontar sus vidas en el seguimiento de Jesús.

Otros dos eran sacerdotes. El padre Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias. Longueville había nacido en Estable, Francia, en 1931, en una familia campesina de profunda fe católica. Tras ordenarse sacerdote en 1957, en 1969 se fue de misionero a las comunidades indígenas de México, donde aprendió el castellano, y en 1971 se incorporó a la diócesis de La Rioja.

Hombre sensible, aficionado al arte, principalmente al dibujo y la escultura, hablaba varios idiomas. Sencillo y silencioso, era muy pacífico y odiaba la violencia, la mentira y la injusticia era párroco de esa localidad.

A su vez, el padre Murias había nacido en Córdoba en 1945, estudió en el Liceo Militar y luego empezó a cursar la carrera de ingeniería. Llamado a vivir una vida más entregada, luego de un retiro en una Mariápolis (centro de espiritualidad del Movimiento de los Focolares) entró a la orden franciscana y en 1972 fue or-denado sacerdote.

En 1975 solicitó ir a La Rioja y lo destinaron a la localidad de Chamical, donde se desempeñaba vicario parroquial. Consciente del fuerte clima de hostilidad hacia el proyecto pastoral del obispo, les escribe a sus hermanos de comunidad: “Acá al obispo lo persiguen, a los curas los cuestionan, en cualquier momento nos van a matar”.

El 18 de Julio de 1976 en Chamical, mientras Murias y Longeville terminaban de cenar en la casa de unas monjas, se presentaron hombres uniformados que dijeron ser de la Policía Federal y que les comunica-ron que debían acompañarlos a de-clarar a la capital provincial.

En verdad, los llevaron a la base aérea de Chamical, donde fueron torturados durante varias horas, luego fusilados; sus cuerpos fueron hallados dos días después por un grupo de trabajadores ferroviarios junto a las vías de un tren.

A Wenceslao lo fueron a buscar de madrugada el 25 de julio de 1976 a su rancho tres personas encapuchadas que le dispararon delante de su mujer y sus hijas.

Finalmente monseñor Angelelli, volviendo del velorio de los dos sacerdotes, sufrió un presunto accidente automovilístico.

Llevaba una carpeta con información sobre los asesinatos que no apareció en el auto accidentado. La justicia determinó en 2014 que no se trató de un accidente, sino de un asesinato.

Monseñor Angelelli, ampliamente conocido por su preocupación por los más necesitados era autor de una frase que sintetiza las vidas de estos futuros mártires: “Con un oído en el pueblo y otro en el Evangelio”. Solo hay que saber que el “oír” y obrar en consecuencia puede costar la vida.

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